(WARNER-REPRISE, 1973/1974)

Enfrentarse a estas alturas a la figura de Gram Parsons conlleva la necesidad de aceptar todas las facetas del personaje, asumiendo el hecho de que, justo cuando aparece la primera generación de músicos que abiertamente lo reconocen como una influencia principal, su figura se ha rodeado de un halo que tiene visos de, como en otros casos, enterrar la música debajo de la leyenda.

A fin de cuentas resulta inevitable no sentir fascinación por una vida tan intensa, caótica, plena y breve. Una biografía digna en algunos de sus momentos de figurar en las novelas de William Faulkner sobre el decadente Sur, y en otros de encarnar las premisas de los mayores excesos del "Rock´n´Roll Lifestyle". Como tampoco resulta fácil sustraerse al aura de malditismo de la figura: un artista sensible, libre, incomprendido por un mundo mediocre; un ser atormentado por sus propios fantasmas. Todos los tópicos concentrados, una vez más, en otro mártir del arte puro. Pero, por encima de todo, nos debería interesar su obra. Y si en un mismo texto se juntan las palabras "música" y "Gram Parsons", las siguientes expresiones sólo pueden ser adjetivos superlativos.

Reeditados en 1990 en un sólo CD, los dos álbumes en solitario de Parsons no son las obras que hicieron de él unos de los mayores innovadores del country y del rock a finales de los años sesenta. Su faceta de catalizador capaz de sintetizar los que él vino en llamar "música cósmica americana" se concentra en realidad en los discos que grabó con The Byrds y Flying Burrito Brothers, especialmente esa pieza filosofal que es "The Gilded Palace of Sin", en el que el country, el rock y el soul se hacían carne y eran uno entre evidentes efluvios de psicodelia. En los dos álbumes que grabó bajo su nombre, antes de fallecer en el desierto de Mojave, al lado del Joshua Tree (aunque "Grievous Angel" se publicase póstumamente) se ciñó y homenajeó a su mayor amor: el country; empleado aquí como estremecida vía de catarsis emocional, cuando su salud ya era escasa y su estabilidad mental pendía de un frágil hilo. Aquí, una vez más, se cimienta la leyenda del Parsons mártir, pero también se consolida la del Parsons músico.

Cuando proyectó la grabación de "GP" había localizado a Emmylou Harris, hasta entonces desconocida cantante de folk, de cuya voz quedó prendado. Sumando en pie de casi igualdad vocal a esta beldad celestial, pagó de su bolsillo los servicios de la banda de Elvis Presley para que le acompañase en estos dos discos. Esto es uno de los secretos de Parsons: su condición de rico heredero le permitió vivir la vida y permitirse los lujos de una auténtica estrella del rock sin comprometer ni un ápice su música. Aquí, con la voz resquebrajada y temblorosa después años de abusos, en casi un delirium tremens producto del síndrome de abstinencia derivado de su intento de mantenerse sobrio durante estas sesiones, el inconsolable dolor se hace patente en cada línea de las baladas, redimiéndose en el alivio de la voz sobrenatural de Harris. Mientras, una banda de maestría insuperable arropa unas canciones, propias o ajenas, absolutamente extraordinarias.

Parsons nunca fue un escritor prolífico, pero sí fue un intérprete exigente. Las canciones que cantó nunca fueron menos que excelentes. Y la mayoría las piezas propias que dejó caer en sus grabaciones eran sin duda excepcionales. En "GP" introdujo temas ajenos como "We'll Sweep Out the Ashes in the Morning" o ""That's All It Took". Pero baladas propias como "A Song or You","The New Soft Shoe" o "She", son capaces de superar cualquier barrera mental que se puedan tener ante expresiones tan genuinamente country como el bluegrass de "Still Feeling Blue", o la pureza de "That's All It Took" y "How Much I Lied". En "The New Soft Shoe" incluso parece trazar un paralelismo entre su propia condición de pionero incomprendido y la historia de Tucker, mítico constructor de automóviles enfrentado a la gran industria. En la voz y la pluma de Parsons hasta algo así es materia de leyenda y emoción.

"Grievous Angel" puede que sea incluso superior. Contiene la emocionante versión definitiva de "Hickory Wind", cuya invencible nostalgia empapa los lacrimales del más curtido. Y todo este álbum está recorrido de una emoción torturada, sin concesiones, directa a la yugular. Desde que "Return of the Girevous Angel" conjura una América de leyenda, atravesada por una carretera hacia ninguna parte que no sea el propio interior de cada uno, hasta que "In My Hour of Darkness" despide a los amigos que se han ido, y tal vez a él mismo, no hay mácula en este pozo de emoción sin fondo. Una Emmylou Harris impresionante adquiere mayor protagonismo y un cruce de nostalgia, romanticismo y premonición resignada de su propio fin recorre este disco. El propio Parsons canta mejor, los duetos como "Hearts of Fire" o "Love Hurts" (desoladora en su lucidez) echan chispas y baladas como "Brass Buttoms" (rememorando la muerte de su madre) o "$1000 Wedding" (relato de su propia boda fallida con Nancy Ross) golpean la fibra sensible hasta dejarla exhausta.

Cuando uno cierra la escucha de "In my Hour of Darkness" y se recupera de la experiencia, se da cuenta del porqué de una leyenda. Música y leyenda son, o deberían ser, una misma y única cosa. Que más da que algunos salten de moda en moda, en pos de algo que, lo siento mucho, pero en realidad no existe. Lo que existe es una dolida comprensión del mundo, de sus miserias y alegrías, algo esquiva, pero que contesta todas las preguntas sin responderlas. Por eso Gram Parsons es una leyenda, para aquellos que le han escuchado cantar. Responde muchas preguntas sin contestarlas. Por si te pierdes entre tanto pedal steel y violín, entre tanto acento americano del Sur y banjos, te estoy hablando de esa sutil diferencia entre sentimental y sentido. De la avasalladora e innegable presencia, sin adornos innecesarios ni formulismos vacíos, de LA EMOCIÓN.

ENRIQUE MARTÍNEZ