(ATO-BMG/RCA, 2003)

No es la primera vez que ocurre así. Perdida en la inmensa vastedad de un país inabarcable como Estados Unidos, subsiste la deseable posibilidad de un aislamiento absoluto de los urgentes condicionantes del mercado y por ello del surgimiento espontáneo de una música rock verdaderamente genuina y original. De la misma manera que una escena universitaria sita en una latitud tan improbable como Athens, Georgia, pudo traer al mundo hace muchos años ya, un sonido tan sui generis, personal y moderno, a la vez que enraizado en una tradición, como el que exhibían unos primerizos R.E.M en el seminal “Murmur”, desde Louisville Kentucky puede surgir ahora una banda tan personal como entroncada en otra tradición como pueda serlo My Morning Jacket. Absolutamente distinta del ejemplo que he escogido, sin duda. Pero completamente distinta de todo lo demás también.

Decir que My Morning Jacket es una banda de rock sureño, en la que se escuchan presente ecos de formaciones como Allman Brothers Band y Lynyrd Skynyrd, es decir la verdad. Y si esto puede espantar a posibles oyentes, peor para ellos. Los hábitos del tradicionalismo rockero, con influencias de los géneros propios de la “Americana” están ahí. El gusto por el tan denostado vigor instrumental, esa querencia por los desarrollos expansivos que dejan recrearse a las guitarras en sus propios hallazgos sobre unos riffs que siempre recuerdan a algo ya antes oído, también. Son señas de identidad que son recogidas sin ninguna clase de complejo ni ironía posmoderna. Porque, afortunadamente, si de algo adolece por completo esta música es de la más mínima sombra de cualquier clase de cinismo.

Pero no otorgarle a My Morning Jacket la evidente condición de banda con personalidad sería otro atentado, quizá mayor. Hay recursos inesperados en esta música excepcional. La obsesión de Jim James por saturar de reverb su voz y los instrumentos y así crear otro “wall of sound” que parece entroncar a su banda con las producciones de Dave Fridmann para Flaming Lips, The Delgados y Mercury Rev. Ciertos requiebros melódicos que hacen siempre más hermosa esta música, una voz que recuerda en ocasiones a Neil Young de manera casi sobrenatural. Unas letras muy personales, extrañas, sugerentes, nostálgicas y melancólicas, pero nunca lineales o narrativas. Pero sobre todo, la impagable sensación de que cada elemento colocado en este disco ha surgido de manera natural desde los músicos, sin segundas ideas; y que encaja de manera perfecta, aunque pueda resultar a veces sorprendentemente inédita.

“Magheetah” abre el disco con rotundidad y delicadeza entrelazadas, entre la emocionante voz y melodía de James y una contundente batería. Un desarrollo barroco nos lleva a una coda final que es pura tradición épica sureña. A continuación “Dancefloors”, donde se nos aparece la voz de Levon Helm de The Band al frente de Little Feat del primer álbum, para finalmente rematarlo todo con unos duelos entre guitarras eléctricas cargadas de “riffs” y los Memphis Horns que parecen sacados del “Exile On Main Street”. En el tercer corte cambiamos de registro con “Golden” en lo que parece una revisión de acento rural de “Everybody’s Talkin’” de Fred Neil cantado por Nilsson en la banda sonora de Cowboy de Medianoche. Pero la nostalgia aquí es igual de grande, pero distinta con una letra de resonancias profundas: “La gente siempre me dijo que los bares eran sitios oscuros y solitarios/ y las conversaciones son baratas y rellenas de aire/ Y es cierto que a veces me emocionan/ pero nada me estremece tanto/ como la manera que tienen de hacer el tiempo desaparecer”. Mientras en “Masterplan” consiguen que todo lo que falló en “Are You Passionate” de Neil Young, funcione a la perfección, en la síntesis perfecta entre la emotividad de Young, la épica de unos Crazy Horse y la parsimonia soul de Booker T & The MG’s.

Pero no tardamos tampoco demasiada en llegar a una estructura tan esquiva como poderosa en “One Big Holiday”. O a la atmósfera onírica de “I Will Sing You Songs”, en la que la música flota en un magma eléctrico que parece venir del “Boces” de Mercury. O a la reveladora desnudez que cierra el disco, con “One In The Same”. Y uno se descubre verdaderamente sorprendido y abrumado ante la originalidad de lo que escucha, tanto como con el más “avanzado” disco de electrónica o avant garde que caiga en tus manos.

Repleto por momentos de una embriagadora nostalgia, de la clase de sensación otoñal que llegaba al final de aquel verano en el que, cercanos a la primera veintena, abandonábamos el mundo adolescente y cambiábamos de vida, de la clase de prematura derrota que todos sentían en aquellas despedidas que nadie trataba aparentemente como definitivas, pero que se intuían como tales, sin duda este disco realmente emociona. Agarra lo que tiene que agarrar, y lo aprieta o relaja a su antojo. Es un verdadero viaje, la clase de disco para perderse en él, y no querer salir.

Porque en realidad en el rock siempre ha sido más importante “cómo” lo haces que lo “que” haces. Y en ese “como” siempre tiene más que ver la intuitiva búsqueda interior que la atención a lo que te rodea. Y eso es lo que sin duda hace “It Still Moves”. Con la música de My Morning Jacket cualquier aficionado al rock tradicional reconoce las señas de identidad de toda la vida, pero a la vez y de manera casi inverosímil recupera aquella sorpresa y frescura de las primeras veces.

En tiempos como estos, en los que sin lugar a dudas la importancia que tiene el rock disminuye a ojos vista, una de las dudas venenosas que le pueden asaltar al aficionado joven es si tendrá, o ha tenido, la oportunidad de vivir simultáneamente el nacimiento de un verdadero clásico, como aquellos de los que hablan los mitos y leyendas que sostienen el rock. Con “It Still Moves” hay en cierto modo la certeza de que es así. Porque si algo demuestra este disco es que, por debajo de la espesa patina de indiferencia generalizada que lo recubre, y a su propia parálisis aparente, en ciertas ocasiones, lugares y modos inesperados, el rock de verdad, tal y como dice el título el título de este disco y dijo el verdadero mártir, “y sin embargo se mueve”.

ENRIQUE MARTÍNEZ