(Redline, 2002)

No lo ocultaré: no me hizo ni pizca de gracia que Chris Robinson mandase al cuerno a los Black Crowes, rompiese con su pareja artística de toda la vida (su hermano Rich) y se montara una carrera en solitario, que además amenaza con ser definitiva. Los Crowes eran una de esas bandas con las que mantengo un fuerte vínculo sentimental. Sus retrógrados discos, repletos para mí de recuerdos de tiempos probablemente mejores (e inmejorables) se acumulan en mis estantes, sin pillar nunca demasiado polvo. Y claro, entonces uno busca en su actual esposa, la actriz Kate Hudson esa rubia y pizpireta actriz, hija de Goldie Hawn, protagonista de "Casi Famosos" a la Yoko Ono de esta historia. ¿Será éste entonces el "Plastic Ono Band" de este buen hombre?

Veamos, las coordenadas estilísticas son radicalmente distintas, aunque resultan contemporáneas a aquellos tiempos. Folk-rock hippioso a la californiana manera, acústico, con toques psicodélicos y soul, incluso funky. Unas canciones que transmiten un embeleso absoluto, uno de esos parvos enamoramientos que aún no se ha caído de la rama. Pese a que uno echa (mucho) de menos el nervio intenso de Rich, y sus atronadores riffs repletos de arrogancia y energía, la feliz realidad es que la otra potencia creativa de los Cuervos Negros de Atlanta ha encontrado una vía de expresión propia. Acentuando para ello algunos de los elementos que en su momento fue aportando a la batidora de géneros añejos que era aquella banda peculiar e imprescindible.

"New Earth Mud", grabado en Paris con una banda solvente, se abre con tres estupendos medios tiempos ("Safe in the Arms of Love", "Silver Car", "Kids that Ain't Have None"). El discurrir del resto del disco prácticamente no abandona ese tono plácido (con cumbres como "Sunday Sound" o "Katie Dear") salvo por ocasionales incursiones en terrenos más negroides ("Could You Really Love Me?", con una melodía propia de Prince, o "Ride", puro Funkadelic). Incluso "Untangle My Mind" parece intentar trazar su propia ruta hacia las "Astral Weeks" de Van Morrison, disco con el que parece algo hermanado en ese cruce de misticismo y amor ideal en plena ataque de "beatus ille", aunque los resultados finales recuerden más a "Tupelo Honey".

La verdad sea dicha una vez más: a veces tanto almíbar me parece excesivo, la duración de algunas canciones se alarga sin sustancia, y uno llega a la conclusión de que este disco debería haber recibido la dolorosa visita de la tijera, sin que tampoco se sepa localizar exactamente dónde atacar. Pero la voz de Chris sigue siendo un lujo de puro feeling y buen gusto; y su soltura con la escritura, cada vez más evidente. Aunque estas no sean tampoco sus mejores letras, lejos ya de aquellos cuentos de carretera, vicio y redención que inundaron "The Southern Harmony & Musical Companion" y "Amorica". En realidad, éste es un disco imperfecto, pero entrañable.

Así que aquellos que lloraron la pérdida de los Crowes, tienen aquí un cierto consuelo. Y aquellos otros asustados de aquellas guitarras cargadas de electricidad, Led Zeppelin y Rolling Stones, tienen otra oportunidad de reconciliarse con este tipo peculiar. Porque supongo que con la Yoko Ono de esta historia no lo hará nadie. Rich, hombre: ¿a qué te dedicas?

ENRIQUE MARTINEZ