( Beggar's Banquet , 2004)

Es un fenómeno casi sobrenatural. Cuando suena la voz de Mark Lanegan sobre unos compases lentos, el tiempo parece detenerse, suspenderse en el aire, expectante de lo que el propio Lanegan decida hacer con él. Esa voz, de la que ya se habló aquí, recoge el tejido de la vida, le da la vuelta y muestra la oscuridad de sus costuras internas. Cuando suena, y resuena sin necesidad de eco artificial, es el momento en el que las cosas adquieren el matiz de realidad rotunda, de verdad cruda. Es el privilegio de voces como ésta, únicas en su especie, que recogen tanto un talento innato, un don de Dios, como el sagrado privilegio de arriesgarlo, de aproximarse peligrosamente al momento de malograrlo definitivamente, y sin embargo sobrevivir. Cada vez quedan menos de estas voces, nacidas en realidad para tiempos muy diferentes de estos. Pero a la de Lanegan parece que todavía le quedan por delante sus mejores y más gloriosas jornadas.

Éste parece que va a ser un año de cierta sequía discográfica. Por eso el anticipo que Lanegan publicó a finales del pasado, “Here Comes That Weird Chill”, no sólo fue un extraño estremecimiento, sino que llevó a presumir dos cosas. La primera que Lanegan alteraba el canon estético habitual de su carrera en solitario, dejando atrás el espartano tono acústico de sus notables discos para reinyectarle electricidad y variedad de arreglos. Y otra, que considerando aquélla una muestra de descartes del corpus principal, éste sería entonces uno de los grandes discos del año. Bien, dos presunciones que, por una vez, aciertan. Señores, tal vez éste sea el “gran” disco de Lanegan desde que abandonara el turbulento seno de SCREAMING TREES, una de las grandes formaciones, sino la mejor, del fenómeno grunge de Seattle a principios de los años noventa. “Bubblegum”, de traicionero título, es el gran disco de blues moderno que Lanegan siempre tuvo en su interior, y que tras sus devaneos con Queens Of The Stone Age, sale por fin a luz desde las tinieblas.

Porque “Bubblegum” es realmente un disco de blues, de genuino blues, más allá de los purismos reaccionarios con el que algunos definen el género. Lo es, porque en realidad contiene todos los elementos que son la esencia del género entendido como algo más que el recurso a ciertos acordes. Se trata de esa estética áspera y de esa mezcla de pulso lúbrico, de paseo por el lado salvaje, de culpa sin remordimientos y de búsqueda de la expiación, por la que Robert Johnson debió vender su alma al Diablo. El instrumento personal de Lanegan, esas cuerdas vocales rasposas, mezcla imposible y soñada de Tom Waits, Johnny Cash y el mejor Jim Morrison, descubre en el ocaso del día la delgada línea que separa la redención del castigo, y asombra la claridad con la que la dibuja en el aire. Y más aún que, aún hoy, no parezca decidirse por ninguno de los territorios que dicha línea delimita.

El sonido que envuelve a la voz en esta ocasión es intuitivo e imaginativo. También denso y oscuro, con incursiones de guitarras recargadas de electricidad, baterías programadas, teclados suntuosos... Una mezcolanza extraña y sui generis de elementos, para una exploración completa de todos los registros. Desde una electricidad desbocada y poderosa (“Metamphetamine Blues”, “Sideways In Reverse”, “Can't Come Down”, Driving Death Valle Blues”) a pequeños interludios acústicos (“Bombed”, “Come To Me”) e incursiones en el pantano (“Like Little Willie John”). A veces Lanegan busca apoyo en otras voces, que palian lo rugoso de su presencia. Pueden ser desde unas deliciosas Polly Jean Harvey (en las estupendas “Hit The City” y “Come To Me”) y, Wendy Rae Fowler (“Wedding Dress”, “Bombed”) a Chris Goss (en la intensa “One Hundred Days”). E incluso un inopinado coro gospel formado por dos ex-Guns n' Roses, Izzy Stradlin y Duff Mackagan, en uno de los momentos más intensos de los últimos años: el canto a la redención a través del amor que es “Strange Religion”. Una pieza de intensidad y desnudez emocional desarmantes, procedente de la misma vena soul que alimenta el fluido de “Head”, y otros momentos igualmente subyugantes del disco.

Todo siempre rodeado de aura de estoicismo, de orgullosa dignidad después de esos errores cometidos por haber querido vivir de veras, con el que Lanegan lo inunda todo. Un artista que parece haber mirado al abismo a la cara y haber cruzado el traicionero puente por el que otros compañeros de fatigas se despeñaron. “Bubblegum”, como siempre con Lanegan, pero más que nunca, posee todos los poderes curativos del verdadero rock, oscuro y redentor que diría Bobby Gillespie. Se nos fue Johnny Cash, pero aún nos queda un último Hombre de Negro.

ENRIQUE MARTÍNEZ (septiembre 2004)