(Rough Trade/Sinnamon, 2004)

Existe algo único en las relaciones fraternales. La relación entre hermanos está dotada de una intensidad, de una suerte de complicidad de la carne y la sangre comunes que desafía las leyes de la razón y se localiza en las zonas más desconocidas, creando unas peculiares dinámicas de amor-odio que nadie es capaz de penetrar. Esta energía puede alimentar la clase de obras conjuntas más herméticas y incomprensibles. Como ejemplo banal, recuerdo que cuando mi hermano y yo jugábamos al fútbol en el mismo equipo existían algunas jugadas nuestras incomprensibles al resto, producto de los entrenamientos conjuntos de horas y horas en la calle, de un juego de gestos y miradas que eran en sí mismo un idioma en clave.

Los hermanos Friedberger han venido con “Blueberry Boat” a hacer pública una de esas obras herméticas y autosuficientes, pobladas de guiños y claves secretas. En tanto que dúo conformado por hermano y hermana y en su cerrazón absoluta a la influencia externa, la música de los Fiery Furnaces es en esta ocasión aún más extraña que en su debut “Gallawsbird's Bark”. Construido mayoritariamente a base de suites muy barrocas y enrevesadas de pop electroacústico con pequeños toques de blues arcaizante, en la mayoría de las ocasiones las canciones de “Blueberry Boat” se muestran largas y sinuosas como un río, con cambios constantes de compás, ritmo y melodía a la manera de aquellos esbozos de ópera pop de The Who en “A Quick One While He's Away”. Sobre estas estructuras imposibles Matt Friedberger ha depositado unas letras igualmente excéntricas, repletas ya no sólo de juegos de palabras privados, sino incluso de lenguaje inventado. Haciendo con todo ello harto difícil de seguir el desarrollo de sus perversas fábulas extrañamente moralistas.

Desde que “Quay Cur” anuncie como una declaración de principios los postulados estéticos de “Blueberry Boat”, se hace evidente que los resultados finales de lo que, a primera vista, parece un mero juego infantil no son plato de fácil digestión. Este álbum requiere un atención completa durante un metraje más que prolongado (más de 70 minutos), y no se trata tampoco de una cuestión de parsimonia o monotonía, sino más bien de lo contrario: de encontrarle un hilo conductor a los continuos cambios y abruptos sobresaltos con los que Matt construye sus canciones.

Sin embargo en el gancho melódico de muchos de dichos pasajes, así como en la cristalina y encantadora voz de Eleanor, ofrece “Blueberry Boat” los asideros a los que aferrarse para completar el viaje a través del mundo alternativo construido por los hermanos Friedberger. Así se descubre la oculta sabiduría y la madura inmadurez de estos relatos, que proceden a diseccionar de manera casi reticente el verdadero carácter de un mundo exterior y real en el que Matt parece no querer adentrarse definitivamente. Son cortes como “Spaniolated” los que crean la sensación de encanto y hechizo que por momentos adorna a “Blueberry Boat”.

Disco más arriesgado que la inmensa mayoría de lo que se auto-proclama rock experimental, en “Blueberry Boat” hay que zambullirse con ganas. Sin duda una de sus grandes logros es la creación de una mística propia, de un universo en clave. Tal vez por eso mismo , pese a su infantil apariencia, no es éste un disco para todos los públicos ni para cada momento. Como esas parejas de hermanos hiperactivos, como esos traviesos y revoltosos niños pequeños, por momentos te pondrán de los nervios y te resultarán incomprensibles. Pero sin duda en otros los encontrarás encantadores, y en otros completamente fascinantes, e inquietantes.

ENRIQUE MARTÍNEZ (octubre 2004)