 
(Fat cat records, 2002)
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Una de las críticas
más habituales que se lanzan desde los circuitos más ajenos
a la electrónica a las músicas de este método (pues
no es un género en absoluto), hablan de su frialdad, de su falta
de sentimientos, de su esterilidad emocional. La inmensa mayoría,
de estos inquisidores no tiene ni idea de lo que están hablando,
sus argumentos son de lo más peregrino. Hablan de sangre sudor
y lágrimas, del orgullo del guerrero, etc. Ya conocemos ese discurso.
Pero sin embargo es cierto que si la inteligencia les falla un tanto,
no así su intuición, porque tienen toda la razón.
Mucha de la música electrónica contemporánea es un
vergel de sensaciones, pero un absoluto desierto emocional.
Sin ninguna duda parte
del problema reside en la ausencia habitual de la voz humana, la medida
con la que se ha modulado la intención emocional de la interpretación
con instrumentos, el sonido a imitar por los músicos y por los
propios instrumentos desde siempre. Pero también está la
fascinación de un niño con su juguete nuevo que tienen los
creadores ante las perspectivas que abren estos nuevos medios. Se olvidan
de que lo importante es el juego y no el juguete, cayendo en las trampas
en las que se cayó en otros tiempos con otros inventos.
Hay por otro lado una distancia
del oyente con respecto a lo que no conoce, una sensación de extrañeza.
Vean como ha costado mucho más penetrar la membrana sonora de "Kid
A" o de "Amnesiac" que la de discos anteriores
de RADIOHEAD, pese a contar con una voz como Thom Yorke como vía
de contacto. O como todo el mundo encuentra algo a lo que aferrarse cuando
el paisaje electrónico cuenta como guía turístico
con el exagerado tono de Björk. Ahí la gente puede
ver a un "igual" expresándose, y estableciendo contacto.
Porque lo intenta, porque es lo que busca.
Islandia ha generado en
los últmos años una interesante escena que no tiene porqué
estar a la última si no quiere, porque no contaba con saltar a
la palestra. Aislados y felices, quizá estén a la penúltima
de la técnica, pero están sin duda a la primera de lo verdaderamente
relevante: el ser humano es el centro de todo esto. En la onda de la indietrónica
de Morr, la emoción forma parte esencial de la trama, tanto o más
que la sensación. Y así, sin caer en manierismos ni efectismos
gratuitos, sin trampas de melodrama (no son el peor Moby, por ejemplo),
una emotividad de enorme pureza recorre este espléndido disco,
de caligrafía barroca y hermosa pero de discurso primitivo, casi
sin articular. Como las emociones intuitivas y balbuceantes de una criatura
de corta edad, todo aquí aparenta, tal vez incluso posea de verdad,
una pureza casi imposible.
La celebración de
la vida que supone la progresiva irrupción de "Green
Grass Of Tunnel", no es más que el pórtico
de entrada a un viaje fascinante por el espacio interior de nosotros mismos,
un recorrido ingrávido por toda la inmensidad de la experiencia
vital. "We Have A Map Of The Piano", la hipnótica
"Don't Be Afraid, You Have Just Got Your Eyes Closed",
la inmensa "K/Half Noise", la imposible "I
Can't Feel My Hand Any More, It's Allright Sleep Still"....,
utilizar palabras para intentar describir lo que tiene un contacto directo
con lo más inarticulado de nosotros mismos es una tarea imposible.
Sólo puedo hablar en términos de lo que importan cosas así
cuando hacen falta. Es decir, siempre.
"Finally We Are
No One" es un disco inmenso, una experiencia de profundo calado.
Es música hecha por los motivos por los que se creó este
extraño juego de manipular y crear sonidos. Un transmisor de ideas
y sentimientos, una vía de expresión, entretenimiento y
seducción. Una obra del espíritu humano. Una necesidad,
transmutada, por el arte de la técnica, por amor al arte, en una
virtud. En la más importante de todas. En pura belleza.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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