 
( THRILL JOCKEY/GREEN UFOS
, 2006)
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A veces la chispa de la
mejor creación surge de la fricción de los contrastes, del
roce improbable de los aparentes contrarios. Uno de los mejores discos
de los últimos tiempos, de los más penetrantes, seductores
y enigmáticos, es la colaboración de Howe Gelb
con el coro canadiense de gospel Voices of Praise, este “’Sno
Angel like you”: un peculiar experimento que concluye con
la que parece ser una alquimia perfecta. Y como indicamos, partiendo de
absolutos extremos y contrarios.
Por un lado, tenemos el
gospel afroamericano: una música exultante, de invitación,
colectiva. El Negro Espiritual pretende convertir un sentimiento, el religioso,
por naturaleza íntimo, en algo participado, en una suerte de comunión
cantada en un tono infeccioso y febril, capaz de sumar fieles y de afianzar
a los indecisos. Una música muchas veces prodigiosa, y que ha alimentado
el fenómeno indiscutiblemente universal de la mutable música
soul y de su misterio. Sinceramente, cuesta imaginar una música
más opuesta que “lo” de Howe Gelb.
Si aquél es un discurso
expresivo y explosivo, claro, ordenado y rotundo, lo de Gelb
viene a ser el más inarticulado y reconcentrado de todos los conocidos.
En su música anida siempre la impresión de que es una puerta,
abierta de par en par, a un proceso mental que no pretende hacerse entender
por el receptor, sino exponerse diáfano y desnudo en su dudoso
discurrir: caótico, desordenado, repleto de meandros, de caminos
cortados, de opciones inacabadas, de digresiones y silencios. Murmurado
por debajo de la respiración, urgente, indomado, veraz, a menudo
incomprensible e inexplicable, frente a la comunión inevitable
del gospel, la participación de otros en la música de Gelb
siempre ha parecido un milagro frágil de pura telepatía.
Sobre este contraste surge
el pequeño milagro de este disco. Finalmente, sin que ninguno de
los dos elementos ceda excesivo terreno, surge una extraña confluencia
de plena naturalidad. Y del mismo modo que las letras torturadas de Gelb
parecen ser sometidas al bálsamo de las voces del coro, su retraída
expresión se precipita y mezcla con la explosión en los
estribillos. El resultado final confiere al disco un tono muy peculiar,
entre melancólico y eufórico, que resulta tremendamente
reconfortante, creándose así un disco que de modo inevitable
sana y purga el espíritu.
Abriendo el disco se nos
anima con “Get to Leave”, en la
que Gelb muestra distancia con las promesas de un mundo mejor, mientras
que el coro no tanto. A continuación, es cuando de verdad se define
el disco en la parsimonia de “Paradise Hereabouts”,
que en cierto modo resume las esencias. Mientras Gelb
describe una letanía apocalíptica para almas maduras medianamente
sensibles, sometidas a estos tiempos a la zozobra y el desengaño,
por su parte el coro elimina el sarcasmo con el que se nos plantea esa
llegada al falso paraíso. Gelb transmite dolor
y desesperanza; The Voices of Praise, la irreductible esperanza en la
salvación propia del poseedor de una fe inquebrantable e irracional.
Gelb
aporta al disco siete temas nuevos, recoge algunas de las joyas del repertorio
de Giant Sand (“Get to Leave”,”Robes of
Bible Black”, “Neon Filler”, “The Chore of Enchantment”)
y tres cortes del difunto Rainer Ptacek (“The Farm”,
“That’s How Things Get Done” y “Worried Spirits”),
amigo del alma, al que dedicara precisamente “Chore...”. E
incluso cuando se trata de cortes conocidos, el nuevo tratamiento les
confiere una dimensión desconocida, una nueva y diferente intensidad,
haciendo que canciones como “Neon Filler”
parezcan nacidas para este disco. Por momentos, semeja como si estando
sometidos a un sol de justicia, transitando un árido camino, llegara
una refrescante brisa que les permitiera coger nuevas fuerzas, o surgir
desde las sombras a una reconfortante luz, en un solo paso. La minimal
batería de Jeremy Gara (Arcade Fire) y la prodigiosa slide guitar
de Fred Guignion, coloreadas ocasionalmente con teclados como el Hammond
del coproductor Dave Draves, son un apoyo mínimo, discreto, para
el hermoso despliegue de viento en las velas que proporcionan esas voces
empapadas de fervor.
Hay momentos en el que
el contraste se aprecia por la extraña contaminación que
se produce. Así en “But I Did Not”,
uno de los mejores cortes, Gelb masculla obsesivamente
la letra, como poseído de ese mismo fervor, pero resuelto de un
modo diferente: retraído y retroalimentado. Sin embargo en “Hey
Man”, casi todo el peso de una hermosa canción
que ofrece redención a un tercero, recae sobre los que parecen
los hombros cansados de Gelb, mientras que las voces
parecen una oferta adicional de consuelo y apoyo, y esa slide dibuja figuras
penetrantes y balsámicas. El primer corte de Ptacek, “The
Farm” parece recoger el mismo esquema; sin embargo,
cuando el coro irrumpe, todo el peso pivota sobre sus increíbles
propiedades curativas, y la herida se sana. Ése es el gran secreto
de un disco que sugiere una capacidad catártica, redentora y curativa,
desde una discreción y una mesura no exenta de un oculto nervio
interno.
Con los discos de Gelb,
como Giant Sand, o como quiera presentarse, siempre se está sometido
a un embrujo lento, pero duradero. Sin embargo, esta vez ofrece una insospechada
e infecciosa inmediatez, de la mano de unas voces nacidas desde y para
lo inefable, y lo milagroso. Y sí, efectivamente, termina por parecer
un pequeño prodigio este disco, capaz de recoger lo mejor de dos
mundos sitos en extremos opuestos, y hacerlo aún más grande.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Julio 2006)
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