(REPRISE , 2005)

Cualquiera que haya seguido su carrera sabe que Neil Young es un tipo que se mueve por puro instinto, a bandazos, a tozudos ataques de capricho. Que se lo cuenten a su pobre compinche Stephen Stills, al que ha dejado tirado en millones de ocasiones, las primeras ya con Buffalo Springfield. Su propia discografía parece el retrato de una personalidad irreflexiva que opta por la expresión urgente, dando tumbos de extremo a extremo (su registro eléctrico desbocado y la intimidad acústica, más apreciada por el público general) y por el camino entrando en veredas de experimentos en general desafortunados (de la electrónica de “Trans” al insípido soul de “Are You Passionate”). No existe en Young un discurso intelectualizado o sofisticado, sino una transparencia completa que es su mayor virtud, y a la vez su mayor defecto.

No busquen por ello coherencia en la música de Young, al menos desde una perspectiva cercana. Y no la busquen tampoco en sus opiniones políticas. En ese aspecto Young es también un “loner”, una oveja descarriada de cualquier rebaño, capaz de descolgarse con afirmaciones y canciones que dejarían impotente a cualquiera que tratara de trazar alguna clase de línea de continuidad entre ellas, para así poder encuadrarlo dentro de las tradicionales divisiones entre izquierda y derecha, y máxime al modo europeo. Un disco como “Hawks & Doves” (1980), su apoyo a Reagan al comienzo de los años ochenta, contrastando con ese “Rocking in the Free World” y su álbum “Freedom” (1989) a finales de la misma década, repleto de furia. En plena fiebre post-11 S, ese “Let’s Roll”, chabacano en la expresión, pueril en el mensaje y que semejaba una alineación inquebrantable con los postulados gubernamentales de “prietas las filas” del momento, para finalmente plantarse en pleno año 2.006 con este “Living with War”.

Nuevamente no busquen claves crípticas ni desarrollos complejos. De modo directo, con canciones de mensaje tan sutil como “Destituyamos al Presidente”, “Viviendo con la Guerra”, “Las Campanas de la Libertad” o “Buscando un líder”, con coros de cien personas y, por fin, las guitarras echando humo después de mucho tiempo. Grabado en pocos días, dando la posibilidad de bajarlo directamente de su web inmediatamente después, finalmente Reprise debe ponerlo en circulación cuando no hace ni medio año de su anterior “Priarie Wind”. Comportándose como un trovador, con canciones que versan sobre la actualidad más absoluta, como si estas cosas todavía contasen.

Probablemente muchos de los que tuvieron problemas con la penúltima encarnación política de Young, la de “Let’s Roll” y una cierta adhesión patriótica, (como la pudieron tener con el Springsteen de “The Rising”) encontrarán en este disco, que también tiene en muchos momentos la misma ausencia de sofisticación, el mismo nivel intelectual de panfleto y propaganda, un motivo para reconciliarse. George Bush II es un monarca norteamericano realmente impopular, y cualquiera cosa que se diga contra él, es bienvenida. Incluso aunque se valga de una cierta falsificación para exagerar lo que ya es bastante discutible de por sí, como es el caso de los documentales de Michael Moore. Del mismo modo, a Young se le echará encima la derecha yanki más recalcitrante, que tendrá las narices de darle a entender a este molesto canadiense que después de cuarenta años de vida, obra e impuestos pagados en los Estados Unidos, sigue estando de prestado, sin derecho a la crítica política si no les gusta lo que dice.

Pero si a veces Young es burdo, lo que no cabe duda es de que es valiente. Y si a veces es torpe, de lo que no cabe duda es de que es un músico que en estado de inspiración, es único. Y después de unos años flojos, y sin que “Living With War” vaya a consagrarse nunca como una de sus cumbres, este Young renovado en su urgencia, electrificado, rabioso y contundente, llega además armado de algunas canciones sólidas como rocas, perfectamente armadas, que parafrasean melodías y letras de otros (“Flags Of Freedom” con “Chimes of Freedom” de Dylan, al que pide expresamente ser otra vez estandarte de la protesta), como canciones folk, pero que retumban con rabia electrificada. Por algún motivo que aún no ha sido explicado, vuelve a prescindir de sus Crazy Horse, a pesar de que la ocasión parecía más que perfecta para un reencuentro. Sin embargo, entregado a los mandos de Niko Bolas, y una base rítmica de puro garage (Rick Rosas al bajo, y un minimalista Chad Cromwell a la batería), el sonido del disco tiene una electricidad vibrante hasta unos límites olvidados desde “Ragged Glory”. Young está muy enfadado con Dubya, por la guerra de Irak, por la gestión del Katrina, por la utilización que hace de la religión y del miedo en la política. Y le quiere dar con todo lo que tiene.

En “Shock and Awe”, uno de los mejores momentos, las guitarras corren desbocadas, mientras que la caja de la batería es golpeada a ostia limpia, y como feliz hallazgo la trompeta de Tommy Bray da un fenomenal punto de fuga. Toda la rabia se expresa en breve. “After the Garden”, “Living With War” y “Families” tienen algunas de las melodías más emotivas del último Young, pero no se paran a recoger flores. “Restless Consumer” retumba con fuerza y peso, mientras que la nostálgica “Roger and Out” pone un contrapunto parsimonioso. Existen momentos menos afortunados, producto de la naturaleza del disco. El coro de cien americanos de “Let’s Impeach the President”, que dosificado ha venido dando resultado hasta entonces, semeja un truco burdo de manipulación, mientras que cuando en “Looking for a Leader” se pone a buscar un nuevo presidente, se permite sugerir nombres propios, enfatizando que quizá se necesite un “hombre negro”, incluso intentando la redención de Colin Powell, para que “arregle el mal que hizo”. Y el cierre, con toda una canción patriótica tradicional: “America the Beautiful”, ni siquiera “This Land is Your Land”. No lo intenten entender, amigos: es Neil Young, en lo bueno, en lo malo, y en lo que no es nada más que su propia e insobornable independencia y chaladura.

“Living with War” es un artefacto curioso, con una vida útil aún por descubrir. Sin embargo, algo sugiere que, si bien algunas piezas del mismo se caerán por el camino, un puñado de sus canciones tienen vida propia, armadas sobre los elementos que mejor han definido a este majadero entrañable y genial, al que hay que querer tal y como es. Y por algo lo queremos tanto.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Julio 2006)