 
(COLUMBIA/LEGACY,
1968)
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En el año 1968 Gram
Parsons, por entonces todo un desconocido, recibe una oferta de trabajo
muy especial. El bajista Chris Hillman le ofrece unirse a unos
diezmados Byrds, reducidos en aquel momento al propio Hillman y
Roger McGuinn, tras la huída de David Crosby y la
expulsión de Michael Clarke. Parsons no duda ni un segundo
ante esta promoción de ascenso a primera división, y abandona
su grupo The International Submarine Band. Con la llegada de Kevin
Kelley (primo de Hillman y ex -miembro de los Risin Sons de Taj
Mahal y Ry Cooder) para el puesto de batería completa la nueva
formación de los Byrds, que busca un nuevo sonido como siempre
hacía.
Claro que al incorporarse
a estos remozados Byrds, surge una capacidad de Parsons que se
mostrará como una constante en toda su carrera: la de arrastrar
a los demás hacia su propia visión de la música y
contagiarles su inquebrantable amor por la música country. La lista
de "víctimas" ilustres incluye a gente como Keith
Richards, Emmylou Harris, o los propios Byrds, músicos
todos que ya conocían el country, pero cuya dedicación al
género aumentó considerablemente al contacto con Parsons.
En los Byrds encontró la complicidad de Hillman (cuyos inicios
como músico se desarrollaron en el bluegrass) para conspirar en
la sombra y así alterar el plan original de McGuinn para el siguiente
L.P del grupo californiano.
El rey de la Rickenbaker
de doce cuerdas pretendía crear un doble álbum, que recorriese
cronológicamente toda la evolución de la música norteamericana
desde la perspectiva de la aportación blanca. Finalmente, se encontró
en pleno Nashville y grabando un disco con una proporción de country
en su sonido muy superior a los tímidos escarceos que, en este
sentido, habían realizado los Byrds hasta el momento. Así,
el sonido final de "Sweetheart of the Rodeo" parecería
absolutamente propio de los Flying Burrito Brothers, el siguiente proyecto
de Parsons. El principal elemento era, obviamente, el country, pero la
ecléctica idea de esa "Cosmic American Music"
de Parsons se reflejaba al incluir una fantástica versión
de un tema soul, "You Don´t Miss Your Water"
de William Bell, con un arreglo 100% country.
Aunque respecto a éste
excelente álbum siempre había planeado la sombra de la regrabación
de la voz solista por McGuinn en temas originalmente cantados por Gram,
actualmente con su reedición en C.D por Columbia/Legacy que incluye
maquetas de dichos temas con Parsons en la voz, y las inéditas
incluidas en el Box-Set, es posible reconstruir el contenido original.
La razón más plausible de éste turbio asunto puede
estar en la resistencia de Lee Hazelwood (dueño de LHI Records)
a que Gram, un artista con contrato con su sello como parte de la International
Submarine Band, apareciese en esta grabación. Y aunque lo cierto
es que en ocasiones la voz sureña de Parsons habría resultado
más adecuada al material de la de McGuinn, este disco es no sólo
la última gran obra de los Byrds, sino también piedra angular
y visionaria avanzadilla de algo que en realidad resultaba absolutamente
inevitable: el retorno del hijo pródigo (el rock'n'roll) a la casa
paterna.
"Sweetheart of
the Rodeo" se abre y se cierra con dos versiones de temas de
las "Basement Tapes" de Dylan ("You
Ain´t Goin´Nowhere" y "Nothing Was Delivered"),
demostrando que, aunque la presencia de Parsons le llevase a arreglar
estas canciones con "steel guitars", McGuinn era incapaz de
desprenderse de su obsesión por los temas del judío más
famoso de Duluth. Parsons introduce los temas de los hermanos Louvin ("The
Christian Life", muy perjudicada por el cambio de voz solista),
o de Merle Haggard ("Life In Prision"),
además de otros deliciosos temas country ajenos. Y sobre todo aporta
dos estupendos originales: un excepcional tema pop "One Hundred
Years From Now", y una de sus cumbres como escritor, verdadera
joya autobiográfica, la hermosa y estremecedora "Hickory
Wind", clásico entre sus clásicos.
Una versión de Woody
Guthrie ("Pretty Boy Floyd") y los dos "covers"
cantados por Hillman ("I Am A Pilgrim" y "Blue Canadian
Rockies") completan un trabajo redondo, en el que esa repentina
"conversión" al género suena muy convincente,
gracias a los mágicos sonidos de "steels", banjos, mandolinas
y guitarras proporcionados por excelentes músicos de sesión,
veteranos curtidos en múltiples batallas, y capaces de dotar de
esa esquiva "autenticidad" a diletantes como estos.
Posteriormente vendría
la aparición en el Grand Le Opry, santa sanctorum radiofónico
del hermético mundo del country, que los recibiría con abierta
hostilidad. La ecléctica propuesta de los Byrds, en realidad
la visión fervorosa de Gram Parsons, llegaba demasiado pronto,
incapaz de superar la enemistad manifiesta entre dos mundos, el del rock
y el del country, que en su enfrentamiento verdaderamente reflejaban un
conflicto generacional y un país partido a la mitad. Parsons buscaba
hermanar Norte y Sur, blancos y negros, hippies y conservadores a través
de una música que recordase la raíz común de sí
misma y de todos ellos. Aún esa música la recuerda, en este
disco fundacional e imprescindible del Country Rock.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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