 
(SPOON RECORDS/MUTE, 1973)
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Can fue
definido una vez por su teclista, Irmin Schmidt, como
“un organismo poderoso y pulsátil”. Sorprende que alguien
adquiera la necesaria perspectiva precisamente desde el lugar más
difícil: desde dentro. Y de hecho, cabe ir más allá
que Schmidt y afirmar que Can ostentaba en su mejor momento
una condición de vitalidad tal, de completa organicidad, que no
sólo era una banda poderosa y pulsátil, sino también
sometida a continua evolución, adaptación y mutación.
Can, de rostro reconocible en todo momento, sin embargo
pareció transformarse a lo largo de sus discos de manera natural
pero siempre sorprendente, variando las texturas y colores de un sonido
tan abierto como inconfundible.
“Future
Days” es parte de lo mejor de Can, de
sus tiempos más gloriosos. Tras las cumbres en un registro más
rotundo de “Ege Bamyasi”, e incluso en ocasiones
abrupto y oscuro como los pasajes más ariscos de “Tago
Mago”, en el disco de despedida de Damo Suzuki,
nuevamente otros Can aparecen, esta vez rodeados de bruma.
La marca inconfundible de Can, esa sensación de
música inaprensible, eternamente renovada en cada escucha, capaz
de potenciar su uso compulsivo sin terminar de reproducir exactamente
las mismas sensaciones, se encuentra presente en otra de sus obras maestras.
Con la voz de Suzuki como una aparición fugaz y esquiva, y una
mezcla que potencia los teclados de Schmidt, haciendo que una de las mejores
secciones rítmicas de todos los tiempos (el bajo irrompible de
Holger Czukay y el líquido Jaki Liebzeit en la batería)
se proyecte de manera menos avasalladora que de costumbre, el sonido de
“Future Days” resulta más delicado,
tenue, difuso, nocturno y espaciado que en las anteriores ocasiones. Por
momentos, semeja como si los Can pretendieran presentar su propia versión
del registro casi ambient del Miles Davis de “In a Silent Way”,
eliminando la potencia rítmica avasalladora de su anteriores discos
en favor de una embriagadora obsesión atmosférica, mientras
Suzuki, siempre a su bola, dibuja unas melodías que parecen nacer
y morir en el subconsciente.
El corte titular e inaugural
surge de un éter sintetizado, para dibujar un ritmo nervioso pero
proyectado a baja frecuencia, como un trabajo casi subliminal de enganche,
apoyado de incógnito por la melodía igualmente obsesiva
de Suzuki, transcurriendo con una falsa inmovilidad que no deja percibir
de modo consciente su propio avance. Sin embargo, en la arrancada de “Spray”
el impagable Jaki Liebzeit se crece, aportando unos polirritmos más
acelerados, dirigiendo la guitarra de Michael Karoli hacia el segundo
plano, mientras el total sugiere esta vez una conexión evidente
con la misma etapa de Davis, pero en el registro más tenso de “Bitches
Brew”. Por su parte, la imposiblemente pop y bailable “Moonshake”
aparece de la nada, aportando sensaciones similares a las de “Mushroom”
o “Spoon”, y conjurando el ensueño
de que podrían haber existido otros Can en una
realidad paralela, empeñados en construir canciones pop bailables
y perfectas que hubieran hecho del mundo un lugar mejor.
Pero el extenso tour,
de casi veinte minutos, integrado mediante un apasionante y meticuloso
trabajo de montaje (otra técnica paralela a la empleada por ese
mismo Miles Davis), y que deriva en la portentosa “Bel
Air”, recuerda las poderosas razones que nos llevan
a considerar a Can una entidad ajena a las mismas consideraciones
que el resto de bandas. Partiendo de territorios similares a los explorados
en el primer corte, con un Suzuki empleado en resaltar la belleza de infrarrojos
del primer fragmento, finalmente gracias a esa habilidad metronómica
a la par que impredecible que sólo se le conoce a Jaki Liebzeit,
la travesía va haciéndose más abrupta y acelerada,
precipitando la música hacia un colapso que no llega, nuevamente
renovada después con un ejercicio de proto-dance absolutamente
marciano, que lleva a otros dos fragmentos igualmente diversos, en algunos
momentos casi silentes. Desde allí, y cerrando el bucle con una
nueva cita de los primeros compases, el disco deja esa sensación
genuinamente Can: que de alguna manera, esta misma música
que nos acaba de mantener fascinados y completamente entregados a sus
caprichos, se nos ha vuelto a escurrir entre los dedos. Forzándonos
así a otra nueva exploración que nos permita trazar el habitual
mapa que demandan nuestras perezosas mentes.
Pero es inútil.
En los mundos de Can todos los confines, e incluso el
centro mismo, son “Terra Incógnita”, impermeables pero
maravillosos misterios, tan resistentes a nosotros como irresistibles
para nosotros. Por algo son Can, y no otra cosa. Y por
eso mismo, nunca nadie ha sido Can, ni nada que se le
parezca.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Diciembre 2006)
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