 
(Rykodisk, 2003)
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Se trata, sin duda, de
uno de los efectos más indeseables de la abrumadora avalancha de
lanzamientos discográficos que nos rodea. Es muy fácil despistarse
y dejar pasar verdaderas joyas, mientras te centras en nombres más
publicitados, en discos más intrascendentes. En el caso del pasado
año, una de las joyas que servidor dejó pasar es el último
trabajo del cantautor de Nebraska Josh Rouse. En cierto
modo, es irrelevante haber descubierto esta maravilla con meses o incluso
con años de retraso, si consideramos las características
del disco, su clasicismo de formas, su aroma inconfundible y voluntariamente
“retro”. Pero no deja de ser una pena haber omitido “1972”
de mis listas del año, cualquiera que sea el valor de éstas.
Porque merecía haber estado ahí.
El propio Rouse
ha comentado que el título de su cuarto largo no es mera coincidencia,
sino que éste es un disco que siempre había querido hacer,
un disco retro con sonido de puros años setenta. Y así se
lo pidió a Brad Jones, su productor. Lo más
relevante es que las referencias escogidas de los años setenta
no son las más habitualmente revisadas de aquellos años,
y mucho menos en un disco de cantautor. Esto es uno de los motivos que
convierten a “1972” en una pieza muy especial.
El otro es la enorme categoría con la que está realizado.
Una producción que ha escogido previamente sus armas, pero que
no las convierte en nada más que instrumentos al servicio de las
canciones, que en realidad son el sustento del disco. Canciones estupendas,
trabajadas, regaladas con el don innato de Rouse para
las melodías de cristal, para la justa medida de nervio, delicadeza
y emotividad.
“1972”
se abre con la canción homónima, que se posa con la delicadeza
de una pluma. Nos encontramos a Rouse escuchando una canción de
Carole King, mientras poco a poco los instrumentos van
llenando espacio y un estribillo verdaderamente hermoso termina por invitarnos
a seguir. A estas escasas alturas se hace evidente que Rouse posee una
insólita capacidad, comparable a la de su amigo Kurt Wagner
(Lambchop) para convertir el pastiche de estilos en algo completamente
trascendente y emotivo. Asistiremos a una panoplia sabiamente dosificada
de arreglos de época que en cada momento mejorarán la calidad
del conjunto. Cuerdas dignas de los Love Unlimited de Barry White,
solos de saxo e incluso de flauta, pianos eléctricos, rhodes y
wurlitzers, coros gospel... etc. Por momentos podemos creer que se trata
de un disco de cantautor californiano (“1972”),
en otros un ejemplar de soul sofisticado y urbanita de Bill Withers
(“James”). En realidad nunca se
pierde de vista que se trata de un álbum que en el fondo es muy
personal, poseedor de la clase de sensibilidad pop con la que se han construido
algunos clásicos.
Después de un primer
tramo luminoso y vibrante, que desde las irresistibles “Love
Vibration” y “Sunshine (Come On
Lady)” desemboca en un verdadero hit en potencia como
“Slaveship”, y que antes ha dejado
fluir una pequeña digresión funky en “James”
(con exhibición de falsete por Rouse incluida), a partir de “Come
Back (Light Therapy)” entramos en una dimensión
más intimista y recogida. Y en ella se disfruta, además
de la insinuante “Under Your Charms”,
de joyas como “Sparrow Over Briminghan”
y “Rise”, broche de oro, con unas
subidas épicas que llegan con tal naturalidad que no son percibidas
hasta que el disco cesa y deja su poso.
A veces cuesta encontrar,
siquiera tropezar, con las palabras justas para recomendar en justicia
un disco como éste, que no deja de ser un puro ejercicio sentimental
para autor y público. “Pequeña obra maestra”
parece una descripción ajustada. Aunque no termino de estar seguro
del todo de lo de “pequeña”. Una cosa es lo que se
parece y otra muy distinta es lo que se es. Y en “1972”
hay mucho más de lo que parece.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2004)
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