(Sinnamon, 2003)

Con LA BUENA VIDA ocurre igual que con los buenos estudiantes: suelen llamar más la atención cuando, de pronto, suspenden un examen que mientras continúan embelleciendo, con toda normalidad y sin aparente esfuerzo, su expediente de buenas calificaciones. En el caso de los de Donosti, tras unos titubeantes inicios se han instalado cómodamente en la zona del notable alto por su cuenta y riesgo, moldeando las diferentes visiones y enfoques que aquel soberbio “Soidemersol” aún permite extraer a día de hoy, con una regularidad elogiosa, sin más sorpresas que un repentino cambio de discográfica, su reciente coqueteo con la lista AYFE y el que su último disco tenga la peor portada de toda su carrera. Algo que para un medio-fan como yo -últimamente algo apático, “atontao” y fuera de onda, todo sea dicho-, puede derivar fácilmente en indiferencia.

Algo así como “¿Para qué quiero yo un nuevo gran disco de LA BUENA VIDA?” es lo que se preguntaba en las conversaciones de cocina mi atolondrado subconsciente ante la edición de “Álbum”. No hubo respuesta, pero sí acción. O ausencia de acción, mejor dicho, porque no me acerqué a la tienda, ni tan siquiera lo piratee, quizá pensando por la inercia de la costumbre que aún me podía beneficiar de mi antiguo compañero de piso en la universidad - un fan del grupo “de los de camiseta” - que se compraba todo lo de LBV y me permitía su posterior usufructo sin desembolso alguno. Así discurrieron los días hasta que tocaron en mi ciudad a finales de febrero, fui a su concierto y flipé tanto, tanto, que posiblemente haya sido el mejor concierto de pop que he podido ver en lo que va de año. Y decir eso de un grupo como LA BUENA VIDA, con directos tan discutidos y tan discutibles, es mucho decir... Vamos, que era inevitable al final traerme este disco para casa.

“Álbum”, no podía ser de otra manera, reincide en muchos los lugares comunes de siempre y que, por sabidos, reiterarse en ellos no sería más que un ejercicio de tautología dispuesto a rellenar espacio. Hablar de la preciosa voz de Irantzu, emplear la palabra melancolía mil veces con diferentes sinónimos o apelar a los pequeños sentimientos que toman enorme cuerpo dentro de una canción es como decir, a estas alturas, “vean la crítica del anterior disco y cambien el título de las canciones”. De todo ello hay de sobra en los deseos tímidos que sustentan “El Actor mejicano” (que a mí tanto recuerda a “Magnesia” en su colchón musical), los reproches de “No lo sabía de mí” o, como no, aquellos amores que se quedan en la puerta trasera del pensamiento y de pronto retornan con todo su cariño en “En un tiempo feliz”. Siempre con esas dosis de amarga dulzura y madura inocencia que hace que una cosa tan bonita como “Los Planetas”, el tema que cierra el disco, te traslade a un mirador donde todas esas cosas que pasan cada día, no tengan la menor importancia ante la posibilidad de jugar con las metáforas de las estrellas. Sí creo conveniente, no obstante, señalar que quizá éste sea por momentos su disco más dinámico y más pop; pop referido en el sentido que puedan ser LOS PLANETAS o TEENAGE FAN CLUB. Por ello es complicado entender eso leído por ahí de “ausencia de singles”, cuando canciones como “ Lo que diga el corazón” o la preciosa “hh:mm.ss” (para mí la mejor canción nacional del año) tienen esa capacidad de imbuirte completamente en sus estrofas y estribillos , hacerte ladear la cabeza y, si me apuras, incluso ponerte a girar con los brazos abiertos sobre ti mismo con, ¡sí!, “esa tonta sensación de libertad”.

La verdad es que salvo algún que otro chirriante ripio del tipo “Camisa blanca de domingo, aún te puedo ver / tú y tus bonitos verdes erais para enloquecer” , la mencionada portada ( quizá, más aún, por comparación con la anterior) y, sobre todo, la insistencia en deambular siempre bajo el mismo prisma de suavidad, cuando a veces las canciones piden un poco de más de brío (máximo ejemplo es la planetaria “Lo que dicte el corazón”), son los únicos defectos que le veo a un grandísimo disco que, por cierto, tiene truco final. No accionen stop al terminar “Los Planetas” que, tras unos minutos de silencio, una canción no acreditada hará del recuerdo y los balances del paso del tiempo, un precioso cierre inesperado. Como si, tras despedirse la pareja, ella apareciese por sorpresa cuando él se va para casa para dar el último beso. Mmmm... esas cosas de las que tanto tira LA BUENA VIDA en su paseo sentimental de treinteañeros nostálgicos, esa cuerda floja que igual te convierte en unos PRESUNTOS IMPLICADOS cualquiera o, por el contrario, en los autores de algunas de las brillantes y emocionantes canciones escritas en nuestro idioma. No cabe duda que con este “Álbum” suma y sigue la estancia de Irantzu y sus chicos en ese privilegiado segundo lugar.

JAVIER BECERRA (mayo 2004)