( MUTE, 1997 )

Hay algo insondable en la naturaleza de las obras maestras. Algo que las hace permanecer inasequibles a cualquier clase de penetración en su núcleo último, ese que siempre nos dice ser una sustancia común a esas formas y apariencias tan diversas. Algo, una suerte de hálito, que se aloja más allá de circunstancias tales como los motivos de inspiración e incluso a sus propios autores, a sus propios anhelos y esfuerzos, y que alimenta el latir que las hace inconfundibles. A veces esas obras maestras parecen enfrentarse a sus creadores, que cuando las observan o bien no las reconocen, o no se reconocen en ellas. O tal vez se reconozcan demasiado. En última instancia, por cruel paradoja que parezca, los que se deben reconocer somos nosotros mismos, el eslabón más pasivo de la cadena, el elemento más ajeno al proceso. Son los conmovidos los llamados a probar el fruto, ajenos a la suerte del árbol que los alimentó y dio vida.

Nick Cave a veces ha mirado hacia atrás con ira. Concretamente, ha mirado hacia atrás en una dirección concreta, en la dirección de “The Boatman's Call”. Pasado el tiempo, no parece cómodo habiendo dejado tras de sí una obra magna de tal calibre en tanto, al parecer, que dice demasiado de sí mismo como amante desventurado y mucho menos de él como artista. El tono que, por momentos, se puede vislumbrar de confesión en penumbras en uno de sus mayores discos, no le resulta motivo de orgullo. Sin embargo, sólo cabe decir, que lo siento por él. La obra ya no le pertenece. Nos pertenece a nosotros y a un lugar muy elevado de toda la música de los últimos veinte años. “The Boatman's Call” son palabras mayores. Palabras mayores apenas susurradas a veces, cargadas de pena y redención, que atraviesan muros y obstáculos, y llegan directas a nuestra propia parte de atrás.

Cave es culpable de su propio arrepentimiento. Él, como dijo una vez Henry Rollins, siempre es valiente. Y aquí, y entonces, lo fue mucho. “No creo en un Dios intervencionista/ Pero sé que tú sí/ Y si yo lo hiciese, me arrodillaría y le pediría/ Que no interviniera en lo concerniente a ti/ Que no tocara un pelo de los de tu cabeza/ Que te dejara tal como eres/ Y si Él pensare en dirigirte, que te dirigiera hacia mis brazos/ En mis brazos” . Sobre un piano de reminiscencias gospel Cave, canta con la valentía de aquel que es capaz de escribir una canción de amor bajo la égida de un “Dios no intervencionista” , en la que casi abjura de su propia ausencia de fe en el Más Allá y esas criaturas, tal vez hacedoras de prodigios y milagros, pero incapaces de superar lo que tiene delante: Ella. Y de hacerle creer en algo más que en la fe común de ambos: su amor. Y finalmente incapaces también de salvarles de ellos mismos.

En “The Boatman's Call” Cave le procuró a sus Bad Seeds lugares discretos, dosis escuetas. Un disco finalmente espartano, estoico en la claridad casi vacía de su sonido, concebido tal vez con la mentalidad recogida de la música sacra. Desde su planteamiento hacia su nudo, el sonido se va llenando, creciendo, mientras que hacia su resolución, vuelve a las soledades originales. En medio del suave mecerse de esas canciones acariciadas y que acarician, Cave escribe y canta como nunca, maduro, pero probablemente menos sereno de lo que parece. La maldad de los demás (“People Ain't No Good”) tal vez no sea tan lejana a la propia y compartida (“Idiot Prayer”). Y tal vez todas estas canciones de amor no sean de otro amor que el condenado. Maldito no sólo por la naturaleza de las cosas o por las fuerzas del Destino y lo circundante, sino que la tara parece anidar en el mismo ser compartido, por ser la simple suma de dos seres fatalmente incompletos.

Pocas veces ha sonada una canción de amor tan repleta de promesas y esperanzas en el futuro como esa “(Are You) The One That I've Been Waiting For?”, en la que un Cave pletórico se adhiere a cada sílaba con el alma, en una de las mejores canciones de amor de la historia. Pero tampoco ha habido muchas veces en las que certezas amargas hayan encontrado mejor expresión que “Far From Me”. En este repertorio extraordinario, de la misma manera que la música se va llenando de sonidos, se va llenando de esperanzas y certezas. Y del mismo modo que se va vaciando, lo que se eran esperanzas son amargas decepciones, y lo que se asía con fuerza febril entre los brazos, se esfuma en un humo de recuerdos y reproches.

Muchos tal vez sientan tentaciones de buscarle dueña a ese pelo negro (“Black Hair”), o a esos ojos verdes (“Green Eyes”). Me apiadaré, esta vez sí, de un Cave que quiere que ese humo, definitivamente, cumpla su destino último y se esfume. Y le diré humilde que, aunque a él se le resista el juicio desde la escasa distancia, no escribió un mero y vulgar diario. En “The Boatman's Call” escribió un clásico transferible, por profundamente personal probablemente. Nacido para ser grabado en la roca de los tiempos, esperando que generación tras generación los mismos incautos navegantes de las aguas turbulentas del amor, pierdan el rumbo y naufraguen en ella. En su negro sentido del humor y su romanticismo, Cave encontrará en esta fatalidad una misión cumplida, y también acorde con sus mayores anhelos.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Marzo 2006)