(Huston party, 2003)

Revisando declaraciones recientes del británico Chris Hooson, alma máter de DAKOTA SUITE, uno llega a la conclusión de que estamos ante uno de esos trovadores de la desazón, perfectos para convertirse en mitos de culto entre cierto público predispuesto a dejarse llevar por el mórbido placer de escuchar canciones basadas en las penurias ajenas. Pongamos como ejemplo el (poético) título de su último trabajo, “este río solamente trae veneno”, según su autor la metáfora de cómo su vida se ha proyectado en la de su mujer Johanna Hooson, responsable por otra parte de las desoladas fotografías del disco y protagonista de una sentida dedicatoria final. Así es él, igual te habla en una entrevista de sus intentos de suicidio, como apela al instinto maternal de su pareja con un redentor “toda la culpa es mía” de esos que todos alguna vez hemos dicho pero que, en su caso, parece el pan nuestro de cada día. Es decir, un depresivo crónico abocado a la exhibición de sus miserias, en discos que no son más que un constante estado de abatimiento y que, más que purificar el veneno, lo sirven en dosis cuasi letales.

En esta ocasión Chris se acompaña, entre otros, de unos subalternos de lujo como son los ex-American Club Tim Mooney (batería) y Bruce Kaphan (pedal steel/ mellotron), responsable este último de las mínimas pinceladas de color en un discurso tan grisáceo como la portada que lo cobija. Mayormente acústico, con alguna ocasional guitarra de estirpe Byrds y conscientemente entristecido por cellos y pianos, “This river only brings poison” es un disco que, a primeras, se presenta plano y somnoliento. Pese a lo que uno caza al vuelo en unas letras que ni se incluyen en el cd, ni, a fecha de hoy, están disponibles en su página web ( a saber, un rosario de corazones que se rompen , almas que se ahogan o luces que no alumbran lo suficiente), más que dramatismo, lo que se observa aquí es la serenidad de quien ya ha aprendido a convivir con el dolor emocional y se ha instalado a perpetuidad en el lado sombrío de la vida. Ello se traduce en una interpretación desalentada y lineal, al margen de cualquier gancho épico o aspaviento de rabia, algo que probablemente desespere a quien se acerque a él sin la complicidad requerida en esta clase de grupos o exento de previo manual de instrucciones.

Sucesivas escuchas permiten, sin embargo, penetrar en su epidermis, dejarse llevar bien por la placidez del cálido pedal steel que planea eventualmente por temas como “The leppers companion” o “Lets be on our own”, o bien por esas voces femeninas que surgen de improvisto en “ Sand fools the shoreline”, revelándose como una suave caricia a los oídos. También darle sentido a esas austeras miniaturas instrumentales ( “The finished river” , “Verdiet”, “We made the rain”) que se intercalan a modo de cortinas cinematográficas en un disco que da lo mejor de sí en su últimos cortes. Así la preciosa “How safe we must see” sintetiza en una canción a los Red House Painters y los Mojave 3 de “Ask me tomorrow”, el demoledor vaciado de “Pillows in the water” (“ puedo decirte que estás ciega/ si pudieras ver lo que tienes/ llorarías ”) es de esos que llega al alma y , finalmente, la instrumental “Matching eyes and hands” y, muy especialmente, ese liviano y oxigenante “The space around your sleeping” ,tan próximo a Nick Drake, nos indica que la insistencia han merecido la pena y lo que, en otro estadio, sería una incisiva crítica sobre otro “miserable” con mucho por llorar y poco por decir, se convierte en mi más sincera recomendación ante un disco que, poco a poco, se deja querer hasta finalmente engatusarte por completo. Un duro handicap en estos tiempos de acceso ilimitado a la música, donde se oye mucho, pero no da tiempo a escuchar casi nada.

JAVIER BECERRA