![]() |
|
(LIMBO STARR, 2006) |
A excepción de tres cortes (uno de ellos el inaugural y perfecto umbral “Todo puede ser”), entonados por Sergio Vinadé, Julio de la Rosa es el vocalista principal de un disco mecido en efluvios acústicos, relajados y detallistas, envueltos en un trabajo concienzudo de armonías vocales de inspiración californiana. El conjunto queda impregnado de un aroma otoñal, melancólico y reflexivo, que añade más ambientación a los protagonistas de las letras de Julio de la Rosa, condenados a recorrer en círculos la región más oscura y movediza de la pasión. Y así surge un disco agridulce, realista y desencantado, que conoce la gloria del amor en sus primeros pasos, reconoce también su inevitable fracaso como pasión eterna, mientras parece incapaz de resignarse finalmente a las habituales soluciones modestas a ese estancamiento. El disco toma vuelo en el cuarto corte, el vibrante “Vivir”, en el que una guitarra eléctrica traza un ritmo de medio tiempo perezoso, y un estribillo de pequeño himno íntimo dibuja finalmente una canción redonda (“Todas las noches serán iguales/ Amor desperdiciado en la calle/ El mundo gira y qué vamos hacer sino salir/ Y hacer la revolución en los bares”). El falso minimalismo repleto de detalles pequeños y estratégicamente colocados en el que se envuelven cortes como “Un sueño”, “Robinsones”, o “La chiflada del paraguas”, es de la misma clase de falta modestia que parece disfrazar todo el disco. Las canciones crecen de manera discreta, pero inevitable, de la mano de una especie de peculiar neo-folk, de influencia anglosajona, pero de una enorme naturalidad a la hora de entrelazarse a unas letras escritas en un claro castellano. Los hallazgos, aparentemente modestos, y repartidos en los pliegues
de las canciones, se precipitan con abundancia en dos verdaderas joyas:
“Éramos tan grandes” y “Lo que queda de verdad”.
En ambas cristalizan las esencias, dulces y amargas, del disco, construyendo
dos canciones de amor de verdadero calado, tan amables como implacables.
En ellas se detecta, además, algo impagable y de lo que el indie
patrio ha parecido huir como de la peste; pero que precisamente por lo
inevitable que resulta, se puede convertir en un instrumento de creación
con insospechadas utilidades. Se trata de la verdadera madurez. Es decir,
por un lado, de la observación informada de aquellos que nos rodean,
aún más de nosotros mismos y de los efectos de ida y vuelta
entre ellos y nosotros. Y sobre todo de la capacidad para plasmar esas
mismas observaciones con solitaria valentía. Sí, exactamente:
sin miedo a ese mismo ridículo. ENRIQUE MARTÍNEZ (ENERO 2007) |