( V2 , 2006)

Esta improbable alianza parece convocar a gritos todos los tópicos y gracietas cuando toca hablar de ella. “La Bella y la Bestia”, “El Ogro y la Ninfa”, Lee Hezelwood & Nancy Sinatra, Nick Cave & Kylie, “La Dama y el Vagabundo”... Digo que parece, porque cuando el disco se abre y desparrama, las bromas se toman unas vacaciones muy merecidas. Aunque en un principio no parecía que fuese a dar tanto de sí, el disco que han creado juntos Isobel Campbell y Mark Lanegan, como cara y cruz de una misma moneda, apunta a convertirse en uno de los clásicos más peculiares que vaya a dar el “indie” en su vida. La intuición de la Sra. Campbell ha terminado por ser una genialidad. Y su frustrado intento de emparejarse con Tom Waits le llevó a buscar otra alternativa, que tal vez haya resultado aún mejor.

Lanegan también había descubierto que a su textura de lija y sus maneras de oso le sentaban bien el contraste y cuidado del eterno femenino. Y así en “Bubblegum”, su último disco, se prodigó en estupendos duetos como los aquí contenidos, que parecían sugerir la figura del soldado cansado y devorado por dentro, pero reticente al abrazo ofrecido y a la debilidad que se escapa por las grietas de su estoica fachada. Sin embargo, en el libreto creado por Isobel y ampliado por Lanegan, hay más papeles que interpretar. Estamos hablando de dos prácticos reaccionarios musicales y, probablemente, dos románticos incurables, que desde los extremos más lejanos del espectro y del océano, encuentran un terreno común en el clasicismo y el sentido de drama que ilumina el disco desde que lo abren, imponente, con “Deus Ibi Est”.

Y si los tenemos bailando un vals fatalista en la homónima “Ballad of the Broken Seas”, también los tenemos explorando una pasión fatal estilo “murder ballad” en una “The False Husband” en la que se nos aparecen como dos espectros condenados a reinterpretar eternamente la última y fatal escena de una tragedia de celos y muerte. Como también los tenemos en ese papel de guerrero cansado y confortante dama en cortes excelentes como “Revolver” o la versión de “Ramblin’ Man” de Hank Williams, en las que la voz de Isobel parece el perfecto bálsamo para las heridas de Lanegan, e incluso en la última el cubista fondo musical sí que recuerda a ese Waits ausente.

También hay duetos de amor de ida y vuelta, que sí son Hazelwood & Sinatra, con un Lanegan desesperado e indefenso (“Honey Chid What Can I Do”), o unos primeros pasos de invitación (“(Do You Wanna) Come With Me”) en pura vena country. Y con perverso sentido del drama, el hecho de que los dos cortes finales los contemplen por separado, añade un sentido de historia imposible al asunto. Sobre todo, con ese Lanegan contenidamente pletórico (por fin sabe a ciencia cierta que es un cantante excepcional) en “The Circus Is Leaving Town”, repitiendo como un poseso esa derrotada confesión final que lo dibuja como muñeco roto y abandonado: “Me podrías haber hecho creer/ que el sol se pone por el Este”. Moraleja: las apariencias engañaban y quien verdaderamente peligraba en esta historia no era, precisamente, la frágil y delicada flor.

La prudencia lleva a evitar esta clase de declaraciones presuntuosas. Pero un aroma inconfundible surge en esta estancia ocupada por las voces de Lanegan y Campbell. Y ese aroma me susurra a los oídos: “obra maestra, amigo, obra maestra”. Quién sabe, quién sabe. Tal vez Isobel sí que lo sabía.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Junio 2006)