 
(Domino - Pias Spain, 2004)
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Era algo inevitable. Y
absolutamente predecible también, si se conoce medianamente este
negocio. El enésimo contraataque de la Gran Bretaña, cuya
prensa viene glosando hasta el mayor exceso las excelencias del “retorno
del rock” y todos los nuevos hypes de revival venidos de más
allá del Atlántico. Es algo consustancial a la maquinaria
exagerada que es toda la industria discográfica británica,
su eterna necesidad de héroes propios y por lo tanto tenía
que llegar. La gran ventaja es que, en lo que a Franz Ferdinand
se refiere, llega con un estupendo disco bajo el brazo.
Si en los últimos
tiempos se vienen recuperando a marchas forzadas algunos de los capítulos
menos aprovechados de la historia del rock, como puedan ser el post-punk,
la New Wave y la No Wave, el punk neoyorquino de finales de los setenta
y el abrazo al funk y al dub de formaciones como Gang Of Four, P.I.L o
Talking Heads, los Franz Ferdinand llegan en el momento
idóneo y con las armas adecuadas, vestidos para el éxito.
Es refrescante sin duda hacer revival de cosas nuevas, lejos del eterno
lustro 1965-1970 que ha servido de fuente para casi todos los anteriores.
Y por más que se quieran rebuscar precedentes, resulta palmario
que el principal modelo de esta joven formación no es otro que
los primeros Talknig Heads, recargados de hormonas y dotados de una visceralidad
que los Heads dejaron muy pronto de lado, en favor de las quijotescas
visiones artísticas de David Byrne. En los Ferdinand
existe una obvia faceta inteluctualoide y de escuela de arte. Letras ingeniosas,
la referencia histórica de su nombre al archiduque cuyo asesinato
en Sarajevo dio pretexto a la Primera Guerra Mundial, una actitud cool
hasta la soberbia, antecedentes de estudiante esnob. Pero también
exhiben una fuerte tensión sexual adolescente y las sabias enseñanzas
de una “escuela de calor”. Lo que sin duda mejora
el resultado.
Cuentan además
con la clase de líder (Alex Kapranos, voz, guitarra
y letras) listo, atractivo y moderadamente ambiguo y por ello capaz de
arrastrar masas fervorosas. Y con un sonido rotundo, producto de una soberbia
sección rítmica (Robert Hardy bajo y Paul
Thomson a la batería) y unos febriles trenzados de guitarra,
el despliegue de poderes que realizan a lo largo y ancho de su debut sin
duda cumple con las promesas. Un sonido que, como todas las mejores asimilaciones
que se hayan hecho por los músicos blancos de los sonidos negros,
finalmente renuncia con inteligencia a calcar el original, y procede a
darle una vuelta de tuerca que cambie algo de sudor por ingenio, sin dejar
de lado la pista de baile. Por eso cuando abren en “Jacqueline”
con una digresión lírica y acústica, y a continuación
le dan la patada a esta vía y proceden a convocar todos los vientos,
uno no puede dejar de sentir la certeza de que estos escoceses nos devolverán
con asiduidad a la pista.
La fórmula ya había
demostrado su potencial en “Take Me Out”,
el prodigioso single que les ha catapultado a los puestos altos de las
listas británicas y que anuncia sus mejores virtudes. Esquivos
juegos de palabras que siempre llevan al mismo terreno de tensión,
atracción y confrontación amorosa, insertados en medio de
una sucesión de riffs, grooves y estribillos completamente adictivos.
Cañonazos como “Matinee”, “Darts
Of Pleasure”, “Auf Achse”, “This Fire” o
“Michael”, son la clase de material que se explica
a sí mismo, sin necesidad de mayor justificación. Dotado
de colorido hedonista, de ingenio e inteligencia, el mundo de los Franz
Ferdinand tal vez nos pille algo mayores a algunos, cansados
tal vez de ciertas cosas. Pero no se puede dejar de admirar la precisión
con la que Kapranos refleja ciertas cosas. “Sincronizo cada
desplazamiento para tropezar contigo accidentalmente/ Te seduzco y te
hablo de los chicos que odio, de las chicas que odio, de las palabras
que odio, las ropas que odio/ Y de como nunca seré nada que odie/
Tú sonríes y hablas de algo que te gusta/ Y de como tendrías
una vida feliz si hicieras lo que te gusta”. Juegos jugados
ya millones de veces en la penumbra de los locales nocturnos, esperando
siempre nuevos jugadores que los quieran jugar. Y esperando también
una banda sonora como ésta.
Veo a los Ferdinand en
colores vívidos, en ocurrentes vídeo clips, celebrando la
vida en un fin de semana. Es un completo revival, en más de un
sentido, de los primeros años ochenta en su versión más
feliz. Sin duda. Pero a la vez la rotunda calidad de sus canciones lo
convierte en algo nuevo. Y eso es un arte. “Su” arte. Y ante
eso, como siempre, poco queda por añadir.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2004)
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