(Handmedown Records, 2003)

Tal y como está el patio, Kings of Leon debe de ser uno de los grupos más “sospechosos” que pueda haber. Una camada de adolescentes bien parecidos, tres hermanos hijos de un predicador (Caleb, Jared y Nathan Followill, guitarra y voz, bajo y batería respectivamente) y su primo (Matthew Followill, guitarra solista), uno de ellos que incluso no tiene ni lo dieciséis años, criados de manera errante en el Sur de los Estados Unidos, con una historia tan increíble como perfecta para la prensa, con una multinacional en la sombra y la producción de Ethan Johns, el inseparable colega de Ryan Adams. Si además sumamos el hecho de que algún malicioso podría decir que suenan como si los Strokes cambiasen a The Velvet Underground por Creedence Clearwater Revival, la palabra mágica (“hype”) nos asalta la mente al segundo.

Es cierto que tienen a toda la prensa británica detrás, remando a favor. Que su imagen es perfecta para ocupar paredes en habitaciones de quinceañeras, para aprovechar la inercia de la “vuelta al rock” que lleva siendo el hype de los dos últimos años. Son muchos elementos en contra de estos chavales, y desde luego el sector purista y auténtico, al que en principio debería ir dirigida este pedazo de rock’n’roll retro, de aroma sureño y tufo a garaje, sobrecargado de hormonas, le va a dar la espalda a la primera. Pero sin negar las bien fundadas sospechas, el disco resulta, prejuicios aparte, una sorpresa. Repleto de nervio, de pedestres habilidades pero también de fervorosa entrega (probablemente el salto de la una Iglesia a otra sea la clave), el debut de Kings Of Leon es una deliciosa píldora de rock sureño en su versión más básica y vehemente. Suena como lo que es: una pandilla de críos ebrios, salidos y colocados, que no pueden tocar mejor que los Sonics, intentando emular a la CCR y a los Stones, y dejando filtrar su ambiente en un sonido excitado y veloz.

Repleto de sabor tradicional, desde la libidinosa “Red Morning Light”, pasando por las eléctricas “Happy Alone”, “Wasted Time”, la infecciosa “Joe’s Head”, hasta la sinuosa “Tranny”, un pulso de Rhythm’n’Blues nervioso y sucio invade lo que en otros tiempos serían surcos de un castigado vinilo. Pero la llegada de “California Waiting” muestra un inesperado talento para los estribillos pop, que refuerza el convencimiento de que aquí hay más madera de la que pudiera parecer. A continuación los riffs a piñón fijo de “Spiral Staircase”, “Molly’s Chambers” y “Genius”, alimentados con la perezosa y nasal voz de Caleb, parecen traer la ciénaga a los altavoces, mientras que esos entrañables solos de dos notas y los desordenados estribillos nos ponen al volante de un coche de segunda mano, matando el tiempo en uno de esos tan amplios como aburridos suburbios de Estados Unidos.

La producción de Johns, perfectamente retro, dejando múltiples guiños a la “autenticidad”, con pequeños fallos en la ejecución, guitarras slide y toques de country y blues en la última parte del disco, es una de las bazas secretas del disco. Sin duda, a lo que se escucha cuando la música brota resuelta e insultantemente joven de los altavoces, pocas pegas se pueden poner, al igual que pasaba con “Is This It” de The Strokes. Lo que venga después será otro cantar. Y aunque puedo comprender perfectamente a esa quinceañera extasiada del póster en la pared, o al quinceañero orgulloso con su camiseta de Kings of Leon paseando por un concierto que nada tenga que ver, todo esto me lleva a pensar si será culpa mía o de las canciones que el disco no me excite ni la mitad de lo que lo hizo en su día “Shake Your Money Maker” de Black Crowes, que me ha venido a la mente en todo momento mientras escribía. Tal vez sea todo este tiempo que ha pasado. O tal vez sean ya demasiadas veces viendo la misma película. Pero es una buena película.

ENRIQUE MARTÍNEZ