 
(ISLAND, 1972)
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Cuando Nick Drake
entregó las cintas originales de "Pink Moon" en
las oficinas de Island y las abandonó sin decir mucho más,
en cierto modo estaba haciendo una declaración de principios. Grabado
sin ningún músico de acompañamiento, con menos de
media hora de duración, con un sonido espartano y simple, y unas
canciones en la mayoría de las ocasiones tremendamente breves,
vino a decir algo así como: "Es tan simple, yo hago una
música hermosa que es imposible que no le guste a todo el mundo.
¿Cómo lo podéis hacer vosotros tan complicado?".
Les pedía que se limitasen a ponerlo a la venta y dejar que su
indudable excelencia pusiera las cosas en su sitio, tras los fracasos
comerciales de sus primeros dos discos. En realidad, no era tan simple
entonces, y lo sigue sin ser ahora. Ese es uno de los temas recurrentes
a propósito Drake: su gloriosa falta de realismo. Aunque
algo menos de lo que parecía en un principio, pues es verdad que
la calidad de su música ha puesto las cosas poco a poco en su sitio.
Eso sí, mucho después de que Drake no pudiera seguir
grabando más canciones.
Frente a la fantástica
exuberancia de los arreglos de "Bryter Lyter", en "Pink
Moon", el sólido esqueleto del estilo de Drake
queda completamente al desnudo. Como las austeras grabaciones de los primeros
bluesmen y folk singers, con la única ventaja de contar con una
mejor calidad de grabación, cada sutil detalle de su voz y guitarra
se disfruta sin interferencias, además de producir esa inconfundible
sensación de orgulloso individualismo y voluntaria soledad. De
este modo se descubre que se trata de una obra, de un ideal estético,
cuya categoría, calidad y belleza esenciales, resultan tan sólidas
que soportan cualquier tratamiento. Incluso no recibir ninguno. Al escuchar
el último disco completo que publicó y grabó en vida,
toda la obra de Drake aparece inmaculada, sin tacha, falla ni error.
Cada uno de los tres álbums es diferente y a la vez parte de unas
ciertas premisas comunes, y llega finalmente a una idéntica perfección.
Gracias a la desnudez de
"Pink Moon" se puede disfrutar de la pureza de las cualidades
de Drake como intérprete. Tanto en su delicada (que no frágil)
y serena voz, como en los originales e intrincados dibujos de su guitarra
acústica se puede apreciar una clase innata, una originalidad sin
aspavientos, que se impone a las directrices de un género, el folk,
que trasciende como lo hacen todos los grandes con el suyo. Sus canciones
resaltan por sus tempos extraños pero nunca extravagantes (toda
su música es de una estructura sólida como una roca), por
la búsqueda de nuevas melodías mediante afinaciones alternativas
de la guitarra y por un manejo sabio, pero siempre fresco, de su voz.
Las cotas de belleza que era capaz de generar con tan escasos elementos
son insuperables y sorprendentes.
El primer ejemplo ya figura
en la canción inaugural, la homónima "Pink Moon",
en la que como único adorno aparece un piano, tocado también
por Drake, que se limita a resaltar la melodía del modo
más simple, como llamando discretamente la atención sobre
ella. En la insuperable "Things Behind The Sun"
ni siquiera precisa de eso para construir una obra maestra. En el resto
del disco, y contrariamente a la leyenda, no estamos sólo ante
una visión miserable del mundo, sino ante un disco que transmite
muchas sensaciones y sentimientos diferentes, sin excesos de énfasis
ni vulgares efectismos. Es cierto que "Place To Be", "Parasite"
o "Which Will" muestran unas indudables dosis, o bien
una cierta tristeza, o bien incómoda tensión y profundo
desarraigo. Drake era esencialmente un tipo melancólico e introspectivo.
Pero cerrando el disco con un mensaje tan esperanzado como el de "From
The Morning", una cierta idea de renacer, de posible mejora
y alivio en un nuevo comienzo sí que se manifiesta al final: "Vi
anochecer un día/ y era hermoso/ y cayó la noche/ y el aire
era hermoso".
En realidad en todo disco
de Nick Drake, en éste tal vez más que en ninguno,
se percibe que finalmente el motor de su obra, la fuente última
que alimentaba su ingenio era un profundo sentido de alienación
en este mundo, una suerte de desorientación existencial en una
vida que percibe extraña, pese a sentir un enorme vínculo
con ella. Conecta así con grandes poetas de tradición inglesa
e irlandesa (Blake, Yeats y Keats, por ejemplo). En el contexto de la
música popular con aquellos mismos primitivos cantantes de folk
y blues; y de sus contemporáneos sobre todo con Van Morrison.
Especialmente "Astral Weeks", en el que Morrison
decía que era "un extraño en este mundo",
como también lo era Drake, que aquí a su vez pide
para él mismo "un lugar donde estar". Esta habilidad
para percibir cuestiones ocultas a muchos, pero a la vez esa incapacidad
para acomodarse a ellas y salvar las vulgares trampas cotidianas de la
vida, atormentaron su breve existencia y determinaron su escueta pero
sustancial obra.
Ésta es otra enorme
tragedia añadida a la que supuso la absoluta ignorancia que sufrió
en vida, y que paulatinamente ha ido remitiendo. Hasta convertirlo en
uno de los escasos artistas de culto que, de verdad, responde a su fama
sobrevenida, más allá de los tics revisionistas y esotéricos
de críticos y esnobs del pop (como un servidor). Es verdad que
mereció en vida un lugar entre los ilustres de su época.
Pero muchos años después, por fin le ha sido concedido con
todo merecimiento uno entre los más grandes de todos los tiempos.
ENRIQUE MARTINEZ
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