(Acony - wea, 2003)

En su nuevo álbum Gillian Welch, una de las mayores responsables (con su participación en la banda sonora de “Oh! Brother”) de la recuperación para el gran público de la música country más tradicional, nos ofrece uno de los mejores ejemplos explicativos del misterioso poder sugestivo que esta música puede ejercer sobre un oyente ajeno por completo al mundo del que proviene. Welch, que a lo largo de su carrera y siempre en colaboración con su compañero David Rawlings, se ha mostrado como una de las más convincentes y convencidas defensoras del sonido tradicional bluegrass y apalache, deja relativamente de lado algunas de las formas del género, y ofrece un disco musicalmente más abierto, y que sin embargo es tan puro como se pueda ser. Incluso más.

Por un lado abandona el eterno dueto vocal con Rawlings (aquí mano derecha en la sombra), una de sus señas de identidad hasta ahora, y su voz solitaria adquiere una presencia absoluta, reinando por sus fueros en todo momento. Y por el otro, frente a una mayor uniformidad de otros trabajos, a lo largo del álbum alterna con fluidez formatos y arreglos. En algunos casos de la mayor desnudez posible, es decir: sólo ella y su guitarra, grabados en el salón de su casa en una única toma (“Make Me a Pallet in Your Floor”, “I Had A Real Good Father and Mother” “On Little Song”). En otros acompañada de una banda más amplia, con un pulso folk-rock, espontáneo y libre, evocador de las aventuras de Bob Dylan y The Band en los sótanos (“One Monkey”, “Wayside / Back in Time”, “Lowlands”, “Wrecking Ball”). Y tanto una como otra opción se antoja finalmente como igualmente coherente, igualmente pura, e igualmente transparente. Y en cierto modo el hecho de situar en el mismo disco formulaciones tan diversas del mismo género, defiende de la mejor manera posible su enorme vitalidad y la validez de cualquier aproximación que se haga al mismo desde la emoción sincera.

Nuevamente Welch recoge algunas canciones tradicionales, y las interpreta con la convicción necesaria para alimentarlas de vida, insuflándoles aliento suficiente para que se antojen vigentes e incluso necesarias. Para ella al menos lo son. Así, emplea una de ellas para relatar un episodio fundamental de su propia vida. Welch, hija abandonada de una estudiante de 17 años de Nueva York y de un desconocido músico y posteriormente adoptada por unos músicos californianos, reescribe “I Had a Real Good Father and Mother” como un sentido homenaje a sus padres adoptivos. Y del mismo modo, escribe un tema propio, “No One Knows My Name”, en el que reincide en sus sentimientos al respecto, y que tanto por lo tradicional de su estilo pero sobre todo por su aplastante emotividad y sinceridad, apunta la posibilidad cierta de que en un futuro sea recogida por otro artista, que la haga suya y le insufle nueva vida. Esta vocación de eslabón en la cadena es la que alimenta la grandeza de la música tradicional.

Y en realidad de eso es de lo que tenemos de hablar cuando nos referimos a “Soul Journey”: de que asistimos en primera fila al nacimiento de un eslabón memorable, de un clásico. “One Little Song”, “I Made a Lover’s Prayer” o “Wrecking Ball”, la tripleta prodigiosa que cierra el disco así lo confirma. Sin rodeos ni circunloquios: en mi arrogante opinión “Soul Journey” es, y lo será toda la vida, una obra maestra.

ENRIQUE MARTÍNEZ