(Kranky, 2002)

Si eres de los noctámbulos que permaneces frente a la caja tonta hasta, al menos, el cierre de Crónicas Marcianas, sin duda estarás familiarizado con cierto concepto de lo que el chill-out es hoy por hoy: en esos trasnochadores ( y trasnochados) intermedios marcianos, se anuncian con profusión recopilaciones de Chill-house, chill-Ibiza e incluso Flamenco-Chillout. Y es que por desgracia en eso se ha transformado la música electrónica ambiental a día de hoy: en cómodo y sedante decorado de veladas entre amigos in, narcoléptico placebo de muzaq contemporáneo para satisfacer al cuarentón Peterpanesco con ansias de aséptica modernidad. Sin embargo hubo un tiempo en que el cajón de sastre que englobaba dicho término acogía algunas de las propuestas más arriesgadas e interesantes del avant-techno, avant-ambient y avant-music en general: hace una década, durante el reinado de Biosphere, The Orb o el primer Aphex Twin, hablar de Chill out era hacerlo de radicalismo, solemnidad y riesgo creativo. Hoy, sin embargo...bueno, no quiero dar mi iracunda opinión del legado de Thievery Corporation, José Padilla o Kruder & Dorfmeister.

Escuchar hoy por hoy los viejos discos de David Toop, Scorn o Terre Taemlitz (en su día vanguardia dura) queda como ejercicio de historicismo un tanto naive, y sorprende comprobar que frente al prematuro envejecimiento del ambient electrónico, aquel más guitar-oriented se mantiene tan fresco como el primer día. Curiosamente, bandas de drone-rock como Jessamine, Fuxa, Stars of the Lid, Magnog o Labradford grabaron hace ya dos lustros algunos de los discos más interesantes de un género que parecía patrimonio exclusivo de la electrónica. Y por supuesto el imprescindible y absolutamente legendario sello Kranky es el culpable de esa bendita cruzada en busca de un postrock sedante y letárgico, editando discos históricos que en pleno 2003 suenan tan deslumbrantes como en 1994. Originario de Vancouver, Scott Morgan ha editado desde el 2001 dos majestuosos albums en el sello estadounidense que significaban un estupendo cruce entre el space-rock de toda la vida y las reminiscencias (inevitables) a Basic Channel que han cambiado para siempre la introspección monotonal.

Grabado con la única ayuda de un casposo ordenador vintage con programas rippeados en Internet, este "Submers" parte de la idea del submarinismo como alegoría existencial. Esta idea tan tópica y manida (los propios Porter Ricks habían ya jugado con este concepto en sus maxis para Chain Reaction) es una mera excusa para ejercitar un interesante ejercicio de crossover entre el rock ambientalista post-Bloody Valentine y el deep techno subacuático de la escudería Hard Wax, en lo que es probablemente la propuesta más abiertamente electrónica ( si no en concepto, al menos sí en sonido y ejecución) de Kranky. Y esa feliz idea, la de conjuntar armónicamente las dos mejores escuelas de ambient-dub de los 90 (la electrónica de Berlín y Colonia con la guitarrística de toda la vida) es lo que hace de este disco una obra muy referenciable que a buen seguro será redescubierta en el fututo. Con modestia y humildad, Loscil ha producido una casera y personal amalgama de lo que, supongo, es la música que escucha en su casa, y aunque el resultado no resulte en absoluto inédito, sorprende comprobar cómo las mejores piezas cabrían tanto en la discografía de Basic Channel como en la de Slumberland o Rocket Girl.

Hacía ya tiempo que Kranky no nos sorprendía con ningún grupo verdaderamente meritorio: las últimas apuestas del sello (Out Hud, Christmas decoration o Fontanelle) habían tendido a desdibujar el concepto inicial de un sello con un sonido marcadísimo que parecía haber explorado los cuatro puntos cardinales de sus fronteras: vamos, que parecía que el ambient de guitarras era un género que, de pura endogamia, había degenerado en autocomplaciente formalismo. Y el aire fresco para el género que representa la llegada de Loscil es una puerta abierta a nuevas exploraciones para ese "rock después del rock" que ya, definitivamente, no puede seguir prescindiendo de la escena electrónica contemporánea que le saca un par de cabezas. "Submers" es pues un sano ejercicio de eclecticismo y apertura de miras, que con la modestia del que no tiene nada que perder termina por subir al podio por su elegancia, savoir faire y falta de prejuicios.

f_mandarine@iglu