( warner - reprise , 2005)

No acompañaban precisamente los mejores augurios al nuevo disco del viejo Neil. Durante este año había sufrido una importante complicación de salud (aneurisma cerebral) el fallecimiento de su padre y otros avatares domésticos. Pero, sobre todo, estaba la certeza de que su producción de los últimos años no estaba a la altura de su leyenda. Al menos, de lo mejor de la misma. Desde el ya lejano “Sleeps With Angels” Young había parecido ir perdiendo gas progresivamente, llegando a lo más bajo con “Are You Passionate?”, y no subiendo del aprobado raspón en otras ocasiones. Para acabar de rematar la jugada, “Prairie Wind”, grabada en confortable registro acústico, venía anunciado como el cierre de una trilogía al parecer inaugurada con “Harvest” y prolongada con “Harvest Moon”. Anunciar un disco de Neil Young relacionándolo con “Harvest”, es lo más parecido a un truco de marketing de que dispone su casa discográfica, que debe andar harta de seguirle en un bacatazo tras otro, excentricidad tras excentricidad. Tufillo sospechoso, pues.

Si por algo se ha caracterizado Young, y probablemente es eso lo que lo ha hecho tan grande, ha sido la absoluta transparencia que su obra ha manifestado en cada momento en relación con el momento vital de su autor. Testimonio que siempre ha parecido fiel con tozudez a sus motivos, en algunos casos dolorosamente fiel, en la actual vida de Young no parecía haber una fuente excesiva de inspiración, no hay drama, y creo que todos percibíamos esas carencias. Sin embargo, en esta ocasión el disco, que nuevamente parece ser igual de sincero que algunos de sus mejores momentos, mejora con claridad sus últimas entregas. Considerado dentro de esa presunta trilogía, “Priarie Wind” no sería el mejor de los tres. Estando cada uno de ellos inserto en un momento diverso de su carrera, su primer y mayor esplendor, su renacimiento creativo de principios de los noventa, y esta cierta decadencia, tampoco lo sería “Harvest”, sino a mi entender “Harvest Moon”, la obra más redonda del Young acústico. Frente a “Harvest Moon”, su última entrega es aún más otoñal y crepuscular, casi invernal. Young hoy por hoy sólo mira hacia atrás y a sus lados, en pleno umbral de senectud.

La apertura con “The Painter” no puede resultar más prometedora. Uno de los mejores cortes del disco, penetrante y delicado, establece con pocos elementos el tono melancólico que alimenta los mejores momentos del álbum. En su desarrollo Young examina diversas constantes: su relación con su esposa (“Falling From The Face Of the Earth”, “It's a Dream”) sus hijos (“Here For You”) y su padre (“Far From Home”, “Prairie Wind”). Y, por otro lado, muestra dudas y certezas encarada su sexta década de vida: fe en el poder curativo de la música (“This Old Guitar”), y un mundo de incógnitas en lo más elevado (“When God Made Me”, su “Every Grain of Sand” particular, cuyas dudas son expresadas de un modo más directo que las fervorosas certezas de Dylan). Pero, por desgracia, no en todos los casos consigue hacerse entender con idéntica claridad.

Los mejores momentos no pueden ser más diversos. El caótico devenir de “No Wonder”, atropellada y confusa en letra y música, pero intensa. La delicadeza de “Falling Off The Face of The Earth”, y especialmente de “This Old Guitar”, más susurrada que cantada, que cita el riff de la propia “Harvest Moon”, y que supone un momento de homenaje y encuentro simultáneos de Young con su musa, encarnada en una guitarra cuyo destino le transciende, como una antorcha que debe ser pasada. El delicado balanceo de las cuerdas de “It's A Dream”, si bien hace lamentar la defunción de Jack Nitzsche, capaz de alimentar los mejores delirios orquestales de Young, sí que envuelve de mayor ternura una confesión amorosa. Y la mentada “When God Made Me” enlaza con las mejores baladas de Young al piano.

El problema, más allá de medianías excesivamente débiles como “Here For You”, está sobre todo en esos cortes envueltos en un tono sureño, en principio bien logrado con vientos y dobro, que alimenta una sensación de mayor negritud y espíritu campestre. Sin embargo, Young en esta ocasión no sabe editarse, dejando que “Far From Home”, “Prairie Wind” o “He Was The King” desarrollen su trivialidad durando bastante más de lo necesario, muy lejos de esos momentos extáticos que sí que sabe crear en el registro eléctrico de sus Crazy Horse. Sorprende, o no tanto, esta falta de perspectiva en un autor con tantos años de carrera. Pero algo nos dice que la defunción de David Briggs, eterno productor y compinche, no podía salir del todo gratis.

Pero no nos dejemos derrotar. Porque lo mejor de este “Prairie Wind” ofrece la clase de sensaciones, de idiosincrásicas bagatelas y verdaderas joyas, que hacen que un disco de Neil Young sea tan bienvenido. Y eso, después de tanto tiempo, para algunos son grandes noticias.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Noviembre 2005)