(KENT/ACE RECORDS, 2001)

Si existe alguna manera definitivamente elocuente de explicar el misterio que se oculta detrás de la música soul, de demostrar sus extrañas cualidades subyugantes, ésta debe ser sin duda pinchar un corte cantado por James Carr. La suya era una de esas voces legendarias cuya profundidad e intensidad convertían cualquier material que tocasen en puro oro. Fue uno de los grandes, sin duda, aunque gafado por el destino y por sus propias decisiones y características personales. Pero incluso en los momentos de mayor oscuridad siempre estuvo en boca de los aficionados mejor informados, con importantes propagandistas como Elvis Costello. Esta extraordinaria recopilación, publicada en el mismo año de su fallecimiento, compuesta por todas las Cara A y B de sus míticos singles para el sello Goldwax publicados entre los años 1964 y 1970, se convierte así en la perfecta vía de entrada para conocer a uno de los nombres verdaderamente imprescindibles del imperecedero soul sureño.

La fórmula de estos cortes es conocida por cualquier profano y hombre medio de la calle mediante los clásicos, más populares, del sello Stax o de Atlantic y de gente como Otis Redding o Aretha Franklin, y por ello explicarla casi está de más. Y en realidad, los elementos de la alquimia no podían ser más simples. Una voz prodigiosa venida de la Iglesia, con vigor y fuerzas sobrenaturales, sobrecogida y sobrecogedora. Una banda sólida como una roca, acompañada por la proverbial sección de vientos. Canciones simples, con letras directas y repletas de dramas sentimentales, de historias cotidianas y ocasionales ataques de fervor, en ocasiones religioso y las más de las veces de otro tipo. Comienzos contenidos, progresiva intensidad y, finalmente, febriles “crescendos” que son verdaderos estallidos de energía y sentimientos desatados. Y así una y otra vez, canción tras canción, prácticamente sin alterar ni un ápice la receta. El porqué esta música, de sencillez tan predecible, sigue siendo un objeto de veneración, cómo encuentra siempre nuevos adeptos, es un misterio que se resuelve, entre otras maneras, como ya se indicó al comienzo. Es decir, pinchando a James Carr.

Dentro de estas premisas del género, Carr era uno de los grandes, independientemente de que no alcanzase el éxito comercial de otros. Por sus condiciones naturales era un privilegiado, un superdotado por la madre naturaleza a los niveles de un Otis Redding o un Solomon Burke. Con una voz como la de aquellos: de potencia, registro, intensidad y desgarro excepcionales. Pero confiada en manos de una mente frágil, que se vio superado por el éxito relativo de algunas de sus caras para el pequeño sello de Memphis Goldwax: su primer hit “You’ve Got My Mind Messed Up” y la primera versión publicada (y tal vez la mejor jamás grabada) del clásico definitivo del “Deep Soul”, “The Dark End of The Street” de Dan Penn y Chips Moman. Nadie como él supo, o ha sabido expresar, toda la culpa y furtivismo de la letra. Como afirma el gurú Dave Godin en sus informativas líneas interiores, su versión se trata de uno de los discos verdaderamente eternos de la música popular de todos los tiempos.

Pero esta joya no está ni mucho menos sola en la obra de Carr. Prodigios como “These Ain’t Raindrops”, “Love Attack”, la insuperable “Life Turned Her Way”, “Pouring Water On A Drowning Man”, la trascendente versión de “To Love Somebody” de Bee Gees, con un arreglo que le saca todo el partido posible... Sin duda, todos esos sibaritas tenían razón. Las más preciosas cualidades estaban allí, y sólo las tendencias depresivas de Carr, la extrema fragilidad de la misma alma que se desnuda en cada interpretación, lo alejaron de un brillante destino que le pertenecía como al que más.

Pero aquí quedan los indelebles rastros de aquel talento sobrenatural en toda su extensión, abrumando al oyente con su infinita capacidad para emocionar. Por eso hay pocas inversiones más seguras que discos como éste. La definición más perfecta de lo que es el soul. De lo que fue, y de lo que debiera ser. El menor artificio al servicio de la mayor emoción. Puro corazón.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Marzo 2004)