(City Slang/Sinnamon, 2006)

Llega un nuevo otoño, allí está doblando la esquina, y un disco de LAMBCHOP, el octavo, se deja caer tan distraído como de costumbre, tan traicioneramente sereno como siempre. Así, el disco comienza a sonar sin armar nunca estrépito, en lo que aparece como una entrega casi tan plácida como “Is A Woman”, mi favorito del colectivo de Memphis. Nuevamente parece que lo que hará grande a LAMBCHOP será lo mismo que lo impide de ser apto para todos los públicos. Una forma de quietud esencial, una falsa parálisis, dispuesta a esperar al propio oyente, la perfecta asunción de que, al otro lado, también hay vida inteligente. Sin duda, una apuesta arriesgada en tiempos acelerados.

Se nos dice que en estos meses, Kurt Wagner ha sido sometido a un tratamiento nada confortable contra un cáncer, y el título (“Herido”) parece aventurar un disco de una intensidad peculiar, de máxima potencia confesional. Y sin duda lo hace, pero no lo anuncia en absoluto. En esta ocasión son las guitarras de delicadeza casi frágil de William Tyler y el propio Wagner las que asumen el mismo primer plano que en “Is A Woman” ocupara el piano nocturno de Tony Crow y que hicieran de aquel disco una perfecta banda sonora para noches calurosas, en las que la quietud es la única solución al bochorno, pero a su vez una trampa mortal, insistente en su manera discreta de arrojarnos recuerdos como piedras a la cabeza. Sin embargo, en “Damaged” la atmósfera se antoja más de bisagra, de transición entre noche y día, entre estaciones que se precipitan hacia el recogimiento invernal.

El disco progresa sin movimiento aparente, ejecutando concienzudamente ese trabajo de demolición que cantara Fernando Alfaro, rebuscando esas esquinas del alma repletas de telarañas, dispuesto a procurarse precisamente allí su caja de resonancia. Entonces te descubres un día mirando a través de una ventana mojada, con el modo retrospectivo en automático en tu cabeza, siendo plenamente consciente de que estás dejando la vida perderse sin mayor progreso, pero paralizado por el momento de entrelazamiento perfecto entre música y existencia. Porque la mejor música de LAMBCHOP parece tener magia, una capacidad sobrenatural para destejer la vida y hacerla desplegarse, abrirse por completo durante unos breves momentos de aparente lucidez. Desde los parsimoniosos primeros compases que ya son una cumbre emotiva (“Paperback Bible” y “Prepared [2]”), y que surgen de un éter de estática procurado por el dúo electrónico Hands Of Cuba, el disco produce los efectos que cabe anticipar de un Wagner entonado y bien acompañado.

De este modo, hasta el relativo estallido final de “The Decline of Country and Western Civilzatio”, las canciones se van desgranando, sin frenar en ningún momento lo que parece el avance de un río. Cortes que nunca llegan al paroxismo, incluso cuando dibujan melodías más abiertas y directas (“Beers Before the Barbican”, “Crackers”, “Fear”), se suceden sin que en ningún momento se rompa lo que pretende ser, y servidor cree que lo consigue, un momento prolongado de introspección. Cuerdas que parecen imperceptibles pero que están donde y cuando deben, los nuevos adornos electrónicos, el piano de Crow que siempre parece imitar a las gotas de lluvia, la parsimonia perfectamente orquestada de unos músicos que dibujan cada trazo con el cuadro completo en la cabeza, van poco a poco obrando el milagro.

Porque, más que nunca, el disco es una sola pieza, una suerte de ciclo que requiere plena atención y complicidad. Las canciones resultan entrañables por separado, pero “Damaged” ha sido concebido, o al menos finalmente ensamblado, con plena conciencia de crear, mediante la habitual acumulación de minimalismo superpuesto, un todo repleto de tanto sonido como significado. La voz de Wagner, conocida por su incapacidad para el énfasis, pero repleta de las mismas ocultas dobleces que se construyen en la música que gravita a su alrededor, aparece finalmente como la de un maestro de vida, que proyecta sobre ti su propia existencia y la de otros, tan ajenos a todo gran destino como él y, sobre todo, como tú. En ese reflejo empático, perspicaz, y en el eco vital que se genera parece surgir la extraña vibración desde la que se arma, invencible, la música de LAMBCHOP. Y es por ello que termina por ser tan diferente como necesaria.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2006)