(COLUMBIA, 1969)

En el año 1.969 Miles Davis siente nuevamente la necesidad de cambiar. Era un impulso innato e irrefrenable en él, que le había llevado a tener una influencia decisiva en algunos de las más importantes cambios de tendencia dentro del Jazz. A finales de los años cuarenta impulsó el movimiento "Cool" con sus grabaciones con el noneto arreglado por Gil Evans (recogidas en "Birth Of The Cool"). Sus trabajos orquestales con el propio Evans a finales de los años cincuenta ("Miles Ahead", "Sketches Of Spain") crearon escuela y aún fascinan. El trabajo de Hard Bop de su primer quinteto a mediados de los cincuenta es considerado como algunas de las mejores grabaciones de todos los tiempos, a pesar de no haber sido excesivamente innovador en su momento. Y decirlo ahora afortunadamente es un poco tópico, pero no está de más recordar que "Kind Of Blue" convirtió su improvisación modal en el estándar inmejorado de los siguientes diez años, y que aún hoy representa, tal vez, la cumbre del Jazz como expresión artística. Pero este enésimo salto no fue comprendido por todos, acusándolo de convertirse en un hereje y de prostituirse comercialmente. Sin duda se trató de un cambio radical, impulsivo, pero que salvó su comercialmente maltrecha carrera.

Para llevarlo a cabo Davis se miró en el espejo del rock y del emergente Funk. Miles era consciente de que por aquel entonces el favor y el cariño del público negro (su predilecto) hacía tiempo que se dirigía a los coloristas sonidos de SLY & THE FAMILY STONE y, antes ya, al soul más académico. Y que el público blanco se hallaba fascinado por un músico negro de rock, al cual Davis respetaba por su pericia e imaginación: Jimi Hendrix. Cada vez más convencido de la conveniencia de introducir instrumentos eléctricos en el Jazz, cada vez más insatisfecho con su propia música y con la dirección que estaba tomando el jazz ("la fealdad del Free-Jazz" como él mismo la definió) su nuevo cambio de rumbo tiene un primer golpe de timón con "In A Silent Way" (1969), un disco atmosférico, hermoso y melódico, pero radicalmente nuevo. El siguiente golpe lo da con "Bitches Brew". A partir de aquí no había, y de hecho no hubo, vuelta atrás.

Fue publicado originalmente como álbum doble de vinilo con tan sólo seis cortes de larga duración, y ahora está reeditado en C.D doble con un corte añadido ("Feio", grabado meses después de las sesiones) y también en un Box-set que contiene todas las grabaciones ("The Complete Bitches Brew Sessions" (Columbia/Legacy). Para grabarlo se nutrió de un personal muy amplio para que grabase simultáneamente: dos baterías (Lenny White y Jack DeJohnette), dos percusionistas (Don Alias y Jim Riley), dos pianistas (Chick Corea y Joe Azwinul), dos bajistas (Harvey Brooks y Dave Holland), un guitarra (John McLaughin), un saxo barítono (Wayne Shorter), un clarinete (Bernie Maupin) y él mismo. Todos ellos músicos jóvenes y virtuosos, situados muchos en algunas de las formaciones más punteras de la cada vez más bollante fusión Jazz-Rock. Con ellos entran sonidos que los puristas rechazan, algunos de los cuales ya figuraban en discos anteriores de Davis: bajos y pianos electricos, el frenetico punteo de McLaughin. En esta ocasión, incluso, él mismo trata su trompeta con efectos de sonido inéditos, ecos y "delays", tal y como haría también en los años setenta con el "wah-wah".

Pero el absoluto radicalismo de la propuesta de Davis y Teo Macero (su productor y mano derecha absoluta) desconcierta a los propios músicos, que abandonan el estudio convencidos de no haber grabado piezas enteras válidas de música en las tres sesiones. Y ahí esta la otra innovación de Davis y Macero, su "agenda oculta". Después de la grabación se consagran durante semanas a un minucioso y laborioso trabajo de posproducción, seleccionando las tomas buenas, juntándolas y pegándolas, y en algunos casos repitiendo los mismos fragmentos grabados en una única ocasión como si fuesen los propios riffs de los temas, por medio de primitivos "loops". Todas la técnicas del "overdub", mucho más habituales y empleadas en el rock que en el jazz, son llevadas aquí mucho más allá de lo que el propio rock hacía por aquel entonces Cuando el resultado final llega a la calle se produce un fenómeno de aceptación por parte de la audiencia rock, que consagra el disco al lado de obras entonces en boga como las de SANTANA, o grupos de desarrollos instrumentales densos como GRATEFUL DEAD. El sonido atmosférico del doble sexteto de Davis conecta en cierto modo con la onda reinante, pero en realidad oculta mucho más.

"Bitches Brew" es aún hoy una propuesta radical y rompedora, profundamente contemporánea. Es un disco de jazz absolutamente atípico, porque aunque está construído a partir de improvisaciones colectivas muy libres, el énfasis se ha puesto en el groove y en las texturas, y no en los desarrollos de los propios temas, a veces carentes de ellos. Con una sección rítmica tan amplia, la resonancia de la percusión y de los bajos se hace insistente. Es una música nerviosa, sensual, colorida, atmosférica, falsamente progresiva, más bien cíclica e hipnóticamente reiterativa, aunque en ocasiones también muy desestructurada. Y resulta por todo ello una fuente aún no agotada de ideas que mantiene fascinado hoy día, y con razón, a mucha de la "intelligetsia" rockera. Es citado con veneración por luminarias como Thom Yorke o Bobby Gillespie, por ejemplo. Lógico, pues aunque éste no fuera el primer disco de Jazz Rock, sí fue el primero que mostó el nuevo subgénero como algo más que una mera y abigarrada yuxtaposición de las estéticas de dos mundos que siempre se habían mirado con profundo recelo, cuando no con con verdadera indiferencia, e incluso beligerancia.

"Pharoah's Dance" abre el disco y ocupa con sus veinte minutos toda la antigua Cara A. Es el tema en el que más se pueden notar las señas de identidad de "Bitches Brew". Repleto de "loops" y editajes, con un motivo recurrente que contiene la trompeta de Davis tratada con el delay mencionado, con McLauglhin tocando unas nerviosas y minimales figuras rítmicas, los pianos y baterías repartiéndose el trabajo, el saxo de Shorter peleando por encontrar intuitivamente su lugar en la maraña de sonidos que produce una banda tan extensa, no hay duda ante todo esto de que el disco es un mundo en sí mismo. Extremo confirmado por la homónima "Bitches Brew", que se desarolla de manera similar durante casi veintisiete minutos.

"Spanish Key" y "Miles Runs The Voodoo Down" son, tal vez, la cumbre del disco. Frente a cierta sensación de cansancio y alargamiento excesivo que producen algunos momentos de los maratones del primer disco, aquí la frenética tensión del banda es sostenida en todo momento, sin que sobre ni un minuto de improvisación, con un McLaughlin en papel estelar. "Sanctuary", una composición de Shorter que Davis ya había tocado en otras ocasiones con un tratamiento absolutamente diferente, es el momento más melódico del disco. Pero el peculiar método de "Bitches Brew" provoca que el arreglo al que es sometido el tema resulte sorprendente y original. Como siempre, la trompeta de Miles se eleva sobre el resto de sonidos para dibujar figuras de azul transparente, de enorme belleza y sugerencia con los mínimos trazos. Ese es en realidad el hilo conductor de toda la movida trayectoria de Miles Davis, en perpetua y gloriosa rebeldía contra su propia obra.

Y así hace más de treinta años Davis tomó prestado del rock lo que creyó que hacía falta para intentar salvar al Jazz. Ahora vemos como el antaño arrogante rock quiere que se lo devuelvan, y con intereses. En realidad, y si depende de lo invertido en este disco, no habrá ningún problema de solvencia para cobrar.

ENRIQUE MARTINEZ