 
(SKETCHBOOK/HOUSTON
PARTY, 2006)
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La música como catarsis,
como exorcismo, como analgésico contra el dolor del alma es uno
de los lugares comunes más transitados de la historia del rock.
Favorito perenne de la crítica, el disco confesional y doliente
es un tópico recurrente que en sus mejores versiones copa las más
altas posiciones en las sempiternas listas de los mejores discos de todos
los tiempos. De hecho, si se repasa esta misma web, se localizarán
muchos de estos discos como objeto de grandes declaraciones de fidelidad
inquebrantable. No en vano, aparecen como unos objetos atesoradas con
cariño, acompañados de esa oculta intuición que nos
viene a decir que estarán allí esperándonos, al final,
cuando todo y todos nos hayan dado de lado.
Sin embargo, esto no debería
convertirse en una trampa, en la hábil coartada para el artista
que justifique cualquier ejercicio de estilo en el que se intuya lo que
parece ser veracidad y confesión, más allá del verdadero
mérito artístico de lo que escuchamos. Afortunadamente,
y a pesar que en el caso de Micah P. Hinson, en sólo
dos álbumes de carrera haya incurrido en dos ocasiones en este
lugar común, el disco que nos ocupa no proporciona ninguna coartada.
Ni precisa. El segundo largo de nuestro protagonista supone un paso muy
firme, fortaleciendo y ampliando las mejores condiciones de sus primeras
obras, aportando mayor profundidad y madurez a su modus operandi. Hinson,
en esta ocasión atormentado por verdaderos dolores físicos,
y que según nos relatan ha creado el disco postrado en el lecho,
impedido en gran medida y sometido nuevamente, pero por motivos más
justificados y prescritos, al influjo de las drogas, ha entregado un disco
que mejora todos lo ofrecido hasta la fecha.
Nos sumergimos en su sonido
desde “Seems Almost Impossible”,
de atmósfera nocturna y cadencia ralentizada hasta la completa
fragilidad, pero reforzada por ese timbre ronco y rotundo, palpitante
pero denso, de Hinson, que en realidad lo convierte en un cantante de
soul más que de country, construyendo así su propia versión
de lo que conocemos como “Americana”. El segundo corte, “Diggin
a Grave”, aparece dotado de una euforia funeraria
que parece prevenir del folk americano más esencial, envuelto en
harmónica y mandolinas, tiene un paso fugaz para agradecido, si
bien deviene un preámbulo para la primera cumbre emotiva del disco.
Nos referimos a ese “Jackeyed”,
envuelto en vientos exuberantes y medidos, mientras un Hinson multiplicado
y aferrado a las líneas con una intensidad creciente comienza a
adueñarse del momento, como lo hace en “It’s
Been So Long”, esa balada de marinero borracho, mecido
no se sabe si por las olas, o por su propia embriaguez, pero con la vista
prendida de un horizonte dejado atrás.
Habiendo construido el
tratamiento de cada canción con precisión de relojero (merced
a los medidos arreglos de Eric Bachmann), y habiendo sabido manejar el
grifo de su propia intensidad con un concepto sobrio que lo hace mejor
artista e intérprete, las canciones pueden partir del recogimiento
de “Drift Off to Sleep”, resuelto
con un memorable motivo de cuerdas, a una mayor presencia en
“Letter From Huntsville”, que parece citar un
cierto jazz rural imposible y venido como un eco de principios del siglo
pasado. El prodigioso sonido de este disco nos remite a aquella amplitud
de miras engañosamente retro de The Band, en el que banjos y guitarras
eléctricas comparten felices porche al anochecer con una voz sin
tiempo ni lugar, y en otros momentos a un neoclasicismo más arty
y urbano, o al menos de jardín más que de sembrado (“Little
Boys Dream” con ciertos ecos de John Cale). Y para
casi el final se nos ofrece un corte majestuoso y memorable, que nos hace
intuir la posibilidad de un Hinson pletórico también en
un registro más eléctrico, plenamente capaz de construir
música de dimensiones gigantescas, en contraste con la intimidad
de este disco. En “You’re Only Lonely”
la música flota en las estrofas como nubes cargadas, para precipitarse
en el estribillo atronando, intensa, rotunda y desgarrada.
Y el recogido rezo de “Don’t
Leave Me Now”, pleno de un desamparo veraz y creíble,
parece finalmente como una puerta que se cierra, invitando a regresar.
Invitación más que aceptada, ahora que sabemos con certeza
que Micah P. Hinson se parece mucho a lo que nos prometieron
que sería. Un artista con más, mucho más, que una
biografía interesante y novelesca. En realidad , un verdadero artista.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Diciembre 2006)
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