( Acuarela- Jagjaguwar, 2005 )

De conocer discos como éste, uno no se cansa nunca. Con estas maneras simples, con esta desnudez, la canadiense Julie Doiron ofrece uno de esos discos basados de manera absoluta y valiente en la fortaleza de los elementos más básicos y simples, pero también exigentes. Una voz, una guitarra acústica, unas canciones hermosas. Poco más. Nada menos.

“Goodnight Nobody” es “sólo” eso. Un repertorio excelente, recogido con inmediatez, aunque no con verdadero desaliño, e interpretado por alguien plenamente capaz de sostenerlo. Recogido en diversas localizaciones (en directo en París, en un pequeño estudio de Ottawa e incluso en un apartamento de Toronto), la vitalidad salta de los altavoces sin apabullar, prácticamente siempre delicada, sugerente y persuasiva. Finalmente “Goodnight Nobody” se muestra como una obra melancólica, nocturna, otoñal y recogida. Una banda sonora ideal para mirar la lluvia desde la ventana. Ya conoces la clase de disco del que hablo.

Se abre con un corte redondo, “Snow Falls In November”, que invita a hacer exactamente lo mismo su protagonista: a permanecer en la cama viendo la nieve caer, protegido por el seno familiar y la parsimonia de un bien entendido nada-que-hacer. Durante la primera parte del disco Doiron parece inmersa en una resplandeciente felicidad amorosa que se transluce en cortes como “Sorry Part III” o “Last Night”, en los que siente la necesidad absoluta de aquella compañía, amenazada por su propio mal temperamento o por la distancia necesaria para ejercer su oficio de músico itinerante.

Y a partir de ahí, aparecen las sombras. En una construcción del disco muy inteligente, la distancia crece, y si bien no trae el olvido, algo sí parece romperse. “Tonight Is No Night”, “Dirty Feet”, “Dance All Night”, “The Songwriter”, “Some Blues”, muestran más oscuridad, menos certezas. Mientras que la voz de Doiron imparte lecciones de musicalidad pura y de interpretación. Es difícil nacer con un don como el suyo. Tal vez lo sea aún más acertar con el hábitat que le pertenece. Y Doiron lo ha sabido hacer con maestría.

Como banda sonora indiscutiblemente personal para Doiron, pero iluminada por el talento hasta en sus esquinas más ocultas, “Goodnight Nobody” tiene una discreta grandeza que le puede hacer adherirse a tu propia vida, con una persistencia directamente proporcional al número de escuchas que le dediques. Es una recomendación. Y una advertencia.

ENRIQUE MARTÍNEZ (febrero 2005)