(Reprise, 1989)

De entre las boutades más o menos tolerables del mundillo snob-indie las hay de muchas categorías. Decir que te gusta "Torero", "Amor.com" o el "Aserejé" es saludado con cómplices sonrisas del tipo "pero qué petarda eres": en el perfumado universo post-Mond, lo populista es aceptado en la medida en que es idiota y carente de pretensiones. Aqua, Bananarama o Corona son indie-friendly porque su música es abiertamente estúpida y no pretende engañar a nadie: vamos, lo mismo que Oasis, Suede o Fischerspooner pero sin el carisma minoritario de éstos. Pero, ay amigo, si lo de que se trata es de reivindicar la obra de artistas con ínfulas de "seriedad", la broma parece que deja de tener gracia. Así que la mera mención de la palabra "Enya" en una publicación supuestamente alternativa se antoja tan sonrojante como lo sería ver un NME con Kenny G. o Yanni en la portada. Y aunque a ustedes no les importe lo más mínimo lo que yo pueda decirles, respeto mucho más a cualquiera de esos freaks de Soulseek que tienen en sus listas a Einsturzende Neubauten junto a Lito Vitale y 21 Japonesas (por mucho que ninguno de los dos me interese lo más mínimo) que a los panolis borregos con correctísimas colecciones de todos los Oasis, Garbages, Smashings y (ahora) Lali Punas que en el mundo han sido. (Curiosidad para aficionados a internet: juro que en mi hotlist tengo a un garufo mexicano que tiene en mp3 las discografías completas de Magnetic Fields, el sello Warp y... ¡Huey Lewis & The News!).

Tras esta inoportuna advertencia en un vano intento de expiar mis torpes pecados auditivos, espero que nadie se alarme por lo que voy a afirmar a continuación. Lo hago sin ánimo de epatar, sin pose de ningún tipo, sin voluntad de "ir de guay" ni de descubrir al pánfilo mundillo indie la panacea universal: me gusta Enya. Así de simple. Por más que en general se la asocie al demencial mundillo "new-age celta de anuncio de colonias" la verdad es que sus antiguos discos me parecen soberbios, los he escuchado muy a menudo en su día y de vez en cuando, si llueve y me apetece pasear por la Tierra Media orensana que rodea mi aldea, su lánguida voz es mi mejor compañera de viaje. Me importa más o menos tres cuartos de pepino lo que la gente culta pueda pensar, no me arrepiento de mi sonrojante carencia de gusto ni decencia, así que puestos a decir sandeces radicales juro sobre la tumba del rey de Gondor que prefiero los tres primeros discos de la irlandesa a toda la discografía completa de Dntel, Notwist y Faultline. Será que se me escapa la delgada línea que supuestamente separa lo sensible de lo sensiblero, lo emocional de lo cursi o lo elegante de lo relamido, pero Enya ha firmado alguna de las canciones FM-friendly más bonitas que haya escuchado nunca.

La banda sonora de "The Celts" había sido un pequeño clásico entre los oyentes de Ramón Trecet, gracias a su asombrosa capacidad para combinar de modo sencillo e inteligentísimo la música celta tradicional, el ambient y cierto tenebrismo a lo Dead Can Dance. Eran los años (mediados de los 80) en que los Clannad que habían lanzado a la diva eran un grupo "culto" que compartía fans con Phillip Glass o el sello Nuevos Medios: carne de aficionados al jazz venidos a más, de esos cuarentones que en su ansia de mantenerse a la última se habían zambullido en aquello de la new age. Pero, milagros de la ciencia, en 1989 aparece este "Watermarck" y, vaya usted a saber por qué, la sirena irlandesa llega al número uno en EE.UU y UK, se convierte en el disco de mayor longevidad en el top 40 español en toda la historia, y literalmente se come el mercado europeo con patatas. Este acontecimiento inexplicable y bizarro (piénsenlo bien: una señora mayor y más bien tirando a fea, que se viste como un extra de "Willow" y canta en irlandés baladas sin percusión ni instrumentos tradicionales) podría contemplarse como un hito de lo impredecible del mercado musical, pero la verdad es que los casos similares no han sido pocos: las sinfonías hortero-analógicas de Vangelis y Jarre, las baladas ONG de Nana Muskuori, los gorgoritos de Andrea Bocelli, los espantosos caramelitos con sacarina de Susan Cianni o aquella cosa rara y fea de los Cantos Gregorianos habían puesto ya una pica en el Flandes del Billboard para desconcierto e intranquilidad de los managers de boybands, triunfitos y alternativos de toda la vida.

Usted, encomiable indie del ala dura curtido en mil discos de post rock, pensará que semejante acontecimiento es la cosa más normal del mundo, a tenor de las edulcoradas y melosas melodías que pueblan la discografía de Enya. Pues déjeme decirle algo que sin duda le sorprenderá: ¿sabía que a nivel de producción este disco es más innovador que "Loveless" (y esto no lo digo yo sino "The Wire": en algunas canciones la voz de Enya llega a sonar superpuesta en 40 capas diferentes, mucho más que las famosas 25 guitarras de My Bloody Valentine)? ¿O ha leído esas entrevistas en las que gente de Tigerbeat6 o Mille Plateaux reivindican este disco por sus asombrosas triquiñuelas ingenieriles, muy por encima que las de muchos "laptop fetichists"? ¿Qué ha sido el primer disco de filosofía dub (el único instrumento musical utilizado es el estudio de grabación) en vender más de 10 millones de discos? No, eso usted no lo sabía, pero déjeme decirle aún más: estos detalles en absoluto dignifican este disco. Me da igual que haya costado una millonada grabarlo, que sus reverbs sean los más currados desde Lee Perry o que hayan metido tropecientas veces marcha atrás la voz sampleada de Enya: a mí me gusta porque las canciones son preciosas y ya está. Y ya que estoy de lo más animado, diré que me gusta más que casi todo lo de Cocteau Twins o Dead Can Dance, y que pese a reconocer que la fórmula de "Watermarck" es 40% de sensibilidad más 60% de efectismos cursis, contiene un par de momentos mágicos de los que quitan el hipo y ponen ese nudito en la garganta.

Reconozco que ya en su día escuchaba "Orinoco Flow" a escondidas para que los demás fans de Jesús & Mary Chain no me excluyesen de sus solemnes foros, y que cuando mi hermana mayor (sí, la típica hermana mayor: todas tiene discos de Sting, Los Secretos y Dire Straits) lo compró me apresuré a grabarlo en un cassette que todavía atesoro. Y bueno, la verdad es que desde entonces he especializado mi discoteca en "pop evocador" (desde Popol Vuh, Brian Eno o Durrutti Column hasta Labradford pasando por Arvo Part) y lógicamente no puedo escuchar estas canciones con la misma entrañable ingenuidad de aquellos días. Pero la verdad es que todavía hoy me sigue enmudeciendo la belleza maternal y evanescente de canciones tan bonitas (sí, bonitas) como "Orinoco Flow" o "Storms in Africa". Y que esa canción tan sencilla y simultáneamente complejísima que es "The long ships" entraría sin duda en mi top 10 de ambient-pop de todos los tiempos (la escucho en estos momentos y me hace preguntarme por qué compro discos de Panamerican o Mus). Y que "The River" sería sencillamente perfecta si Stephin Merritt se atreviese a entonar sobre ella su voz de barítono con sus magníficos versos de amor. Tanto este "Watermack" como su majestuosa continuación "Shepphered moons" son dos clásicos absolutos del "romanticismo bonito" contemporáneo, y no me cabe duda de que si en lugar de vender semejantes porradas de millones se mantuviese en el anonimato cool de lo underground, mucho inteligente los tendría en su altar de incunables secretos.

Dejo ya mi infructuoso intento de convencer a nadie de que Enya es una chica con talento. Soy consciente de que aquí hay cursilería y una solemnidad un tanto inflada, de que sin la complicidad acrítica del fan nostálgico esto es música comercial para oídos acomodados. Me mantendré a solas sintiendo la tristeza, alegría y melancolía en que me sumergen estas canciones. Sinceramente, en este momento me aburre soberanamente el cripticismo falsamente arriesgado de esa vanguardia ultramoderna que se empecina en buscar cualquier cosa que eluda...las cosas simples y bonitas. Quedaos vosotros con la inteligencia de Kid 606 y Belctum from Belchdom, o las payasadas de fiesta de instituto de Tino Casal y Bananarama, que los horteras out of fashion como yo seguiremos coleccionando cursis paisajes británicos del XIX, manga panteísta para niñas y discos evocadores y comerciales como los de Enya.

f_mandarine@iglu