(Slash Records, 1981)

Existe un viejo adagio que dice que escribir sobre música es tan absurdo como bailar a propósito de la arquitectura. No se puede ser más gráfico y puede que incluso más acertado. Muchas de las razones y virtudes que convierten a cierta música en algo especial frente a tantas otras similares, pero que percibimos como inferiores, son difíciles de definir con palabras. Sin duda, ese mismo misterio tan fascinante que nos impulsa a escribir sobre ellas, sea el mismo que hace inevitable el fracaso de tal empresa.

Todo esto viene a propósito de las dificultades que me pone intentar alabar de una manera articulada e inteligible un disco como “Fire Of Love” de GUN CLUB. Ahora mismo, me parece uno de los mejores discos de rock'n'roll que he escuchado en mi vida, una verdadera obra maestra. Sin que, en apariencia, se distinga de tantos y tantos discos de rock'n'roll nervioso y excitado, de tantas citas constantes al blues y el rock primitivo con un espíritu punk y la crudeza por bandera, de nuevo el motivo que hace de éste y no de cualquiera de ellos un disco imprescindible, vuelve a ser otro de esos misterios.

El misterio del debut de GUN CLUB no es realmente desconocido, sino precisamente uno de los misterios más fascinantes y discutidos de todos. En realidad se trata de esa pulsión inconfundible que late en el blues. Son pocos los grupos de rock blanco que verdaderamente han podido captarla, y hacer de su música el estallido de pasión que hace del verdadero blues lo que es. Sin duda GUN CLUB no optaban por la versión más melancólica de aquella música, sino por el lado salvaje. Abrazaban esa forma de concebir el blues como un lamento expresado con cierta rabia, y asimismo como el explícito pero también sutil manifiesto de las más bajas pasiones. Por supuesto, las lúbricas. Pero también las autodestructivas y amorales que acompañan sus relatos.

Por alguna circunstancia del destino, tal vez por la inopinada habilidad del malogrado Jeffry Lee Pierce como avatar capaz de conjurar estas fuerzas, existen muy pocos discos ejecutados por músicos blancos, que sean capaces de transmitir lo que “Fire Of Love”. Una electricidad lúbrica y desbocada, una intensidad animal, que hace que, sin recurrir a impropios golpes de efecto, cortes que remiten al obligatorio repaso a los cánones del rockabilly acelerado y a la fidelidad a ese rígido patrón de tres compases, tomen un inesperado vuelo. No es de extrañar que uno no haya parado de escuchar y leer toda la vida recomendaciones fervorosas por parte de gente con criterio de lo más fiable. Esta formación de GUN CLUB pertenece a las mejores leyendas del rock'n'roll. Y personajes como Mark Lanegan le rinden un culto apasionado, y justificado.

Abrir el álbum con un doble golpe de la entidad de la irresistible “Sex Beat” empalmado con “Preaching The Blues”, el maníaco repaso al corte que hicieran leyenda Son House y Robert Johnson, supone una manera perfecta de presentarse en sociedad. “Promise Me”, con su ritmo perezoso pero contundente, es un blues ortodoxo de cualidades hipnóticas punteado por un violín desafinado que añade una atmósfera fantasmagórica presente, de manera más o menos velada, a lo largo del disco. Pero llega el segundo de los clásicos de cosecha propia, “She's Like Heroin to Me”, un ritmo tan vicioso como su título, la clase de canción que Jack White (White Stripes) afirma que los niños deberían aprender en el colegio. Casi mejor que no. Así finalmente, para cuando Pierce le dedica una espástico homenaje a Poison Ivy de los Cramps, hermanos de sangre en realidad (“For The Love Of Ivy”), todos los demonios ya están sueltos y campando por sus fueros a lo largo y ancho de la encrucijada y del álbum. Jeffrey Lee Pierce les ha vendido su alma, y nunca la recuperaría.

Por eso la segunda cara, con piezas como “Ghost On A Highway”, “Jack On Fire”, Black Train”, la versión de Tommy Johnson “Cool Drink Of Water”, o el espasmo final “Goodbye Johnny”, tiene tintes de verdadero exorcismo, de ritual oscuro y maniaco. Los GUN CLUB eran capaces de sonar hipnóticos y oníricos, o maniacos y poseídos, a voluntad. Por eso, aunque no era aquella en realidad una mala época para evocar el rock'n'roll de los años cincuenta, con toda su primitiva y excitante energía, no hay tampoco muchos discos como éste. Repasemos las grandes obras de bandas como Blasters o Stray Cats. Desde el punk se habían vuelto los ojos ansiosos hacia esa pureza originaria, y se encontró la clase de inspiración que hacía falta. Pero nadie era capaz de plasmarla como estos primeros GUN CLUB. La guitarra slide de Ward Dotson corta como un cuchillo, y pocas veces se ha podido escuchar una sección rítmica con el nervio de la formada por Rob Ritter (bajo) y Terry Graham (batería).

Por esa misma incapacidad para expresarme que he reconocido, recurriré al más viejo de los trucos: las buenas compañías. Si algún día adquieres “Fire Of Love” y le buscas un sitio en tu colección, siempre estará más cómodo en la compañía de cosas como “Fun House”, “Songs That The Lord Taught Us”, las grabaciones de Robert Johnson, un buen recopilatorio de Gene Vincent... No se sentirán ofendidos, sino felices de conocer, o reencontrar, un nuevo compañero. Y esos son discos muy exigentes.

ENRIQUE MARTÍNEZ (abril 2005)