(SUB POP/BEGGARS BANQUET, 2001)

El cantante: especie en extinción. Desde que el componer tu propio material, a mediados de los sesenta, se convirtió en la señal de distinción de un artista, los comenzamos a perder para el rock. Y ahora que la excelencia está la innovación y el sonido, casi no se les oye. Durante un largo tiempo se han convertido (como los virtuosos de la guitarra y demás instrumentos) en objeto de veneración en los marginales círculos del Hard y el Heavy (lo de la música negra siempre ha sido otra cosa) Por eso, cuando aparecen donde ya no se les espera, se nos queda esta cara de imbéciles, porque ningún instrumento o sonido nos puede afectar más que aquel con el que hemos nacido todos, con el que nos comunicamos en los momentos más íntimos. Aunque no todas las voces son iguales. Siempre hay esa voz.

Es por ello que tuvo que ser en las huestes de los grupos más próximos al Hard del "fenómeno Seattle" donde tuvo que reaparecer el protagonismo de los vocalistas. Los hubo y los hay de diversas escuelas (Eddie Vedder, Chris Cornell, Kurt Cobain, Layne Stanley...). Pero el mejor, por sobrio, por profundo, por no ser nada afectado, por recoger una tradición eterna, por tener unas condiciones naturales fuera de lo común de las que nunca abusa, era y es Mark Lanegan, ex - vocalista de los más gloriosos perdedores de aquella escena: los Screaming Trees. En sus discos en solitario no queda casi rastro de aquel grupo, de aquel cruce intenso de los STOOGES, LED ZEPPELIN y la psicodelia. Tan sólo permanece un cierto gusto por el cancionero tradicional americano y las atmósferas oscuras. Y esa voz.

Lanegan construye ahora discos a la antigua: son obras basadas en un puñado de grandes canciones, una producción escueta, al servicio de las mismas, y un vocalista, un intérprete que convierta la grabación en algo único e inolvidable, que se marque a fuego en la piel del oyente. El último disco de Lanegan seguía esta metodología a rajatabla, pues era un álbum de versiones ("I´ll Take Care Of You") que se convirtió en uno de los mejores de 1999. "Field Songs" está basado en un repertorio propio, pero resulta igualmente brillante. Cuando se escucha la primera estrofa de "One Way Street", sabes que este disco no va a encontrar competencia en ciertos apartados en lo que queda de año, y tal vez durante más tiempo.

Y la clave de todo está en esa voz: robusta, profunda, castigada pero orgullosa. Como un Johnny Cash con más registro, Lanegan parece cargar en ella con todo el peso de una vida que se adivina intensa y no ajena a la pena. Todo lo que toca ese instrumento macerado en tabaco, alcohol, y dolor sin sanar se transforma en algo grave, solemne y triste. Profundamente triste.

Eminentemente acústico, lento y melancólico, el repertorio de "Field Songs" se aferra simultáneamente a la tradición musical americana y al alma de Lanegan, y consigue convertirse en un gran disco. Canciones como "Low", "Resurrection Song", "Don´t Forget Me", "Kimiko´s Dream House", "One Way Street", "Pill Hill Serenade" (con su irresistible tono soul), que bordean los tópicos sin caer en ellos por la pura y dura verdad que contienen, con letras que están en consonancia con lo que, sin entenderlas, te puedes imaginar, no son de esas de las que te olvidas después de que te hagan pasar un buen rato. A estas canciones volverás con frecuencia.

Pero sobre todo volverás a esa voz.

ENRIQUE MARTINEZ