(RCA-BMG, 1972)

A veces el destino resulta así de caprichoso. Lou Reed encontró el éxito de la manera más insospechada y con uno de sus discos menos característicos. Aparentemente condenado a habitar los márgenes para siempre, a no encontrar una vía directa de conexión con el gran público, tuvo que ser David Bowie quien lo rescatara. La gran estrella del momento recibió encantado el encargo de producir a un artista del que era absoluto fan desde los tiempos del debut de la Velvet Underground. Como intentó con los Stooges y finalmente consiguió con Iggy Pop, la operación rescate se desarrolló con un plan claro y con cierta manipulación del personaje en cuestión. El talento de Mick Ronson, las canciones de Reed (algunas de ellas antiguas y provenientes de los últimos tiempos de la Velvet) y una producción extravagante, pero por momentos genial, auparon a Reed al papel de icono oscuro del rock’n’roll, la versión cruda, “auténtica” y callejera de la ambigüedad sexual, el aroma decadente y el perverso mensaje del glam rock. Por supuesto, hasta que él propio Reed se decidió a ser otra cosa.

Había en “Transformer” alguna referencia al rock’n’roll crudo que caracterizó a Reed con su grupo original. La fantástica “Vicious” es pura Velvet, con sus punteos estridentes y nerviosos, y cínica letra. “Hangin’ ‘Round”, riff característico y desfavorecedor retrato de personajes mediante, mantiene el hilo con un glorioso pasado. Y “Wagon Wheel” y “I’m So Free” pueden significar un puente entre el sonido de Reed y los nuevos tiempos que el Glam Rock estaban imponiendo. Pero, sobre todo, Bowie y Ronson dieron con una imagen completamente distinta de Lou Reed, hasta insertar su peculiar voz en ideas tan extravagantes como el aire de cabaret decadente de cosas como “Goodnight Ladies” y “New York Telephone Conversation” o el acompañamiento de tuba de “Make Up”.

Sin duda, algunas de esas ideas pudieron funcionar mejor que otras. Pero las canciones estaban allí, y por momentos las aportaciones de Bowie y Ronson tenían (y aún tienen) madera de clásicos. No es necesaria referirse demasiado a algo tan original como “Walk On The Wild Side”, en la que Reed repasaba una galería de personajes del entorno de la Factory con toda su crudeza características. Pero conviene que el oyente examine con interés la producción, y se pregunte si “eso” es rock’n’roll. Al menos tal y como se entendía hasta entonces, con esos arreglos de cuerda, el tratamiento de las voces y el solo de saxo. Y siempre es un placer escuchar la expresiva interacción entre el característico recitado de Reed y el contrabajo de Herbie Flowers. Tal y como sucede también en la estupenda “Andy’s Chest”. En “Satellite of Love”, su recargada producción y delicada melodía puede distraer de la celosa paranoia del protagonista. Pero estos contrastes están en la esencia del negro sentido del humor que ha hecho tan grande a Reed.

Pero dejemos para el final la verdadera joya de la corona, “Perfect Day”, la gran canción a medida que Frank Sinatra se murió sin grabar. Para un servidor es una de las mayores cumbres de la música pop. Como en toda gran canción de Reed las cosas no son lo que parecen, y por debajo de los suntuosos arreglos de cuerda de Ronson, de la aparente cursilería de las visitas al zoo, del cine, de la sangría a medias en el parque, del perfecto día en pareja, late algo más. Ya lo advierte el embelesado narrador, hay algo que no encaja: “Un día tan perfecto/ que me hiciste olvidarme de mí mismo/ me hiciste creer que era alguien distinto/ alguien bueno”. Por eso cuando llega los momentos finales, cuando el piano gotea notas y las ampulosas cuerdas le dan toda el dramatismo del mundo al asunto, oímos a Reed reiterar enigmáticamente que “Vas a recoger lo que has sembrado”. Y de alguna manera ya no estamos tan cómodos, todo parece terriblemente triste, terriblemente hermoso y terriblemente real. Así ha creado Reed todas sus obras maestras, y ésta es otra de ellas.

“Transformer” es, sin duda, un disco especial y distinto. Imperfecto e irrepetible, nos muestra un lado de Lou Reed que no volveríamos a ver jamás. Y la verdad es que, a veces, se echa de menos.

ENRIQUE MARTINEZ (febrero 2004)