(Capitol, 1954)

Para aquellos que han permanecido hasta ahora ajenos a la realidad artística de la figura de Sinatra, los que no han podido o querido penetrar la espesa membrana que han tejido los tópicos, su propia leyenda o su condición de ineludible icono de la cultura popular del siglo pasado, esta crítica supondrá una sorpresa y tal vez una provocación desde la primera opinión que se vierte en ella. Es ésta: este es el álbum más importante de la música popular del Siglo XX.

Para afirmar o discutir esto hay que hacer un esfuerzo de memoria histórica. El nombre de "álbum" que le damos a los vinilos de doce pulgadas reproducidos a 33 R.P.M. o ahora a los C.D´s con un mínimo número de canciones o duración deriva de la existencia hace mucho tiempo de unas cajas de cartón que recogían físicamente los singles de un artista, es decir esos discos pequeños con una canción por cara. Posteriormente apareció el disco de 10 pulgadas, que hacía lo mismo pero ahorrando espacio en un único disco físico. Pronto aparecieron los 12 pulgadas para sustituirlos. Y aquí surge la ruptura: en un momento determinado y temprano en la aparición de estos prácticos artefactos, la máxima estrella del momento, Frank Sinatra tuvo una idea innovadora y genial: abandonar la confusa estrechez de miras de aquellas colecciones heterogéneas y caprichosas de canciones y embarcarse en una quimera diferente y más osada, al convertir el álbum en algo más coherente, sostenido mediante la selección y programación cuidadosa y medida de las canciones en función de una unidad más o menos difusa de temática, tono y arreglos de las canciones. El álbum de verdad, el L.P tal y como hoy lo concebimos nacía entonces. Y cuando diez años más tardes los BEATLES comenzaron a hacer lo mismo, algunos dijeron que la música pop había entrado en la edad adulta de su mano, lo cual no era exactamente cierto, si nos atenemos a los hechos y utilizamos este argumento.

Porque si bien es cierto que Sinatra en realidad nunca aspiró a nada más que entretener a su público y se mantuvo saludablemente a salvo de las grandes ínfulas pseudo-artísticas de generaciones posteriores, su compromiso personal con la música fue total durante casi toda su carrera. Y el cuidado que puso durante casi toda su carrera en ofrecer un producto de la máxima calidad posible hizo trascender algunas de sus obras de cuidada artesanía a la categoría de Arte con mayúsculas. Porque el amor de Sinatra por la música se transmitía en cada una de las reinterpretaciones que a través de los años realizó de sus temas de más éxito. Y también en esta nueva visión de lo que podía ser un disco de música popular.

Este nuevo concepto de disco además lo inauguró con una obra maestra total. En él Sinatra emprende su fructífera colaboración con el arreglista NELSON RIDDLE, que le llevará a su periodo más brillante y a algunas de sus mejores obras para el sello Capitol. Riddle era un joven maestro consumado y un auténtico genio a la hora de escribir charts para cuerdas que a la vez pudiesen relacionarse de un modo fluido y natural con una orquesta de swing (aquí por ejemplo en "Mood Indigo"), algo de un mérito enorme. Sinatra y Riddle mantuvieron una relación por momentos difícil y tirante, pero que se mantuvo durante largos años por la certeza que ambos tenían de la calidad del material que producían juntos. Coincidían ambos en su interés por buscar unos arreglos cuya intención fuera acentuar la carga emotiva de unas canciones que no escribían, pero que sí que seleccionaban y transformaban para personalizarlas a la figura de Sinatra tanto como los elegantes trajes a medida que le hacían los mejores sastres.

El primero de los álbums "conceptuales" sería, como no podía ser de otro modo, un disco sobre el amor roto, que debía sonar triste y nocturno. Una obra que representase el lado oculto de ese Casanova que todos reconocían en Frankie, buscando una complicidad con el oyente que increíblemente aún perdura. Todas las canciones, seleccionadas entre lo mejor de los compositores de las primeras cinco décadas de la música americana, tocaban de un modo u otro estas tormentosas cuestiones sentimentales. La apertura es la única canción escrita para el disco "In The Wee Small Hours", que habla de esas horas de la madrugada en las que te sientes sólo, cuando echas más de menos a la mujer que quieres y no tienes, y del desvelo que esto te provoca.. Y de este modo el resto de canciones del disco se convierten en una serie de fotos, de "flash-backs" o recuerdos atormentados y fragmentados de tiempos mejores, que Sinatra parece cantar mientras se pasea por una casa vacía intentando encontrar el reparador sueño que le consuele y le permita olvidar siquiera unas horas.

Hay quien sugiere que estos discos melancólicos los grababa Sinatra cuando se peleaba con AVA GARDNER, y que los más optimistas cuando estaba a bien con ella. Afirmar esto viendo la alternancia casi perfecta de discos optimistas y melancólicos, su periodicidad (dos distintos al año) y su forma de grabarse (en directo, con dos o tres sesiones para completar los quince-dieciseis temas que normalmente contenían) es menospreciar a Sinatra en lo que era y es insuperable: su capacidad de interpretación, su incomparable habilidad de manejar a su antojo los resortes emocionales propios y, en consecuencia, los ajenos.

Sinatra es uno de los mejores intérpretes de la historia, que eligió el cantar como su modo de hacerlo. Su indiscutible categoría como actor de cine en cierto modo no era más que una extensión menor de este talento innato para meterse dentro de la canción, de su letra y sugerir en palabras de "todos los micro-tonos de la escala emocional", en palabras del crítico Will Friedwald. Su manera de cantar no sólo era un portento musical, un instrumento natural trabajado por él a conciencia hasta convertirse en un derroche de potencia, registro y capacidad, sino también un transmisor de emociones difícilmente igualable. Es una manera de cantar repleta de swing, de sentimiento y de sensualidad. Su manera de frasear y entonar, su elección sobre en qué palabras o incluso sílabas poner el acento o la pausa, era lo que hacía que, como siempre se ha dicho, cuando Sinatra cantaba una canción pareciese que esa canción está siendo cantada sólo para ti, casi escrita sobre la marcha en ese mismo momento para que te reflejaras en ella. Aunque en realidad hubiese sido escrita en los años veinte como: "Can´t We Be Friends", que en estrofas como esta plantea problemas eternos:"Creí que había encontrado la chica de mis sueños/ pero lo veo venir/ me va a rechazar y a decir: ¿No podemos ser amigos?"

Y no hay que engañarse creyendo que para disfrutar de este disco hace falta un imposible esfuerzo de adaptación, o que esta música es un gusto adquirido, imposible para un oyente habitual de pop o de rock o de menos de sesenta años. Esta es música adulta, sin duda, pero no más que lo que muchos buscan en los discos de SCOTT WALKER, por ejemplo, y que también se puede encontrar aquí en cantidades ingentes: emoción inabarcable y delicada belleza servidas con mucha sofisticación y algo de melodramatismo saludablemente excesivo.

Sólo que aquí está mejor hecho que en ningún otro disco. Esta es la obra de un gigante y de un genio. Y aunque toda la vida hayas creído, equivocadamente otra cosa, se dice rectificar es de sabios.

ENRIQUE MARTINEZ