(WB , 2006)

Es uno de los mayores misterios de los últimos años esta posición de preeminencia que ha terminado por alcanzar un grupo tan disparatado y excéntrico como The Flaming Lips. Pero no deja de ser una bendición. Su nuevo disco, esperado durante cuatro años, parece cerrar la trilogía existencialista abierta con “The Soft Bulletin”, el disco que los hizo alcanzar esta inesperada fama. Durante estos años les hemos acompañado en un viaje hacia territorios ignotos, en cierto modo abriendo brecha para el pop con una serie de constantes temáticas y estéticas muy personales, que los han convertido en un grupo único en su especie.

A estas tempranas alturas “At War with the Mystics”, frente a sus compañeros de ciclo, aparece como una suerte de hermano menor. Carece de la imponente presencia y la solemnidad de “The Soft Bulletin” (probablemente su obra maestra definitiva), o la claridad melódica y la agridulce clarividencia de “Yoshimi Battles the Pink Robots”. Ni siquiera plantea una vía intermedia entre los dos. “At War With The Mystics”, más deslavazado y despojado finalmente de cualquier verdadera pretensión conceptual, pretende ser una versión más ligera, más rockera incluso, de estos Flaming Lips filosóficos, elegiacos y que emplean la fantasía y la ciencia-ficción como alegorías teñidas de humor para tratar, en realidad, las cuestiones más graves y eternas. Como novedad, hay un perfil politizado en este disco, tal vez resituando en la Tierra parte del escenario de la lucha cósmica entre el Bien y el Mal y la búsqueda del Sentido de la Vida, como unos Monty Python del rock'n'roll enfrentados a un George W. Bush aún más temible (e increíble) que los Robots Rosas del pasado.

Dos fogonazos abren el disco, “The Yeah Yeah Yeah Song” y “Free Radicals”. Musicalmente ambos cortes, y especialmente el fulgurante estribillo del primero, resultan una refrescante recuperación de otros Flaming Lips, anteriores a su romance con los teclados y las atmósferas. Pero la misma encantadora puerilidad y el mismo candor que hacían tan especial su aproximación a los devastadores efectos de la muerte y los insondables misterios del Universo, no terminan de iluminar con igual intensidad las tupidas tramas del poder. Son letras flojas, que en ese continuo equilibrio de Coyne entre lo sublime y lo ridículo, se caen hacia el lado que no es. Lo que no significa que escuchadas a pleno volumen no cumplan otras funciones, casi igual de importantes, tal vez más.

Un trip central más existencialista, musicalmente más pausado y psicodélico da comienzo con “The Sound Of Failure”, se prolonga con una de las cumbres del disco, “My Cosmic Autumn Rebellion” y culmina en “The Vein of Stars”, y en cierto modo en el prodigioso coda de “It Overtakes Me”. Aquí los Lips rozan sus mejores momentos de los últimos tiempos, profundos a la par que encantadores, y musicalmente dignos de su fama. Sin embargo, el corte más prodigioso viene algo más tarde, una cumbre existencialista como las de antaño, pero en una vena musical diferente, más íntima y sin aspiraciones de himno. “Mr Ambulance Driver” tiene la devastadora profundidad y el patetismo de los “What Is That Light”, “Do You Realize?” o “It's Summertime”, pero bajo una envoltura que pretender afirmar un carácter falsamente menor. Una canción redonda de soul pop en la vena de Bill Whiters envuelve un relato tremendo: las atormentadas tribulaciones de un amante o esposo que espera la llegada de la ambulancia, mientras su amada se muere en sus brazos. Y de nuevo, una nueva cumbre del mejor Coyne surge en un momento mágico: “Esperando que llegue la ambulancia/ Deseando que no llegue demasiado tarde/ Oyendo las sirenas en la distancia/ Aguanta, la ayuda está en camino/ Sr. Conductor de la ambulancia, aquí estoy junto a ella/ Y aunque viviré, de alguna manera he descubierto/ Sr. Conductor de la Ambulancia, que no soy un verdadero superviviente/ Porque desearía ser yo/ el que no estará aquí nunca más/ No podemos cambiar nuestros lugares/ nuestras vidas son extrañamente nuestras/ Sr. Conductor dígame/ que por cada persona que muere, nace alguien nuevo”.

Y no es éste el único referente de música negra, porque en cierto modo “At War...” pone de más de relieve que nunca la evidente conexión de los Lips con otros maestros del existencialismo envuelto en el absurdo y el show fantasioso. Porque se antoja que hay algo de Funkadelic en el primer bloque “It Overtakes Me”, o en el falsete casi digno de Prince de “Free Radicals”, incluso en el mejor de los fogonazos, ese “The W.A.N.D” (acrónimo de “La Voluntad Siempre Niega la Derrota”), de riff demoledor, y repleto del mismo espíritu lúdico pero “didáctico” de las aventuras de George Clinton. Es una alternativa obvia que se les ofrecía como puente entre sus deseos de incrementar su vena rock sin perder su búsqueda psicodélica, y de la que obtienen muy buenos resultados

Para el final, sin embargo, reservan dos joyas muy diferentes de todo esto y entre sí, y que justifican definitivamente la entidad del álbum. “Pompeii Am Götterdämmerung” es un placer culpable, una pieza progresiva rotunda, pomposa y que no pide disculpas por serlo, pero que crece apoteósicamente. Y finalmente “Goin' On”, una miniatura conmovedora, la pieza de música más sencilla y desnuda que han ofrecido los Lips en años, que parece casi extraída de los descartes de “Music From Big Pink” de The Band en sutileza, sencillez y profundidad. El coda perfecto para un disco que se dibuja nuevamente elegiaco, absurdo, alucinado, grandioso y pequeño. Un disco que pretende, una vez más, contener la vida entera en cincuenta minutos de música. Y que, una vez más, en ocasiones obra el milagro de conseguirlo.

Definitivamente, si los Flaming Lips no existieran, habría que inventarlos.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Abril 2006)