(Bpitch control, 2001)

Hay muchas maneras de releer el pasado: se puede hacer de modo literal, de modo hagiográfico, con nostalgia, desde una óptica posmoderna, con ironía o con simple voluntad iconoclasta. Hay muchas más, a buen seguro, y en alguna de ellas (que no me atrevo a definir como "conceptual" o "renovadora") debemos encuadrar este majestuoso disco que nos ha regalado una de las productoras más imprescindibles del actual panorama clubbing europeo. "Stadkindt" es uno de esos discos pequeños, de los de la puerta de atrás, que, revestidos del evanescente y enigmático carisma de "lo mágico" construyen una escena, redefinen conceptos y abren nuevas esperanzas, con un pie en el pasado y otro en el presente, para encontrar el sonido del futuro.

Decir que este disco es retro es pecar de imprecisión, pero también es hacer honor a la verdad. Y es que cuando un artista encuentra su propio sonido a base de mezclar otros ajenos de modo personal, el resultado es siempre refrescante y, en cierto modo, nuevo. Para que os hagáis una idea, puedo decir de modo torpe e impreciso que "Stadkindt" es el resultado de mezclar el synth pop de 1981 con el techno de 1997. Uséase, el disco que probablemente firmarían Kraftwerk en 2003 si Ralf & Florian hubiesen nacido en 1975: un disco retro que no obstante es perfectamente fiel al espíritu del 2002. Pero estas definiciones resultan por fuerza insuficientes para describir este CD que es desde ya un mini clásico y que deja a la altura del betún a los capitostes de una escena (Adult, Felix the Housecat, The Hacker) que son incapaces de escapar de los clichés retro que los maniatan.

Imagina a Anne Clarke cantando un disco producido por Panasonic en el estudio de Mark Ernestus & Moritz Von Oswald y obtendrás la fórmula de estas canciones. Combinando el misticismo post-urbano de la británica con el digitalismo morboso de los finlandeses y tamizado todo por el paisajismo alemán de toda la vida, obtenemos el "Trans Europe Express" de esta generación y una obra maestra de ese romanticismo nórdico, críptico y gélido, que sin duda nos ha regalado los mejores discos del último lustro. Un disco que sabe a Berlín por los cuatro costados, con su 4 x 4 industrial, sus voces vocoderizadas en reverb y sus crípticos glitches digitales. Moderadamente melódico (algo así como "Autechre goes techno") este disco confirma que el techno no es música maquinal diseñada para consumirse en la pista, sino música emocional compuesta para ser bailada y escuchada con los ojos llenos de lágrimas. Hay quien llora con Tindersticks o Piano Magic, y a ellos será difícil convencerles de la majestuosa belleza que esconde una obra abstracta y "post-humana" que, pese a carecer del carisma arty de Mille Plateaux o Warp (y es que grabar para un sello tan trendy como Bpitch Control implica sus prejuicios) tiene la misma capacidad de sorpresa, emoción y vanguardia que todos los artistas que graban para ambas plataformas. El techno siempre ha sido objeto de afilados dardos críticos que no han comprendido la inteligente solemnidad que implicaba, distanciándolo de las propuestas supuestamente "artísticamente dignas" de todo aquello que no es bailable.

Este disco se puede bailar, pero lo más importante es que tiene la capacidad de ponernos un nudo en la garganta. Muy probablemente no lo entenderán los ravers, ni mucho menos la generación Benicassim, ni los aficionados al glitch-core, por ser una de esas obras secretas (como en su día Seefeel o A.R. Kane, hoy clásicos indiscutibles) que se mueven en un universo que no puede ser otro sino el suyo propio. Si te gusta la línea secreta que une a Kraftwerk, Brian Eno, Visage y Panasonic (es decir, el decadentismo neorromántico europeo) caerás rendido ante la belleza de este disco tras un par de escuchas. O sea, el melancólico detachement del que habita ciudades Europeas a medianoche, y escucha sus coches y sus voces lejanas, sus neones y su velocidad estática. O sea, Berlín y Estocolmo, París y Ginebra, el frío sublime del paisaje humano posindustrial: Ellen Alien tiene la proverbial capacidad de hacer poesía (elíptica y misteriosa) de una generación que ha crecido entre ritmos maquinales de after hours, transportes públicos y propaganda mediática. Sin por ello perder su capacidad de sentir lo bello, lo trascendente, lo humano. Y me ahorraré en este momento las innecesarias referencias a Ballard, Gibson y Cunningham. No te dejes engañar por su apariencia de artefacto fashionable e intenta penetrar en la profunda e intensa melancolía ( no muy distante de Wim Wenders o "Tetsuo") de este precioso disco de industrialismo bailable y enigmático, a la vez paisajístico y motriz, que es desde ya otra prueba de que desde la "música de baile", incluso desde el revival, se pueden hacer obras de una emotividad sobrecogedora: escucha "Salzsee", el más hermoso homenaje a los años 90 que uno haya podido escuchar, y sorpréndete al comprobar que tus lágrimas caen al ritmo de tus pies. Infinitamente superior a sus compañeros de escudería (el sello de moda en Berlín Bptich control edita desde la estupenda Sascha Funke hasta los moderadamente irritantes Tok Tok & Soffy O.) y miembro indiscutible del triunvirato de "reinas del techno" junto a Miss Kittin y Monica Kruse, "Stadkindt" vale mucho más que la suma de sus partes y, milagro, es un disco largo de techno (no de música electrónica: de Techno, que es algo muy concreto), de los pocos que sirven para abofetear a los que todavía contemplan el género con altiva ceja arqueada. Definitivamente, diez sobre diez.

f_mandarine@iglu