( Acuarela , 2005)

(Se impone un poco de historia: quien quiera prescindir de ella, por favor, que salte directamente al tercer párrafo). THIRD EYE FOUNDATION fue uno de los proyectos de avant-rock más excitantes de la pasada década, de los pocos en llevar las enseñanzas de MY BLOODY VALENTINE un poco más allá de donde lo había dejado Kevin Shields en el monumental “Loveless”. Lo hicieron a zarpazos de drum n´bass en una de tantas bizarras mixtificaciones propias de una época (mediados de los 90) y un contexto ( la Inglaterra subterránea de la era brit-pop, la de AUTECHRE, BARK PSYCHOSIS, MAIN, SEEFEEL, DISCO INFERNO, etc…) donde se tomaba la música en toda su amplitud como un vehiculo lúdico hacia regiones insólitas e inexploradas y que, teniendo en cuenta la cantidad, calidad y singularidad, tarde o temprano, se redescubrirá con la misma pasión que hoy miramos el legado oculto de visionarios como SILVER APPLES, UNITED STATES OF AMERICA o SAGITTARIUS.

Tras la nomenclatura THIRD EYE FOUNDATION estaba nuestro hombre, MATT ELLIOTT , quien con el cambio de década decidió presentarse con su nombre real en el soberbio “Mess We Made” (Domino, 2003), un giro total en su trayectoria que radicalizaba, aún más, su postura artística. Como quitándole el post- al “The Cyle Of Days And Seasons” de HOOD y sumergiéndolo en un clasicismo fantástico, tétrico y decadente (se cita de continuo a ARVO PÄRT), MATT ELLIOTT se tiraba así una vez más a un vacío en el que pocos lo podrían oír sin salir corriendo. Todo un desafío musical y emocional que, eso sí, quienes se quedaron no dudaron en calificarlo de obra maestra. En ese trabajo aterrizaba en un nuevo territorio de pianos polvorientos y fantasmales voces resquebrajadas, dramáticas dentro de orquestaciones que, ocasionalmente, cintaban a su pasado ruidista y ritmos de urbana violencia. En el segundo tramo de éste, sin embargo, surgían temas como “The sinking ship song” o “Forty days” que alimentaban en su interior un ambiguo sentimiento de celebración de la tristeza propia de tabernas decadentes que parecían tener ancestros centenarios y una arrebatadora fuerza espiritual. Ahí estaba la semilla de “Drinkin songs”

El nuevo trabajo de MATT ELLIOT es la extensión de todo aquello. Frente a la borrosa portada de “The Mess We Made”, ahora un grabado ilustra al bebedor con los ojos cerrados y un pitillo humeando en la sien, entregado a la introspección mientras los ceniceros se llenan y las botellas se vacían. A su lado, un inquietante gato negro mira desde la esquina de una taberna de principios de siglo. Es la cubierta de un disco en el que PLASTIKMAN, LEONARD COHEN y los citados HOOD se citan para emborracharse y conjurar dentro de un mismo cuerpo. La mirada introspectiva y epidérmica del primero (¡esas voces!), ese inconfundible y decadente sabor a vals de duermevela del canadiense y, por último, el ímpetu experimental de los terceros, amparados bajo la atmósfera del folklore de los países del Este (lo dice el propio ELLIOTT y nosotros, aunque no tengamos ni idea, le creemos) acuden al encuentro, mientras se abre la caja de los fantasmas para que éstos se bañen en alcohol y se evaporen con él.

Poca distancia hay entre versos como “Boca abajo y jodido de nuevo / sabor a sangre otra vez“ (“C. F. Bundy”) y “parece que solo sabemos responder en especie / y el ojo por ojo únicamente nos deja ciegos” (“What´s wrong”). Ambos forman parte de un mismo estado de ánimo: la desesperación que busca la purga trago a trago. Tal es así que, entre esas constantes grietas de una pareja que se desmorona a pasos agigantados en las reflexiones de los monólogos interiores del autor, se intercala “The Kursk”, un bellísimo recuerdo a los fallecidos en el accidente de aquel submarino ruso que pone los pelos de punta (“El agua sube y lentamente morimos / nosotros no veremos la luz otra vez / no veremos a nuestras esposas otra vez“ ). Una pieza que encaja formal y espiritualmente en un álbum que, se advierte en las notas, ha de tomarse como tal únicamente en sus primeros siete cortes. Se deja, por tanto, “The maid we messed” como un extenso, excitante y apabullante bonus track final basando en las actuaciones en directo y en el que se estira la síntesis celebrada en el tema “The mess we made” del homónimo disco anterior, que reflotaba indómito de aquel drum n´bass dentro de su nueva estética sonora. Veinte impresionantes minutos que ponen broche de oro a la excelente continuación del primer álbum, y que alargan un camino de tránsito obligado para el oyente que busque autores fascinantes y heterodoxos. De verdad.

JAVIER BECERRA (Julio 2005)