(Acuarela, 2002)

Lo primero que hay que decir de este trabajo es que debe resultar mucho más fácil y lógico construir una obra conceptual en formato E.P que álbums completos. Así nos llega esta obra, miniatura sólo en apariencia. El nuevo E.P de LISABÖ contiene tres temas, desarrollando a través de ellos el relato de tres momentos de un día cualquiera. "De madrugada", "Lluvia de mañana" y "En los ojos del día". El cotidiano tránsito a través de una jornada no sólo resulta desde la perspectiva de LISABÖ monótono y gris.

También contiene una secreta y dolorosa angustia, una náusea existencial producto de la lacerante ausencia de ilusiones, de un desengaño permanente con la condición humana y sus miserias. No estamos ante una obra agradable o acomodaticia, pero sí profundamente intensa. No nos presenta un mal día: la premisa es que todos los son.

El Emo-Core de LISABÖ tiene una evidente ambición de trascender. Caminando sobre el alambre de lo pretencioso, sin caerse. La música busca (y encuentra) la intensidad, la grandeza, la expresión sin pudor de toda la tormenta interior, que habitualmente se contiene, pero que aquí puede golpear con toda su fuerza. En "Gau Minean" las cuerdas que figuran detrás de la maraña de guitarras van aumentando la tensión, incrementando la sensación esquizofrénica de estar atrapado en una jaula. Hasta que finalmente se produce una falsa calma que nos lleva hasta "Goiz Euria", un interludio en el que la paz es sólo apariencia. Por eso el engaño cae por su propio peso en "Egunaren Begietan", que termina por concluir derrotado: "¿Qué demonios somos si no es el sueño de nuestros sueños?".

La sensación de obra acabada, de ciclo cerrado en si mismo que produce este E.P resulta casi sorprendente. Sólo cabe felicitar a LISABÖ por su logro. Y administrarnos este veneno en pequeñas dosis. No porque nos resulte extraño, sino más bien por sus niveles de concentración. Por la manera que tiene de limpiar el campo de visión de las encantadoras distracciones que no curan, pero anestesian.

Todos sabemos que la verdad duele.

ENRIQUE MARTÍNEZ