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"The River"
no es un único disco doble. "The River"
son muchos discos, son muchas historias. "The River"
es el torrente que su título anuncia.
Cuando alguien se pudo
sorprender al ver a Bruce Springsteen asumiendo el papel de sucesor
de Woody Guthrie con "The Ghost Of Tom Joad",
sólo le podían suceder dos cosas: que no había conocido
"Nebraska" y que nunca había entendido
nada. Porque el "Boss" es reivindicativo desde
mucho antes y en mucha mayor medida de lo que mucha gente cree. Porque
él mismo, como proletario de New Jersey alcanzando la fama mundial
sin alterar su propia esencia, ya es una figura a contracorriente. Pero
como artista en sentido puro lo es mucho más.
Uno de los muchos discos
que es "The River" es la dignificación
por medio de las canciones del modo de vida de la clase obrera urbana
a la que pertenece el propio "Boss". Este es un
disco que nos muestra todas las luces y sombras de la vida de una gente
que no figura nunca con nombres y apellidos en los libros de Historia,
pero sí lo hace en las canciones de este disco. Gente de la masa
informe pero que deja de serlo al ser tratada por el artista con toda
la épica y el sentimiento, con toda la intención de belleza
y pasión que otros emplean en llevarnos de viaje en compañía
de los grandes nombres.
Frente a un Dylan,
que no es de esta clase sino un burgués rural con conciencia política,
Springsteen no los convierte en el objeto de una queja o de una
reivindicación de justicia, sino que convierte a estas personas
en los protagonistas de una obra de arte de inmenso calado que los eleva,
que los mitifica, que les reserva en tu corazón el lugar de los
grandes héroes o de las grandes víctimas de las leyendas
y epopeyas. La propia "The River", la canción,
explica todo esto de mejor manera de lo que yo pudiera hacer jamás.
El más que conmovedor relato del fracaso sentimental de una pareja
forzada por las circunstancias, de uno de esos innumerables matrimonios
derivados de embarazos adolescentes, condenados en los suburbios de una
gran ciudad industrial a la amargura de los sueños rotos, es la
maduración absoluta del Springsteen compositor. El hecho de haberme
pasado media adolescencia viendo a manadas de "niños bien"
emocionarse con esta historia, que versa sobre gente a la que papá
no puede pagarles un providencial aborto y así no frenar un prometedor
futuro, no deja de ser el argumento de más peso que puedo aportar
a favor de la excelencia de esta obra.
Todas las baladas, pero
también todos los vibrantes temas rápidos de este disco,
representan esto. Por ejemplo, es difícil contener la emoción
ante la despedida entre un padre y un hijo que no quiere que le hagan
"lo mismo que te hicieron a ti" ("Indipendence
Day"). O ante la profunda tragedia de esa mujer definitivamente
derrotada por la vida en la flor de la edad ("Point Blank").
O ante un hombre que en su llana simpleza carece de recursos literarios
más sublimes y delicados para expresar su absoluta entrega a la
mujer que ama, que el jurar que conduciría la noche entera tan
sólo para comprarle unos zapatos ("Drive All Night").
Pero tampoco puedes sustraerte
a la tentación de ponerte de parte del chaval que se siente el
rey cuando deja el curro para caminar como un chuleta por la calle ("Out
In The Street"). O del que no puede entrar en una tienda
sin que lo miren mal los dependientes ("You Can Look (But You
Better Not Touch)").
Otro de los discos que
están dentro de "The River" es la obra
de un "rocker", de la primera generación
con conciencia de serlo, y orgullo al proclamarlo. La primera que había
vivido el Soul y lo adoptó como consustancial a su sonido. A los
cantautores de los sesenta, aquellos que abrieron la lírica a temas
como lo expuestos, y los asimilaron. Pero también la primera generación
que no creyó en el progreso, en que lo que hicieron Elvis
y Eddie Cochran, o Roy Orbison y Ricky Nelson hubiese
sido superado después.
Estos son algunos de los
discos que yo encuentro en "The River". Siempre
recomiendo que cada uno busque los suyos. Sigue siendo un río al
que no consigo extraerle todo el oro que contiene. Pero me gusta seguir
intentándolo.
ENRIQUE MARTINEZ
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