(Houston Party, 2006)

El “disco de ruptura” es un motivo recurrente en las crónicas más encendidas, tópico entre los tópicos en el mundo del pop y material de veneración de los aficionados, con certeza, por la proyección fácil que todo el mundo, tarde o temprano, puede realizar sobre ellos. De hecho, supongo que uno debe preocuparse si dentro de su lista de discos preferidos se localizan demasiados de estos artefactos: son como muescas en la culata del revólver, recordatorios de una vida sentimental malvivida con los discos como acompañantes. Estos discos dibujan una especie de cementerio de los corazones rotos o, más bien, del mismo corazón, apenas reconstruido, cuando ya ha sido atropellado otra vez.

Harlan T. Bobo ha publicado un disco que se acomoda hasta extremos insospechados al modelo. De hecho, tiene tanto de catarsis y desfogue, que el propio Bobo reconoce en las líneas interiores su dedicatoria a la que fuera Ivonne T. Bobo, su esposa. Nos los presenta así: “Esta es la caída del Imperio Bobo, convertida en canción, cantada con la mejor de mis habilidades. Disfrútalo”. Y tan crudo como lo hasta aquí descrito el que fuera mero bajista de la banda de Memphis Viva L’American Death Ray Music se transmuta en poseído cantautor, en las primeras canciones escritas y cantadas en su vida. Partiendo del recogimiento más profundo de “Only Love”, trazada sobre una guitarra de cuerda de nylon y una melodía mínima, directa a la esencia, Bobo despliega el mapa de un alma accidentada y transformada por las fuerzas telúricas del desamor.

En “Left Your Door Unlocked” el influjo del country, género predilecto en estos volcados sentimentales, se hace más patente, mientras el sonido se hace más cálido y acogedor, como un abrazo necesario. Pero Bobo no proviene de la “Americana”, sino del mejor garage de Memphis. Y así, rodeado de gente proveniente de su propia banda (Brendan Sprengler al órgano y Shane Callaway a la batería), y de Reigning Sound (Jeremy Scott al bajo, y Greg Cartwright a la guitarra) recurre para expresarse a otros géneros de igual intensidad emocional, pero muchas veces convertidos en vacíos ejercicios de estilo, fines en sí mismos. “Stop” hace acopio del soul, de esas baladas soul sureñas, modelo insuperable de como hacer carne el sentimiento, y espíritu el deseo carnal, y progresivamente las guitarras van cargándose de electricidad, y la banda pisando el pedal de una intensidad creciente que, en vez de resolverse dentro de la propia canción, se precipita hacia “Too Much Love”, una pieza posesa de r’n’b extraída del garage.

Así se marcan las diferencias entre el tratado de Bobo y otros discos de ruptura. “Zippers and Jeans” prolonga el nervio de “Too Much Love” y lo lleva más allá, mientras que “Mr. Last Week” vuelve a ser otra catarsis en forma de soul, con guitarras punzantes como prolongación de la voz, trazando un disco más rockero, más nervioso y rabioso de lo habitual, y por eso en cierto modo, mucho más realista. Pero como siempre, después de la tormenta llega una cierta calma, en realidad la falsa calma del insomnio. Y por eso “When You Comin’ Home?” y “After This Night” son envueltas por completo en el órgano de Spengler y unas instrumentaciones más turbias y recargadas, se muestran nocturnas y preñadas de auto-reproches, de vueltas y revueltas sobre los mismo capítulos, como un cinematógrafo atascado en un única secuencia, en esas ensoñaciones obsesivas que no dejan dormir.

Para el final queda una última explosión, un último grito a quien quiera escucharlo, una última (con suerte) mirada atrás, en la forma de otra tonada soul, con unos breves crescendos que suenan a alivio, “Bottle and Hotel”. Y el poso final, flotando en el aire, es el de un hombre que no se ha dejado nada en el tintero, que tal vez por imposibilidad de mantener infinitas conversaciones con la otra parte sobre qué fue mal, termina por dejar en el buzón una misiva descarnada, sin excesivas esperanzas en ser leída. Sin embargo, esta carta tiene esa extraña magia que hace que, más allá del romance destruido que nos relata, tenga la capacidad conmovedora suficiente, sobrada en realidad, para penetrarnos a nosotros. Por eso se convierte en un gran disco. Otra muesca en el revólver.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2006)