( A&M , 1989 )

Era un lugar. Porque como todos, tenía unas coordenadas, una latitud y una altitud. Pero además, era un mito. Uno de esos escasos espacios abiertos a la ensoñación, un campo fértil para cualquier ficción, porque siempre dio la sensación de que su realidad, la aparente y la secreta, las superaba a todas. Nueva Orleáns, ciudad legalmente estadounidense, históricamente francesa, olvidadamente española y esencialmente africana, era una leyenda moderna. Hoy, sepultada bajo las aguas, mientras el mundo la contempla como un desecho, vertedero último de todas las miserias humanas, tanto de las conspiradas en las altas instancias como de las fermentadas en las bajas estofas, parece encarnar sobre todo el final de una leyenda. O quizá, en realidad, la estemos viendo encarar el comienzo de una nueva vida, esta vez habitada exclusivamente como un mito, como una Atlántida moderna.

Nueva Orleáns, su colonial Barrio Francés fundado por los españoles, toda su condición de lugar único en el mundo, sus sonidos y olores, sus sabores y calores, han sido motivos recurrentes en la cultura pop americana del Siglo XX. Uno recuerda a Tom Waits dirigido por Jim Jarmusch recogiendo discos al pie de una balconada de reja, los cuentos y leyendas relatados por novelistas y músicos, entre el terror gótico, el género negro y el realismo mágico, su condición de cuna del jazz y de otras tantas músicas, de imposible triángulo de las Bermudas hedonista y criollo rodeado de puritanismo anglosajón. Demasiadas referencias y sugerencias como para abarcarlas todas. Pero en estas páginas corresponde hablar de algunas. Tengamos en cuenta que si algo corría por las venas de Crescent City, era la música.

Y si por algunas venas corre la música de Nueva Orleáns en toda su inabarcable exuberancia, es por la de los hermanos Neville. Leyendas vivas de la escena local, ocupando a veces un lugar preferente bajo los focos, otros el papel de secundarios de lujo, la familia Neville, junta y por separado, encarna como nadie el sueño de la Nueva Orleáns carnal y mágica, y, sobre todo, el eterno hechizo de su música. En 1989, bajo la experta y casi esotérica batuta de Daniel Lanois crearon su obra cumbre, “Yellow Moon”, un disco con tantas y tan pocas coordenadas como la ciudad que lo vio nacer, mucho antes incluso de ser grabado.

Después de los inevitables tumbos en los hostiles años ochenta, cuando Aaron, Art, Charles y Cyril encontraron a Daniel Lanois, todo cobró sentido. Y décadas de música se decantaron en un documento, que a su vez no renunció a crearse su propia personalidad. La producción de Lanois, atmosférica y etérea, llena de vapores húmedos de ciénaga y pantano, de noche densa caribeña, supuso por fin el colchón perfecto sobre el que descansar el inconfundible latir de la sección rítmica que alimentaba a los Meters y esas voces milagrosas. Los Neville se remontan a las raíces de su sangre abriendo el disco (“My Blood”), y al propio R&B febril que les hizo célebres (“Yellow Moon”). Pero, esto puede ser un señuelo: en este álbum reservaron muchas otras sorpresas. Y todas fueron buenas.

El disco contenía un total de cinco revisiones de temas ajenos. Y cada cual resultaba más prodigiosa que la anterior. “Fire and Brimstone” de Link Wray se empapaba de vientos de Nueva Orleáns, adquiriendo tonos de Mardi Gras. Y si “Yellow Moon” era un disco con conciencia, lo conseguido por Lanois con la voz de Aaron en “A Change is Gonna Come” de Sam Cooke, estremece. Cantada tan lento como humanamente se puede, la intensidad espiritual alcanzada sólo tiene parangón con otros dos momentos de este mismo disco. Uno es la antibelicista “With God On Our Side”, original de un Bob Dylan que eligió a Lanois como productor de “Oh Mercy” al escucharlo. Y el otro el espiritual country de la Carter Family “Will the Circle Be Unbroken”. En ambos cortes existe un homenaje implícito a la transversalidad racial de la música de Nueva Orleáns. Pero también una exhibición del irresistible poderío emocional de una de las mejores voces del soul de todos los tiempos.

La funky “Sister Rosa”, homenaje a luchadora de los derechos civiles Rosa Parks, tiene como compañeros de viaje por las conciencias a “Wake Up” y a la segunda versión de Dylan, “The Ballad Of Hollis Brown”, un corte intenso y dramático hasta hacer hervir la sangre. Y finalmente los Neville se reencuentran con su ciudad como alimento de su singular talento en “Voo Doo” y “Wild Injuns”, que nos hace fantasear con las falsas tribus indias que poblaban las calles en el Mardi Gras, el Carnaval más absurdo, y por tanto más auténtico, del mundo.

Si alguna ventaja puede tener el vivir estos tiempos tecnificados, y no otros, es que las leyendas dejan huellas más indelebles, menos quebradizas y ocultas. La música de los Neville Brothers, y éste el mejor de sus discos, son parte sustancial de las huellas que ha dejado la leyenda de Nueva Orleáns. Pero aunque no fuera así, da igual. Porque “Yellow Moon” se basta y se sobra para crear su propia leyenda.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Octubre 2005)