( RCA-BMG , 2005)

Los discos de My Morning Jacket están hechos de otra pasta. Por ejemplo, fijémonos en los primeros minutos de este “Z”, su último álbum. Un ritmo groovy y discreto, inédito en su discografía, sirve de colchón para la llegada de ese instrumento maravilloso que es la voz de Jim James, en esta ocasión despojada del habitual reverb . “Suceden tantas cosas en estos días/ olvídate del instinto, no te compensa” . El ritmo persiste, la emoción se acentúa y llegamos a lo que da título al corte en cuestión: “un estribillo sin palabras”. La voz de James estalla sin articular palabras, sólo un sonido que abraza lo inefable, y detrás de la suya otras hacen coros en el mismo registro, y el ritmo se acentúa cada vez que volvemos a este punto. Estremece oírle considerar cosas como “Olvídate del sentimiento, no te compensa/ Pero ya sabes que todo esto puede cambiar/ Recuerda la promesa que hiciste cuando eras un niño” . Pero, sobre todo, lo que estremece es intentar intuir que es aquello, literalmente inefable, que le ha llevado a crear una cumbre emotiva sin incluir palabras. Lo dicho, esta música, pese a ser rock, en realidad es otra cosa.

Desde que “It Still Moves” demostrara por sí mismo, con cosas como ésta, que todavía queda esperanza para aquellos que piensan que el rock puede intentar abrazar la verdadera grandeza si se apoya en una modesta sinceridad para dar grandes saltos, sin pretenciosidad, pero sin miedo también, han sucedido muchas cosas en el seno de la banda de Jim James. Johnny Quaid, guitarrista fundador, y el teclista Danny Cash han abandonado la formación, sustituidos por Cark Broemel y Bo Koster. Y por primera vez se han puesto en las manos de un productor profesional ajeno a la propia banda. Se trata de John Leckie, leyenda británica, vuelve a sus mejores logros, creando una producción detallista pero transparente, capaz de arrancar lo mejor del artista y a la vez llevarle a nuevos terrenos sin que se resientan las verdaderas esencias de su magia e identidad. Un triunfo que lograra con Stone Roses, Radiohead o The Verve, y que con My Morning Jacket nos trae sólo buenas noticias.

Más conciso que el desbordante “It Still Moves”, la duración de menos de 50 minutos puede hacer creer en una experiencia menos absorbente que las precedentes. No es así, pues existe una mano experta que edita lo que hay que editar, dejando crecer aquello que debe crecer. Cortes como el cuarto, “What a Wonderful Man”, creciendo en plena tormenta sureña de guitarras, recuerda a sus mejores trenzados eléctricos de antaño, pero a los dos minutos escasos abandona la escena. Sin embargo, “Lay Low”, que comienza húmeda y sensual como los mejores Little Feat, se expande en carrera, recordando sus míticos rituales de comunión rockera en directo. Como siempre se ha dicho, no existe el veneno, existe la dosis. Y My Morning Jacket cada vez la administran con mejor criterio.

Se perciben nuevos pulsos negroides, que además de alimentar la mentada “Wordless Chorus”, o el segundo corte “It Beats For You”, llegan a sugerir reggae en “Off The Record”, antes de un plácido interludio instrumental en la manida onda de finales de los sesenta que, sin embargo, triunfa plenamente. Las sorpresas continúan con la sensacional energía de “Anytime”, tal vez el corte más directo de su carrera, o el vals imposible de “Into The Woods”. Y el terreno más conocido encuentra dos nuevas cumbres en dos cortes excepcionales. Por un lado, “Knot Comes Loose”, una canción de amor como un templo en su honor, delicada y repleta de penetrante lucidez ( “Cariño, ¿no ves que estoy sonriendo?/ ¿Qué hay una parte de mí que es nueva y reluciente?/ Solía ser, era una parte de mí que quería esconder/ Y ahora surge/ En lo profundo de mi corazón/ Allí es donde el nudo se deshace/ En lo profundo de mi corazón/ Te recordaré” .) Por el otro, “Dondante”, que alcanza los visos de una espléndida elegía por un amigo, en el aguardado y expansivo, pero siempre agradecido, cierre a un disco de My Morning Jacket.

Por desgracia, estas cosas pasan: lo extraordinario cuando es cotidiano, pasa desapercibido. Un sábado ridículo, por enésima vez, me dispongo a coger el metro al lado de la Sagrada Familia de Barcelona, iluminada por la luz de un prematuro crepúsculo invernal. En ese momento resuena en mis sobrealimentados oídos “Gideon”, el enorme tercer corte de este disco, digno de los mejores Spiritualized de “Pure Phase”, pero con más corazón. Y justo en el momento, minuto 2:03, en el que las baterías y Jim James estallan al unísono, mi mente, con palabras más gruesas, se dice: “Hay que ser valiente”. Y realmente no sabe si piensa en el músico o en el arquitecto, porque todo en aquel momento se entrecruza y funde, porque en realidad, estamos hablando de lo mismo. Y ahora, con mayor serenidad, me reafirmo. La valentía es la antesala de la grandeza. Por eso My Morning Jacket son grandes. Enormes.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Noviembre 2005)