 
(NONESUCH, 2003)
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Esta reinvención
de Emmylou Harris tiene tintes de milagro. Que una de
las mejores (si no lo mejor) cantante americana blanca de los últimos
treinta años se haya reconvertido a estas alturas de su carrera
y por sorpresa en una de las mejores escritoras y una de las más
arriesgas exploradoras de nuevas posibilidades sonoras en el country-rock,
es algo que de puro perfecto, resulta casi increíble. Después
de años como la verdadera diva del country rock, dotada de un hechizo
en su voz y presencia que transformaba en un tesoro propio todo el material
ajeno que tocaba, bajo los auspicios de Daniel Lanois
en “Wrecking Ball” creó una
de las visiones más vanguardistas del country rock de la actualidad.
La misma clase de atmósferas vaporosas y oníricas que siempre
había creado Lanois se mostraron como un colchón perfecto
para la sobrenatural voz de Harris, elevándola a nuevas cimas creativas.
Pero con “Red
Dirt Girl” la cosa tomó otro cariz incluso
mejor. No sólo Harris (sustituyendo a Lanois por Malcolm
Burn) mantenía los mismos parámetros en la producción
que la hacían única. Ahora además, ésta se
convertía en el ágil vehículo en el que viajaba una
nueva y privilegiada autora: ella misma. Y después del rotundo
éxito de aquella aventura, repetimos plan de acción aquí,
y de nuevo nos cae uno de los discos del año. Obra verdaderamente
personal, “Stumble Into Grace” ha nacido
desde un principio para ocupar un lugar de honor en la extraordinaria
discografía de Harris. Clásico instantáneo se llaman
esta clase de discos.
Harris se ha rodeado otra
vez de un equipo excepcional, no exento de ilustres. Jane Siberry
permanece fija durante todo el disco en el papel de vocalista de acompañamiento,
Malcolm Burn toca un catálogo amplio de instrumentos, creando esas
atmósferas envolventes. Daniel Lanois, Ethan Johns, Gillian
Wlech, Buddy Miller, Linda Ronstadt o Benie Leadon también
se dejan caer. En cada canción, y más allá de las
características definidas de este sonido sobre el que Harris lleva
ya tres discos trabajando, los arreglos hacen brillar cada melodía
con verdadero fulgor.
Pero este disco es sobre
todo una declaración absolutamente personal, que redescubre esa
novedosa autoridad de Harris como escritora. En las baladas distribuye
tanta sensualidad como ternura, con resultados impresionantes en “Here
I Am”, “I Will Dream, o “Can You Hear Me Now”.
No ahorra compromiso con su género en la hermosa “Lost
Into World”, ni bilis con la estupidez que nos rodea
en “Time In Babylon”, apocalíptico
y magistral retrato de lo que nos rodea, y del que no me resisto a citar
unas líneas: “En la tierra del libre y el orgulloso/
puedes vender tu alma y tu dignidad/ por quince minutos en la tele/ matando
el tiempo en Babilonia/ Así que chupa la grasa, corta el hueso/
Todo el mundo debe ser clonado/ Matando el tiempo en Babilonia”.
Hay que hacer también obligada mención de la estremecedora
“Strong Hand (Just One Miracle)”,
homenaje a June Carter Cash, en el que nos relata la
historia de amor de película que ésta vivió con Johnny
Cash, y que ahora tristemente nos sirve como emocionante despedida
de los dos. Y finalmente de “Cup Of Kindness”,
un cierre esperanzado y que nos alivia de la oscuridad de “Lost
Into This World”.
Con la madurez y la sabiduría
que éste trae como una gran baza a favor ahora, después
de todos estos años, cuando hablamos de la excepcionalidad de la
“voz” de Harris lo hacemos en toda la extensión del
término. Cuando recoge un tema tradicional como “Plaisir
D’Amour” (el embrión tradicional de “Can’t
Help Falling In Love” de Elvis) y demuestra que esos
infinitos recursos vocales se encuentran en plena forma, capaces como
siempre de apropiarse de lo ajeno y hacerlo propio. Y cuando crea estas
hermosas canciones de la nada, también. Porque, inevitablemente,
“Stumble Into Grace” te robará el
corazón.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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