(JUST SUNSHINE / LIGHT IN THE ATTIC, 1971/2006)

Tal vez lo mejor de cualquier movimiento de “revival” no sea precisamente la nueva música que proporciona, las obras de los emuladores, sino la operación paralela que siempre se organiza. Me refiero al rescate de las obras fundamentales que inspiran a los jóvenes discípulos, el cursillo acelerado de puesta al día que hacen los jóvenes aficionados, y aún mejor, la reedición en condiciones de los mejores discos del género. En algunos casos, incluso se recuperan los nombres más injustamente ignorados, los llamados “clásicos de culto”. El llamado Neo-folk, ese movimiento que ahora mismo probablemente esté agotando sus último cartuchos como fenómeno “cool”, no deja de ser un cierto revival, con sus elementos de paroxismo casi caricaturesco y su correspondiente “operación rescate”. Ésta, como suele ocurrir, no sólo ha hecho volver la vista al público hacia las discografías de The Incredible String Band, Nick Drake, Fairport Convention y otros nombres de clasicismo sólido, sino que también ha devuelto a la luz desde las tinieblas del olvido y el fracaso comercial a nombres como Vashti Bunyan, a los que incluso le puede haber proporcionado una segunda vida artística.

Por desgracia, no será ése nunca el caso para Karen Dalton, a la que nadie podrá ya rescatar de su trágico destino final, cuando murió abandonada a principios de los años noventa en las calles de Nueva York, castigada por enfermedades y adicciones, prácticamente olvidada entonces toda su gloria artística. Gloria a la que en cierto modo ella misma renunció, como artista peleada con las más elementales servidumbres del oficio, rebelde ante los mínimos de compromiso imprescindibles para ganarse la vida con su don natural. Norteamericana, con ascendencia cherokee por vía materna, Dalton era al principio de los años sesenta uno de los nombres más populares y admirados del circuito de cafés folk de Greenwich Village, el mismo vivero del que surgieron gigantes como Bob Dylan y Fred Neil, ambos grandes admiradores del descomunal talento de nuestra protagonista. El propio Dylan en sus “Crónicas” describe a Dalton como su cantante favorita del lugar, y dice de ella que “tenía una voz como la de Billie Holiday y tocaba la guitarra como Jimmy Reed”.

Neil por su parte fue el artífice de que por fin en 1969, debutase con el largo “It’s so Hard to Tell Who’s Gonna Love You Best”, grabado en una sola sesión nocturna aprovechando el tiempo residual de una de las suyas propias, y publicado a pesar de las reticencias eternas de la propia Dalton. Dos años más tarde, con la ayuda del bajista Harvey Brooks y los medios proporcionados por un sello de vida efímera, Just Sunshine, tras una convalecencia y a un ritmo muy pausado, dio en terminar este “In My Own Time”, el último de sus discos antes de perderse para siempre, dejando esta obra maestra como monumento prematuramente final a su propio talento. Un disco que, hasta ahora, ha sido un objeto de coleccionismo de verdaderos expertos y afortunados. Aunque cierto es que casi todos aquellos que habían tenido la fortuna de topar con su música, habían quedado completamente prendados de un talento singular, verdaderamente único. En esta estupenda reedición son tres de estos admiradores los que le muestran sus respetos en las notas del libreto: nada menos que Lenny Kaye, Nick Cave y Devendra Banhart.

Todos ellos hablan del impacto singular que tiene siempre la primera toma de contacto con la voz de Dalton, y singularmente en el tema que abre el disco de modo majestuoso, su versión de “Something On Your Mind” de Dino Valenti, uno de esos momentos en los que el oyente percibe la música como la totalidad de su experiencia. Suena una voz que, efectivamente, y a pesar de lo que disgustaba a la propia Dalton la comparación, lleva a pensar en el tono doliente y líquido de Billie Holliday. Dalton, “sólo” era una intérprete, nunca una escritora, pero se trataba en realidad de una vocalista dotada de unos poderes casi sobrenaturales, semejantes a los de Nina Simone, para adueñarse de cada canción para siempre, desplegando una voz dolorida por medio de un personal fraseo que mezcla, como casi ninguno conocido, la falsamente caprichosa precisión de los mejores jazz singers, la capacidad evocadora de los grandes del folk y el doloroso pellizco de los más profundos cantantes de blues.

Envuelta en una producción hermosa, completa y detallada, rodeada de músicos sensacionales (como el Pedal Steel de Ben Keith o el violín de Bobby Notkoff) Dalton recoge diez cortes ajenos en un tono, en la mayoría de los casos, ocre y otoñal, semejante a los primeros movimientos de The Band. De hecho existen varias conexiones con los ilustres canadienses: su fotógrafo habitual, Eliott Landy ilustra la portada, su productor John Simon contribuye al piano, y la versión del clásico de Richard Manuel “In a Station” refuerza del todo la leyenda de “Katie’s Been Gone”, aquel corte incluido en “The Basement Tapes”, no lamentaba otra ausencia que la suya.

De lo que se trata en el caso de “In My Own Time” es de admirarse con el poder conmovedor de una voz irrepetible. Una voz que se dejaba llevar más allá de su propio registro, de las líneas melódicas, y que desentrañaba todo el dolor de cada. Temas condenados a la familiaridad como “When a Man Loves a Woman” o el clásico Motown “How Sweet It is”, encuentran una vida completamente nueva en manos de Dalton. Otros, como la mencionada “In A Station”, o “Are You Leaving for the Country” de Richard Tucker, aparecen en versiones inmortales y adictivas, difícilmente superables. Y cuando Dalton empuña su banjo en los tradicionales folk de “Katie Cruel” o “Same Old Man”, todo su bagaje vital y la profundidad de su arte hacen acto de presencia con una fuerza irresistible.

En estos casos suele haber tendencia a la exageración, pero éste no es el caso. Verdaderamente, lo que contiene esta obra perdida en un rincón de la historia de lo que debió haber sido y no fue, es mágico, música digna de un lugar preferente en tus aprecios. La clase de música a la que se acude presto cuando el absurdo comienza a superar la línea de flotación. Con esa voz, uno parece soltar lastre por la borda, y remontar. Por ello, nunca es tarde, a pesar de los pesares, para acordarse de esta dama tozuda, pero irrepetible. Y ahora discúlpenme. “Something On Your Mind”, esa mar brava en forma de canción, bate de nuevo mis costas y le debo prestar la atención que se merece. Es decir: toda.

ENRIQUE MARTÍNEZ (ENERO 2007)