 
(AMERICAN RECORDINGS , 2006)
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Desde el fallecimiento
de Johnny Cash, una muerte anunciada, casi relatada en
directo a través de su propia música, se ha venido produciendo
un fenómeno de canonización y de explotación masiva
de su legado. Cash ha devenido definitivamente en un
icono, y a través de su última obra, la creada mano a mano
con Rick Rubin en sus cuatro discos con American, así como en el
Box-Set “Unearthed”, asumió una nueva
forma frente al público. Su deceso paulatino, convirtió
su obra en una reflexión, prácticamente inaudita en la música
pop, sobre la decadencia física de la vejez, sobre la crueldad
del inexorable paso del tiempo, mientras que la dignidad intrínseca
que parecía desprender su voz y las producciones espartanas en
las que Rubin la rodeaba, terminaban de ofrecer una nueva imagen de Cash.
La operación quedó cerrada por medio de su prodigiosa versión
de “Hurt”, el corte de Nine Inch
Nails, y el memorable video-clip realizado para ella por Mark Romanek.
Fallecido Cash,
todas las informaciones indicaban que había dejado atrás
de una buena cantidad de material inédito, con un quinto disco
ya diseñado, pendiente de los últimos toques por Rubin.
Al parecer Rubin ha decidido darse un cierto tiempo y dejar amainar un
tanto la fiebre derivada del débil biopic protagonizado por Reese
Whiterspoon y Joaquin Phoenix. De hecho, el disco fue grabado después
de que el romance de película entre June Carter y Johnny
Cash se rompiera, fallecida la primera. Y la larga sombra de
esa pérdida alimenta la interpretación de un Cash
que de manera obvia, encaraba los que serían sus últimos
días. El cantante se abrazó al acto de grabar como terapia
frente a su dolor físico y emocional, enfermo, reducido, pero como
ha venido siendo la tónica en esa serie imprescindible de discos,
convirtiendo su victoria frente a la adversidad en el principal motivo
de fascinación.
Así, con los hechos
consumados, muchos de los momentos de este disco adquieren significados
especiales, dotados de una emotividad sobrecargada. Abre el disco “Help
Me”, de Larry Gatlin, en una oración en la
que parece pedirle ayuda para continuar, para llegar hasta el final, como
si este disco fuera un testamento que necesitara terminar, para poder
dar a su vida un sentido completo. Esto convierte, a los oídos
de los que conocemos la figura orgullosa y desafiante del Cash
de antaño, en especialmente conmovedoras líneas como “Nunca
antes pensé que necesitara ayuda/ Y ahora sé que no puedo
hacerlo solo”.
Indica Rubin en las Liner
Notes, que en el disco, en las tomas vocales de Cash,
se percibe por momentos la extrema debilidad del cantante. En muchas ocasiones
la voz carece de aquella rotundidad poderosa que lo hizo único.
En la poderosa “God’s Gonna Cut You Down”,
sí que consigue alcanzar la solemnidad de un profeta del Antiguo
Testamento, mientras que en el otro extremo de la balanza, en la prodigiosa
versión de “If You Could Read My Mind”
de Gordon Lightfoot, ralentizada y capaz de descubrir matices ocultos
en una pieza tan poco prestigiada, tan sólo aparece un susurro,
cansado y entrecortado, de presencia espectral y que refuerza las líneas
del texto en las que el narrador se transfigura en un fantasma. De hecho,
la presencia de la muerte propia como cuestión cercana, y la reciente
pérdida de June, penetran el disco. “Like the
309” es el último corte que Cash
escribió en su vida, y escribe su propio ataúd viajando
en un tren que se aleja. Más poderoso todavía resulta el
momento de comunión definitiva con Hank Williams, en una versión
de “On The Evening Train” que es una cumbre
de su carrera, que hermana a los dos gigantes del country y en la que
Cash parece sacar fuerzas de flaqueza, y recuperar la
plenitud. Hay mucho más que oficio en el momento en el que Cash
entona aquellos de “Espero que el Señor me dé
coraje para continuar/ hasta que nos volvamos a encontrar/ Es duro saber
que ella se ha ido para siempre/ Se la llevan a casa/ en el tren del anochecer”.
Cash,
evidentemente se va proyectando en este disco, proyectando su dolor, su
cansancio y su voluntad de seguir hasta cuando toque parar. Un disco en
el que prácticamente no hay ninguno de los saltos vertiginosos
en la selección de temas que habitualmente procuraba Rubin. Es
un disco con menos puntas, y menos bajadas que “The Man
Comes Around”, más regular y de un tono más
discreto y recogido, más reverencial con el global de la carrera
de Cash. La versión de Bruce Springsteen, un corte
de “The Rising”, “Further Up On The Road”,
encaja a la perfección con la espiritualidad del otro original
de Cash, “I Came To Believe”,
o cortes de Don Gibson (“A Legend On My Time”,
una letra que parece hecha a medida), Hugh Muffat (“Rose
of My Hear”) Ian & Sylvia (“Four
Strong Winds”) o un tradicional como “I’m
Free From the Chain Gang Now”, que se convierte en
cierto modo en un broche a su carrera, con un Cash mucho
más fuerte que en el resto del disco.
Todo aquel que se haya
acercado, antes o después, y haya prestado un mínimo de
atención a esta serie de discos creados por la extraña pareja
conformada por Rick Rubin y Johnny Cash,
sabrá a estas alturas que se tratan de algo diferente, de una anomalía,
de una suerte mundo propio. Probablemente sobre la marcha, según
los acontecimientos se sucedían, la salud de Cash
se deterioraba, la edad se mostraba implacable, y los dos protagonistas
iban conociéndose, estos discos terminaron por adquirir una vida
propia más allá de las intenciones originales de sus creadores.
El quinto y póstumo volumen recoge el hilo, vuelve a reorientar
la efigie del icono, que bajo otra luz crepuscular, vuelve a proyectarse
sobre nosotros, con una capacidad casi didáctica, redentora y terapéutica.
Pocas veces se puede decir de un disco que transforme de verdad a quien
lo escucha. Durante estos años, y éste nuevo volumen no
es una excepción, estas grabaciones en blanco y negro han sido
capaces de obrar esa suerte de milagro. Y de eso ha tratado en realidad
toda esta historia. No sólo de Johnny Cash, sino
sobre todo, de ti mismo.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Julio 2006)
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