 
(Emi, 1995)
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El don de la oportunidad
es, sin duda alguna, una virtud en sí mismo. Cuando algo se antoja
necesario, ser el único proveedor te revaloriza. Tal vez si hubieses
llegado antes o después, el destino te podría haber deparado
un destino diferente, y seguramente peor. En cualquier frente de la vida.
Ya puede ser dando patadas a un balón, vendiendo lavadoras, trajes
de chaqueta o drogas, escribiendo canciones o guiones de cine, estar en
el lugar adeudado en el momento preciso, es la mitad del arte.
Todo esto viene a cuento
de Michael “D’Angelo” Archer y de su
disco de debut, “Brown Sugar”. Publicado
hace casi diez años, a mediados de los noventa, supuso en sí
mismo un pequeño cataclismo. En un momento de dominación
absoluta de la música negra por el Hip-hop, con un R&B absolutamente
decadente, con la antorcha del soul entregada en manos de baladistas asépticos
que facturaban una forma del mismo sedosa hasta el aburrimiento, la irrupción
de la figura de D’Angelo sirvió para bautizar
un movimiento, el Nu-Soul, que finalmente no llegó tan lejos como
prometía. El de Virginia tenía todos los elementos para
transformarse en la cara y ojos de la renovación del género.
De orígenes sureños, familia relacionada con la iglesia
pentecostal y el gospel, imagen poderosa y el típico individualismo
de todo artista negro de altura que se precie: compositor, arreglista,
productor, vocalista y multiinstrumentista. Otro Juan Palomo de ébano,
yo me lo guiso y yo me lo como.
Sin lugar a dudas existía
un hueco por cubrir desde la decadencia de Prince y la
frustración de las expectativas creadas alrededor de Terence
Trent D’Arby. Hacía falta un nuevo genio de turno,
un hombre de color autosuficiente, caprichoso y visionario que recogiese
el testigo abandonado de los hombres ilustres. Y sobre todo había
una síntesis por cristalizar, la fusión entre los ritmos
poderosos del hip-hop, su poderoso imaginario urbanita y la tradición
vocal y espiritual de los grandes popes del soul. Por eso la aparición
de “Brown Sugar” estaba predestinada al éxito.
Y así fue. Con un sonido propio y personal, su irrupción
fue acogida con los brazos abiertos por todos los sectores implicados.
Acentuando el ritmo y
el pulso, con una instrumentación sobria y centrada en el groove,
asumiendo la práctica totalidad de las voces y gran parte de los
instrumentos, D’Angelo presentaba sus credenciales
con una nueva versión de ese soul que se debe escuchar sobre sábanas
bañadas en sudor. Un sonido sensual que sería llevado al
paroxismo con “Voodoo”, su segundo y magnífico
álbum cinco años después. En “Brown
Sugar” las melodías hacen un mayor acto de presencia,
entroncando con el soul y funk de los años setenta, tendiendo un
puente de plata desde el hip-hop a los grandes maestros (Gaye, Green,
Mayfeld, Hayes) y prácticamente omitiendo una década entera.
Recogiendo los elementos de ambas escuelas y pequeños detalles
extraídos del jazz (gélida guitarra en “Shit,
Damn, Motherfucker”, el centelleante piano propio
de “Smooth”, libérrima trompeta
de “When We Get By”) tomaba así
cuerpo de nuevo la atmósfera lúbrica y saturada de los “Hot
Buttered Soul” o “Let’s Get
It On” del pasado.
Tiempos medios predestinados
a servir de fondo a libertinas escenas de alcoba (“Brown
Sugar”, “Jonz in My Bonz”, “Smooth”, “Lady”)
baladas de conquista más que de lamento (“Me
And Those Dreaming Eyes Of Mine”, “Higher”),
la recuperación de las historias de cuernos y ajustes de cuentas
que hicieron grande al blues (“Shit, Damn, Motherfucker”)
y el obligado homenaje a los maestros: la estupenda versión de
“Cruisin’” de Smokey
Robinson, o la construcción de la estupenda “When
We Get By” sobre un discreto sample de “One
Nation Under a Groove” de Funkadelic. Un completo
catálogo de sensaciones ya conocidas, pero puestas al día
con la preceptiva coartada de modernidad, para que así un nuevo
público encontrara una perfecta banda sonora para sus pasiones
eternas. Por eso hablábamos del don de la oportunidad, que hizo
de este disco notable, pero imperfecto, toda una referencia imprescindible
y una enorme influencia en años sucesivos.
Y a pesar de que, a mi
humilde entender, D’Angelo fue perfectamente capaz
de superarse y crear una obra más personal e imprescindible todavía
en “Voodoo”, nunca está de más
hacer un pequeño homenaje a la perfecta combinación de talento
y don de la oportunidad. Con un número nueve como un mundo de grande
a la espalda, al límite siempre del fuera del juego, señoras
y señores, juega D’Angelo. Disfruten de
su arte. Porque, como algún que otro genio de lo suyo, se prodiga
muy poco. Pero siempre moja.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2004)
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