(Limbo Starr, 2002)

Hubo un tiempo en el que la música pop española parecía habitar una dimensión paralela, ajena por completo a todo lo que acontecía fuera de sus fronteras. Los sonidos que nos torturaban desde nuestras peculiares radiofórmulas eran por completo impermeables a cualquier variación. Un ente aislado, pero en absoluto mejor o reflejo de una manera propia de hacer música; más bien de una manera de "no hacer". Y nuestra propia "independencia" también exhibía esta especia de autismo, sin aportar tampoco novedades significativas ni una idea autóctona. El mítico y recurrente "viaje a Londres", otrora germen de tantas cosas, al generalizarse en aquella España socialista de prosperidad aparente y recién estrenada, sólo parecía tener ya dos posibles objetivos: comprar discos viejos o ninguno en absoluto. Desde principios de los años noventa parece haber aumentado la sintonía con la realidad, hasta llegar a estos tiempos, en los que las modas asaltan, más o menos en sincronía, a nuestros grupos.

Todo esto viene a cuento del debut de Maga, porque más allá de otras consideraciones, lo que resulta obvio es que es un producto directo de su tiempo. Es decir Maga suenan contemporáneos, tal vez demasiado. Practican rock épico con una presencia constante de texturas electrónicas adornando el tono general. Una intensa y afectada voz de registro alto desgrana las letras, mientras la música nos lleva de manera frecuente a crescendos dramáticos, que reflejan momentos de aparente epifanía emocional. Descrito sobre el papel hay un referente que viene a la mente de todos: Radiohead y su "OK Computer". Su presencia parece evidente en estas canciones y en la forma de interpretarlas y producirlas. Primer hándicap importante.

Por otro lado, Maga exhiben una seguridad en su sonido y una valentía para adentrarse en terrenos resbaladizos y pantanosos que la mayoría de nuestras bandas tardan varios discos en mostrar, si lo hacen alguna vez. Pueden acertar o equivocarse pero asumen riesgos, y eso es algo a tener en cuenta. Por ejemplo, la cuestión de las letras: la carga metafórica es muy acentuada, la trascendencia sentimental que parece subyacer detrás de ellas, también. Pero son crípticas y auto-referenciales, todavía lejos de convertirse en esa clase de expresión que alcanza una vocación de universalidad, capaz trascender la experiencia que retratan para abrirse a la del oyente, que las pueda hacer así suyas.

En este disco de debut (no se olvide) se ha apuntado hacia cotas muy altas, y no se han alcanzado. Cuando las piezas encajan la sensación de estar ante algo más que una promesa seria, la capacidad para crear momentos significativos y la certeza de que lo mejor está por venir, resultan más que evidentes. Esto puede suceder en "Diecinueve", "Agosto Esquimal", "Helás (Mañana)" o en la poderosa "Primer Vuelo". Pero también hay que decir que una frustrante sensación de oportunidad perdida recorre el disco finalmente. Es la molesta servidumbre que conlleva ser ambicioso.

ENRIQUE MARTÍNEZ