 
(Acuarela, 2001)
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Las cosas de repente cambian.
Un día un amigo te sorprende y te da una invitación para
su boda, otro te cuenta que viene de hablar en el banco sobre la hipoteca
de su piso, otro te explica detalladamente como se van sorteando las zancadillas
en un mundo laboral lleno de Paul Mcartneys, explicándote,
para que tú (que evidentemente aprecias más a John
Lennon) lo entiendas de una vez, que un Julen Guerrero
no tiene nada que hacer contra un Simeone por mucha nobleza
que tenga su fútbol. Te das cuenta, más por tu entorno que
por ti mismo, que has dejado de ser adolescente. Tus vecinos te lanzan
miradas inquisidoras considerándote un individuo sospechoso (¿se
drogará?, ¿será maricón?, ¿estará
metido en alguna secta?), tu prima te habla de la cuenta corriente y las
posibilidades de futuro de su pareja y en tu casa notas como eso de que
llegues a las 8 de la mañana un sábado no le parece lo más
normal a tu edad.( UN DESASTRE). Te aíslas: tu no estás
muy feliz con tu vida, pero desgraciadamente lo que ves tampoco te haría
sentir mejor. (UN DESASTRE). Los discos, los mismos libros releídos
mil veces, fotogramas grabados con mosca de La2 en VHS, la habitación
como centro del universo y, bueno, aún te quedan algunos amigos
en tu misma situación. Sales de copas, te emborrachas, mojas en
whisky la vida casi por inercia buscando la pureza de la infancia y en
un microinstante de soledad (en la cola del servicio, cuando tu amigo
va por tabaco, volviendo a casa...en ese momento en el que te quedas con
la única compañía de tu embriaguez ) miras alrededor
,insatisfecho, y te preguntas qué fue de aquella excitación
del “Super 8”, qué fue de aquellas
mañanas en que no ibas a clase y las pasabas con ella tirado en
el parque, qué fue de aquellas noches interminables empañadas
en hachís mientras la tele escupía sin voz películas
en blanco y negro, de fondo sonaba Galaxie 500 y pensabas
que no te merecías tanta felicidad. La gente le pone (o ansía
poner) adjetivo posesivo a las cosas: “mi” casa, “mi”
coche, “mi” mujer, “mi “ crédito, “mi”
trabajo, “mi” jefe, “mis” compañeros......
uno de ellos incluso dice “mi” hijo.(UN DESASTRE).
Y te encuentras frente
al ordenador a las 2 de la mañana de una noche de mayo, mientras
todos duermen, sintiéndote aún el protagonista de una película
porque es la única manera de que esto tenga sentido. Escuchando
un disco como éste, hecho por jóvenes bien de clase media
(dicen), con gafas de pasta y aspecto universitario (lo ves), “pretenciosos”
y “arrogantes” (insisten), con un discurso “impostado”
(lo dicen también) en el que su cantante canta como si fuera Leonard
Cohen. Recuerdas aquella frase de, siempre tan certero, Jesús
Llorente definiéndolo como el reverso existencial de “Unidad
de desplazamiento” y te das cuenta de que lo peor que le
ha podido pasar al periodismo musical español, es que este hombre
haya dejado de escribir. Luego encuentras líneas como “Días
soleados, cabalgando las olas, ahora todo es gris pero juro que cuando
tomó café con nosotros, un perro apoyado en sus rodillas,
nos enamoramos de ella. Ahora se ha decidido, pero no por ninguno de nosotros.
Va a tener un niño” ( “La Espera”)
o “Luego siempre viene la mañana, a aveces es de verdad
silenciosa, aunque siempre está llena de ecos de ti. El periódico
hablando a gritos y la cuanta atrás del despertarse de los padres.
El grito de una que es vida estúpida y cruel” ( “Our
times of disaster”) y sientes como cada una de tus
piernas está en una tierra diferente, que poco a poco se agrieta,
se distancia y puedes ver el precipicio, sin saber a cual de ellas has
de saltar para no matarte en el vacío. ( UN DESASTRE).
Una cosa que me trasmite
“Arde” es la sensación de “vaciado”.
No entendido ello como exento de contenido, sino todo lo contrario, como
el disco en el que un grupo ha volcado su interior en un disco por completo,
perfeccionando todo lo apuntado tanto por “Diciembre 3 AM”
y “Así duele un verano”, sus dos anteriores
obras. Aquí, con un discurso mucho más sólido, consistente,
unitario pero al tiempo variado, y con esas precisas ( y preciosas) implicaciones
sentimentales que derivan en eso que tanto me gusta de “banda
sonora de una sensación”. Esa sensación la pérdida
definitiva de la inocencia, el soltar el último cabo de la adolescencia,
el choque frontal con un mundo adulto en el que te hayas sin brújula,
completamente desorientado. Tener 25-26 años y apurar la última
copa mientras tus padres duermen, tu hermana tiene un niño en su
barriga y tu mejor amigo ya no sale porque tiene que pagar la letra del
coche. (UN DESASTRE). Reencuentros con amigos del colegio que ahora ya
son padres. Reencuentro con familiares que les dicen a tus padres que
lo tuyo no es normal. Encuentros nocturnos con otros desorientados, mientras
recuerdas aquella novia que pudo ser y no fue, que ahora es la mujer de
alguien que se pone corbata cada día y que a lo mejor algún
día es el reflejo de lo que serás tu. (UN DESATRE) Mientras
dan las 3 y sigues tecleando sobre la insatisfacción sin solución,
la insatisfacción por como pasan los días y cada vez piensas
más en una espiral, la misma que te lleva, semana a semana, al
sábado, donde intentas encontrar algo( el descubrimiento, la inocencia,
el juego, la vida...) definitivamente perdido. Y que se repite constantemente.
( “Sí
es difícil hablar sin ira de estos tiempos. De todos modos estoy
contento de que algunos estén juntos y su felicidad traiga descendencia.
Sé que tendría que estar haciendo otras cosas, como hacía
esa chica con la que estuve aquí hace años, y no leyendo
poesía. Me alegro de que algunos de ellos se casaran. Y ahora a
través del cristal hay mujeres que miran por encima del hombro
¿Debería, acaso, estar haciendo algo más en estos
tiempos?” -“Last fool around”-),
Migala
en su tercer trabajo le dieron a la post-adolescenia un manual de instrucciones.
Y lo hicieron de la manera más bella posible. Tanto, que dos años
después, en estos tiempos igualmente de desastre, donde ya no se
sale tanto, donde ya no hay mucho tiempo para el lamento porque te ahogas,
donde ya no vas de corazón en corazón haciendo piruetas,
incluso echas en falta sensaciones parecidas si hay alguien capaz de musicarlas
de forma tan hermosa. Es el problema de quienes hemos jugado en su momento
a ser eternos adolescentes, pensando que la juventud por si sóla
era un valor universal repleto de bondades infinitas, como un “Super
8” que sonaría por siempre con la misma intensidad.
Llegó el fin, ya hace algún tiempo. Y esto no me termina
de gustar.
JAVIER BECERRA
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