(Thrill Jockey- Green Ufos, 2004)

Hay pocas cosas en principio más emocionantes que el reencuentro con los viejos amigos, con aquellos a los que les has perdido la pista durante años y terminas reencontrándotelos en el lugar más inesperado. Sin embargo al cabo de un rato, inevitablemente surge siempre un mismo problema: la conversación poco a poco se agota, una vez se ha dado cumplida cuenta de la puesta al día de circunstancias personales y del repaso de hilarantes anécdotas comunes. La sintonía que siempre había existido se ha perdido por el desuso, los cambios no han sido en balde, ya ninguno es la persona que era, y existe una nueva barrera de comunicación, invisible, pero evidente. Éste siempre es un momento triste y frustrante, una pequeña derrota personal ante la crueldad de la vida.

Un poco es ésta la sensación que me transmite el último disco de CALIFONE, la formación de Chicago liderada por Tim Rutilli. Me permite reestablecer el contacto con Rutilli, perdido desde que en 1995 su anterior proyecto, Red Red Meat, publicaran “Bunny Gets Paid”. Y el tiempo transcurrido no ha sido en balde: en algún momento de su evolución artística he perdido el hilo de la conversación con Rutilli. Y a resultas de eso, a veces nos entendemos, y a veces no, aunque en el fondo lo que hace Rutilli ahora sea muy predecible conociéndolo un poco. Vuelven esas guitarras acústicas secas como el desierto, los esquivos tañidos de slide, los teclados de cacharrería, percusiones que van y vienen. Melodías huidizas, letras oníricas, voces mate y cansinas, progresiones perezosas. Una atmósfera turbia y recargada.

Se trata de su nueva deconstrucción de los sonidos más genuinos de América. Blues del Delta, Country y Folk son sometidos a un tratamiento de puesta al día e irreverente fusión. Con estructuras que se caen y yuxtaposiciones imposibles, parece que algo flota en el gélido aire de Chicago que se contagia a gente como Jeff Tweedy, Jim O'Rourke o el propio Rutilli , y les lleva a subvertir precisamente los cánones que más eternos parecen. Existe evidentes conexiones entre lo que hace Rutilli y los trabajos conjuntos de Tweedy y O'Rourke en “Yankee Hotel Foxtrot” de Wilco o en el álbum de Loose Fur. Y también con el mayor extremismo de Jackie O-Motherfucker. Post-Americana le llaman algunos. Probablemente lo sea.

Cortes como “Wingbone” o “Sawtooth Sung a Cheater's Song” poco a poco se resquebrajan, para dar vista a áridos pasajes, en los que sonidos de lo más electrónico se entremezclan con digresiones instrumentales sin pauta de conducta. En el funk marciano de “2 Sisters Drunk On Each Other” puede encontrarse el leve rastro de una melodía pegajosa. Pero no conviene confiarse: en el cierre con “Heron King Blues”, partiendo de una nueva alianza con el espíritu blasfemo de Captain Beefheart, vuelven al Delta para sembrarlo de toda clase de oxidados y descacharrados artilugios urbanos. Ofreciendo como resultado las fugaces y hermosas flores de vertedero (minuto 5:20, la entrada de las voces), que destacan tanto por sí mismas, como por el arisco magma que les rodea.

Pero debo confesar que pese a los evidentes méritos de “Heron King Blues” encontraba más equilibrado un disco como “Jimmywine Majestic” de Red Red Red Meat. En el que la emoción encontraba mejores y más directas vías de expresión en las que, en todo momento, Rutilli se hacía entender. O al menos yo sí lo entendía. Por desgracia, es lo que suele ocurrir cuando se pierde el hilo de la amistad.

ENRIQUE MARTÍNEZ (julio 2004)