(Limbo Starr, 2003)

Un álbum doble no son sólo dos discos juntos. En el rock los discos dobles tienen sus mecanismos caprichosos y reglas no escritas, y el tiempo nos ha venido enseñando, por el método de acierto y error, como funcionan. Deben estar preñados de eclecticismo, variedad de tonos, altibajos de todo tipo. Es el peculiar temperamento de "Sign of the Times", "Blonde on Blonde", "Exile on Main Street", "London Calling", "The River", "Being There" y otras escasas y selectas excepciones. Nacho Vegas en su segunda obra en solitario ha optado por este ambicioso formato (después de haberle tentado ya para "Actos Inexplicables", su extraordinario debut) asumiendo con ello un gran riesgo.

En realidad, asumir riesgos y confiar ciegamente en su instinto y necesidades íntimas es lo que ha venido haciendo Vegas desde que dejó Manta Ray, y ahora vuelve a las andadas. Hasta aquí, todo ha sido éxitos rotundos e indiscutibles, que han convertido este disco en el más esperado de la temporada. Pero cabe decir que en su misión de crear un disco doble, Vegas no ha tenido otro de esos éxitos rotundos, porque como unidad "Cajas de Música Difíciles de Parar" no funciona del todo. En algunos aspectos resulta excesivamente homogéneo, y en otros excesivamente disperso, y esta contradicción interna revela lo que el propio autor ha indicado en su hoja promocional: su decisión de primar urgencia sobre perfección. En esta ocasión Vegas, que ha consolidado a su alrededor definitivamente una excelente banda y un equipo ganador (Paco Loco como productor y Carlos Martínez como arreglista), no ha procurado una labor tan concienzuda arreglando cada canción.

"Noches Árticas" que abre el disco con un asombroso sonido de country-blues onírico y siniestro, acompañado de la inconfundible voz de J de Los Planetas, se convierte en el mayor experimento sonoro de una grabación parca en ellos, que por el contrario se centra en un registro acústico, en las influencias del country y del folk, en un buen hacer artesanal, adornado casi en exclusiva por los discretos (y excepcionales) arreglos de cuerdas de Martínez.

El reparto de papeles entre un núcleo duro aunque versátil de músicos, sumado a la querencia por los tiempos lentos, las canciones largas y una programación discutible de la secuencia de canciones, tanto en lo temático como en lo estrictamente musical, hacen de éste un álbum difícil de asimilar en un principio. No se puede olvidar tampoco que las temáticas de Vegas no suelen ser cómodas de encarar. Tanto cuando se refleja a sí mismo, como cuando relata historias, Nacho Vegas, siguiendo la tradición de tantos grandes de los que tiene evidente filiación (Nick Cave, Lou Reed, Bob Dylan, Gram Parsons, Townes Van Zandt) y de la verdadera canción tradicional, abraza su propia oscuridad interior, y por extensión la de todos nosotros.

Ante esta abundancia creativa, Vegas tenía varias alternativas. Podía haber agrupado estas canciones por bloques temáticos dentro del disco (separando las canciones aparentemente autobiográficas y las narrativas, más escasas), haber publicado dos álbumes simples distanciándolos en el tiempo, haber realizado un disco largo e ir desgranado el resto en E.P's,... etc. Se ha decidido por la opción más comprometida y desnuda, por esta suerte de foto fija y al natural de su propio proceso creativo, convirtiendo este álbum más en un documento que plasma una obra, que en una obra en sí misma. Y esto, tal vez, dificulte finalmente el juicio ponderado de sus virtudes.

Hasta aquí los "peros"; que los hay y que el marasmo de medios de comunicación dispuestos a encumbrar a Nacho Vegas a los altares pueden querer ocultar ahora, para después proceder a la típica y cruenta cacería contra él. Sin embargo las virtudes abundan, a veces incluso ocultándose las unas a las otras, como los proverbiales árboles que no dejan ver el bosque. La acumulación de veinte canciones inéditas y las dificultades que esto conlleva para centrar la atención sobre ellas, la propia complejidad de algunas, nos puede hacer ignorar el hecho indiscutible de que, estudiadas una por una, prácticamente todas ellas son extraordinarias, y que sin duda ninguna es mediocre. Y sólo esto, ya es en sí mismo algo absolutamente admirable.

Por su parte, las ya familiares constantes de Vegas encuentran tres piezas transcendentes en este disco. Primero en la ya conocida "En la Sed Mortal", prodigiosa aventura creativa y confesional.

Abriendo el segundo de los discos: "El Salitre", enorme canción que desde su motivación personal tiene, a la luz de los acontecimientos pero también de su propia brillantez, una vocación de "himno íntimo" para muchos de nosotros ("Y ahora di ¿qué más nos puede pasar?/ Podemos ir y preguntarle a la mar/ para que nos responda con rugidos/ para que nos diga la verdad") Este es uno de los aspectos más interesantes de la propuesta de Vegas: estos últimos cien años han sido en España, en poesía y en canción de autor(y por extensión en pop), cien años de dominio mediterráneo. Con Vegas, con su imaginario que habla de "humedad", "olas", "tormentas", "salitre", de "la mar", y de todo un mundo de sentimientos entrelazados con todo ello, se abre tal vez una nueva etapa que rescate del olvido una cierta sensibilidad norteña, marcada como todas por su ambiente y paisaje. Y por último, "Etcétera", una desolada pero lúcida reflexión sobre la verdadera y ambigua naturaleza de las relaciones sentimentales, y la invencible soledad final de todos nosotros.

Otros momentos relevantes de estas "Cajas de música..." se encuentran en esos extraordinarios valses de "Todos ellos" y "Gang - Bang", en el trote intenso de "Stanislavsky" o "En el jardín de la duermevela", en la intensidad sangrante de "La sed" o "Canción de la duermevela", en el sarcasmo oculto de "NV por la paz mundial", "Por culpa de la humedad" o "Tu nuevo humidificador", en la belleza por momentos terrible de "Maldición" o "Historia de un perdedor". Como se ve, lo son casi todos, y de este modo volvemos al principio.

Por lo demás, nuevamente Vegas da la señal de aviso en "Stanislavsky": "Me descubro como actor/ bríndenme una ovación/ lo haga bien o lo haga mal/ prometo hacerlo de verdad". Es decir: en sus canciones, en su convicción y fe en las mismas, resulta tarea casi imposible separar verdad de mentira y realidad de ficción. La que parece desde la distancia una vida vivida al filo de ese omnipresente "papel de plata", se plasma en estas letras tan difíciles de juzgar con frialdad. De este modo esa ovación que primero reclama y a la que después renuncia, resulta a pesar de todos los "peros" que se quieran poner, absolutamente inevitable y merecida.

ENRIQUE MARTINEZ