( Bella Union/Sinnamon records, 2004 )

Una de las pocas cosas que he debido aprender tras todos estos años escuchando música es que a veces lo bueno, lo verdaderamente bueno, se hace esperar. Que hay grupos y artistas que son como un fogonazo, como un disparo que muestra toda su fuerza y brillo en sus primeros compases, perdiendo irremisiblemente empuje a medida que pasa el tiempo. Pero que también existen otros que necesitan un periodo de crecimiento, de maduración para encontrar ese punto justo, el equilibrio necesario para mostrar todo su potencial, que adquieren oficio y lo emplean en complementar algunas carencias y regalar momentos tan definitivos y redondos como los de esos talentos puros que, a la larga, no saben encontrar su propio lugar en el mundo.

Con The Czars uno tiene esta última sensación. Un grupo que en el pasado había mostrado ciertos destellos de clase y talento, que contaba con elementos sugerentes en su interior, con algunas trazas de pequeña grandeza, pero que no terminaba de cuajar la faena. Cuando ha llegado “Goodbye” a mis manos he recibido de él la certeza de que el grupo liderado por John Grant ha encontrado por fin su camino, tras diez años de carrera. En los que en otros tiempos hubieran sido surcos y hoy son reflejos apenas atisbados en el reproductor de CD, se contiene por fin la destilación definitiva de las mejores esencias de su sonido. Disco casi redondo, probablemente más completo que ninguno de los suyos, esta vez los reproches son mínimos y los hallazgos para nosotros son muchos. Ecléctico como siempre ha sido, amparado por un cantante en estado de gracia, el sonido Czars sigue realizando excursiones valientes, bandazos entre géneros diversos. Sin embargo esta vez todo parece estar bajo control.

Si a The Czars siempre les adornó un romanticismo decadente, esta vez han encontrado sus mejores momentos rodeando algunas de estas digresiones de un clasicismo heredero de la mejor tradición de los años cuarenta o cincuenta, de esa contención expresiva que sugiere tanto como dice y que catapulta algunas de sus mejores canciones a un nivel superior. Alegra encontrar en el tercer corte, “Paint The Moon”, una pulcritud tal, una limpieza absoluta de exposición para una pieza de country sofisticado que parece reclamar la presencia de Buck Owens para cantarla pero se alegra de encontrar al propio Grant. Y así podríamos hablar de “The Hymn” cuyos preciosos interludios electrónicos no pueden ocultar esa esencia de dueto teatral, mano a mano como Sara Lov de los Devics, que recupera una tradición efectiva como pocas. Ya para empezar nos habíamos sumergido en “Goodbye” tras una intro de piano deliciosa. Y para cuando tropezamos con el acadecismo jazz de la hermosa “Little Pink House” y de “I Saw A Ship”, a esas alturas ya no nos viene de sorpresa.

Ha algunos acercamientos a una languidez más moderna, como la que construye en “My Love” su intensidad de manera discreta pero firme con una aroma turbio muy shoegazer. Sin embargo existe también otra faceta de The Czars que tiene una suerte más desigual. “I Am The Man” mezcla glam rock con electrónica en un equilibrio difícil y que se salva por los pelos. No así “Trash”, de cadencia irresuelta y el principal fallo de “Goodbye”. Dificulta repetida en “Los”, aunque ésta sí encuentre una fuga final que la redime y que supone un preludio perfecto para el estallido final de ingenio. Primero la caricia de un irresistible vals de clasicismo country rock en esa escuela años cincuenta, a la altura de “Paint The Moon” y que en absoluto anticipa la llegada (y eso es lo mejor) de “Pain”, esa joya agridulce y esquizofrénica que se esconde al final del álbum. A él llegamos de la mano de esta sorprendente inyección de adrenalina, abrazados por un pegadizo single de pop californiano envuelto en electrónica y guitarrazos, que esconde su veneno en su prodigiosa letra, cínica y directa, pero clarividente como pocas.

Lo dicho: a veces lo bueno se hace esperar. No creo que “Goodbye” se cuele en demasiadas listas de “lo mejor del año”. De lo que estoy convencido es de que si te haces con él, lo guardarás, y con el tiempo le rendirás esporádicas, pero felices, visitas. Está hecho de la pasta con la que se construyen los verdaderos favoritos personales.
ENRIQUE MARTINEZ ( octubre 2004)