 
(Lost highway-Universal, 2003)
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Una de las mujeres con
más carácter y talento del actual panorama norteamericano,
auténtica veterana curtida en mil batallas, a la que una fama y
gloria más que merecidas le ha llegado más bien tarde (acaba
de cumplir los 50), vuelve con un nuevo álbum, tal vez antes de
lo que cabía esperar dado su parsimonioso y perfeccionista ritmo
de trabajo. Grabado casi en directo en una mansión de Los Ángeles
con su banda habitual (que merece ser citada: Taras Prodaniuk
al bajo, Jim Christie a la batería y Doug
Pettibone a la guitarra), “World Without Tears”,
muestra nuevamente el talento y la actitud sin concesiones que han hecho
de esta mujer uno de los nombres verdaderamente imprescindibles.
Lo primero que hay que
indicar es, que a mi entender “World...”
es un genuino álbum de Rock, el más rockero de sus discos.
Es obvio que Williams es una artista con un profundo conocimiento de las
músicas de raíces americanas, una experta en las formas
del country y sobre todo del blues. Un blues que tanto como estética
musical como en lo que representa de verdad descarnada, de sensualidad
no disimulada y de dolor existencial es omnipresente en todo el disco.
Pero en la amalgama de estilos (del rock de “Bleeding
Fingers”, al blues turbio de “Atonement”,
al swing que transmite “Overtime”),
en la enérgica presentación de las canciones, en los ocasionales
arrebatos de electricidad, en la absoluta entrega al material de la que
hacen gala Williams y su banda, todo hace ver este disco como una exhibición
de rock americano de las que están al alcance de muy pocos.
Como siempre el repertorio
despierta admiración. Canciones brillantes pero dolidas, repletas
de sentimiento y de temáticas nada acomodaticias. Desde el amor
como obsesión o confrontación (“Overtime”,
“Minneapolis”, “Three Days”) a la
comprensión de las taras emocionales producidas por los abusos
infantiles (“Sweet Side”) o a una
amarga visión del lado oscuro del sueño americano (“American
Dream”, en la que ensaya su propio acercamiento al
rap con excelentes resultados). Un disco, en definitiva, con todos los
elementos necesarios para funcionar. Con un trabajo sensacional de esa
banda, la clase de músicos que sopesa cada nota, la mide y calibra
y nunca se equivoca, sin gestos superfluos. Con las excelentes letras
de una Williams que maneja con igual destreza las gramáticas de
la poesía clásica (las metáforas de “Fruits
of my Labor”) y los tópicos revitalizados del
rock’n’roll (“Bleeding Fingers”)
y que siempre se deja el alma en cada línea.
La música de Lucinda
Williams siempre gana la partida por su manera de tomar riesgos
y de poner toda la carne en el asador. Nuevamente conquista siguiendo
su instinto y haciendo lo que le da la gana. No podía ser de otra
manera.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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